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Práctica Profesional: Familia y enfermedad crónica 
       Dra. Vera Bail Pupko Página 1 
 
 
UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES 
FACULTAD DE PSICOLOGÍA 
 
 
Práctica Profesional 632 
Familia y enfermedad crónica 
 
 
Crisis, Soledad y Apego  
 
 
Dra. Vera Bail Pupko 
 
 
 
 
2014 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Práctica Profesional: Familia y enfermedad crónica 
       Dra. Vera Bail Pupko Página 2 
 
Crisis, Soledad y Apego  
 
La salud de los individuos está determinada por muchos factores. El propósito de este trabajo es 
articular conceptos que actúan como indicadores de la misma, y que permiten pensar intervenciones 
para mejorarla. Cuando se produce una crisis en la salud de una persona, el impacto negativo se detecta 
tanto en el enfermo como en la familia que constituye su entorno. Las consecuencias pueden 
manifestarse en la merma de la red social de apoyo, la aparición del sentimiento de soledad, y el 
sentimiento de desprotección del enfermo y su familia. Esta interrelación de fenómenos afectivos y 
sociales, tiene ramificaciones conceptuales complejas, donde confluyen diversas teorías, entre las que 
destacamos, la Teoría del Apego de Bowlby (1944), y el aporte de Weiss (1974) a la temática de la 
soledad, el aislamiento y las provisiones sociales. La primera, se centra en la  función de protección que 
debe cumplir el vínculo con la persona que brinda los cuidados en la temprana infancia y el desarrollo de 
esta función y del modelo vincular en los años venideros.  La segunda,  sostiene que la soledad es la 
consecuencia de no recibir adecuados insumos afectivos y soporte social. Según cuál sea la necesidad 
social o afectiva insatisfecha, se tratará de soledad social o de soledad emocional. Estos procesos 
impactan en la red social de apoyo del individuo y su familia, produciendo situaciones de desequilibrio 
tanto individual como familiar a las que llamamos crisis.  
 
Para Menéndez (2002), las crisis son espacios y procesos de ruptura de las continuidades 
ideológico teóricas dominantes. Estas rupturas “posibilitan el acceso a reflexiones y acciones que 
cambiarían el signo de los interrogantes y tal vez de las respuestas hasta entonces hegemónicas”, y esta 
modificación “emerge a través de las ideologías y prácticas de al menos una parte de los diferentes 
conjuntos sociales” (Menéndez, 2002: 46). 
Para este autor, las crisis son necesarias porque brindan la oportunidad de revisar antiguos 
interrogantes e incluir nuevos problemas planteados desde otras perspectivas soslayadas por la 
ideología dominante. “Las crisis expresan no solo el agotamiento de determinados modelos de pensar y 
de vivir la realidad social, sino las situaciones en que puede emerger el cuestionamiento de lo aceptado 
como saber institucionalizado, así como la posibilidad de la crítica a su institucionalización tanto en la 
vida cotidiana como en la vida académica y profesional” (Menéndez, 2002: 47). 
Plantea además, la crisis como un proceso que supone la posibilidad de transformación. Se trata 
de una potencialidad, no de una certeza, “ya que los nuevos problemas e interrogantes se juzgarán 
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socialmente dentro de procesos donde serán rechazados, resignificados, reorientados, incluidos y/o 
institucionalizados” (Menéndez, 2002:47). 
Es así que tanto los problemas como los sujetos de estudio y las aproximaciones teórico- 
metodológicas, se redefinen durante las situaciones de crisis.  
 
Las relaciones sociales suelen verse afectadas por estas situaciones de desequilibrio. En este 
sentido, es importante recordar que algunos autores sugieren que los seres humanos tenemos la 
necesidad básica de pertenencia (Baumeister & Leary,  1995). Las relaciones sociales irradian la calidez 
que permite la autoafirmación, la confianza en sí mismo, y el sentido de pertenencia. Estos son 
fundamentales para la plenitud emocional, el ajuste del comportamiento y la función cognitiva. La 
disrupción o la ausencia de relaciones sociales estables dañan nuestra mente y nuestro cuerpo. 
Las relaciones interpersonales tienen gran importancia en la evaluación de la calidad de vida de 
las personas, ya que todos necesitamos de los demás para satisfacer nuestras necesidades tanto 
materiales como psicológicas (afiliación, apoyo, pertenencia, etc.) y el no contar con los demás 
disminuye la sensación de bienestar (Guerrero et al., 1988; Martínez y García, 1995). 
 
La soledad es un tema recurrente en las distintas culturas, formando parte importante de la 
experiencia humana. Ha sido objeto de interés y estudio para la Psicología desde la década del '50; y 
desde 1980, comenzó a ser un tema de investigación empírica motivado por la creación de escalas de 
medición de la soledad estandarizadas. 
El estar y sentirse solo es una experiencia, que al hacerse crónica puede tener enormes 
consecuencias psicológicas y físicas, ya que la falta de integración social, es incompatible con el 
bienestar de las personas. 
La definición usada en la escala de soledad desarrollada por la Universidad de California, Los 
Ángeles (UCLA), enfatiza componentes cognitivos y emotivos. 
El aspecto cognitivo es la conclusión personal de que él o ella tienen menos relaciones 
interpersonales o que las que tienen son menos frecuentes de lo deseado, y el componente emocional 
es el tono negativo asociado a esta conclusión, que puede ir desde una incomodidad al sufrimiento 
intenso.  
El concepto de soledad se ha distinguido de otros parecidos como falta de compañía, 
aislamiento, ser único y distinto (Page, 1991; Koenis, Isaacs y Schwartz, 1994); de constructos 
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psicológicos como introversión y/o depresión,  y de constructos psicológicos como alienación o anomia 
(Solane et al., 1982). 
El sentimiento de soledad, fue definido por Salinas (1947) como la distancia interior que percibe 
una persona en relación a los otros, correspondiendo entonces a una experiencia subjetiva, que puede 
ocurrir incluso si se está rodeado de personas. Más tarde, Peplau y Perlman (1979) operacionalizaron el 
sentimiento de soledad como la percepción de que hay una brecha entre lo que una persona espera de 
las relaciones interpersonales y lo que hubiera deseado. Introduciendo, así, el concepto de grado de 
satisfacción. Éste pone en evidencia la subjetividad de la soledad, ya que depende de la percepción de la 
persona sobre su relación con los demás. Estos autores también señalan características esenciales de la 
soledad:  
- Es el resultado de deficiencias en las relaciones sociales.  
- Representa una experiencia subjetiva (que no necesariamente es sinónimo de 
aislamiento social, ya que uno puede estar solo sin sentirse solitario o sentirse solo 
cuando uno está en grupo)  
Más recientemente, Rook (1990) (citado por Barretta, Dantzler y Kayson, 1995) definió la soledad 
como un permanente estado de malestar emocional, que aparece cuando una persona se siente 
rechazada por otros o carece de compañeros para realizar actividades que le provean de integración 
social y le permitan intimar emocionalmente.  
También se concibe la soledad como un fenómeno multidimensional en el que influyen variables 
cognitivas, emocionales, conductuales y sociales, que se conjugan de un modo distinto para cada 
persona (Rokeach, 1996). 
Para Weiss (1974), la soledad “es la ausencia o ausencia percibida de relaciones sociales 
satisfactorias, experiencia que implica una aguda autoconciencia que quiebra la red de relaciones del 
mundo del self”. Berger y Luckmann (1986) ponen énfasis en la importancia de los otros significantes en 
la construcción del self, ya que consideran que la identidad es el resultado de lo objetivamente atribuido 
y lo subjetivamente asumido. 
 
Los principales aportes al tema de la soledad, fueron realizados por Weiss en 1974, cuando 
propuso la existencia de una tipología para la soledad, dividiéndola en: soledad emocional y soledad 
social. 
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La primera consiste en la falta de una relación intensa o relativamente perdurable con otra 
persona. Estas relaciones pueden ser de tipo romántico o relaciones personales que generen 
sentimientos de afecto y seguridad; mientras que la soledad social involucra la no-pertenencia a un 
grupo o red social, y pueden tratarse de un grupo de amigos que participen juntos en actividades 
sociales o de cualquier grupo que proporcione un sentido de pertenencia. Se basa en el hecho de 
compartir preocupaciones, trabajo u otra actividad.  
 
Esta teoría sugiere que la soledad surge de un déficit relacional, lo cual implica que las relaciones 
sociales otorgan ciertas provisiones. Los dos tipos de soledad no se compensan entre sí adecuadamente, 
evidenciándose que las relaciones sociales proveen dos cosas distintas. Weiss (1974) establece así seis 
provisiones sociales divididas en dos grandes categorías: seguridad y afiliación. A su vez, cada una se 
subdivide en tres provisiones. 
La categoría seguridad se divide en tres provisiones relacionales: apego, nurtura y guía. 
a) El apego como provisión se encuentra en una relación amorosa o en una amistad muy 
profunda. 
 b) La nurtura es característica de los adultos cuando asumen la responsabilidad de las 
necesidades de un niño, que resulta en el sentimiento de sentirse necesitado. 
 c) Finalmente, obtener guía de una figura creíble o de autoridad es un tema de seguridad y una 
reminiscencia de la relación padre-hijo. 
Considerar que las personas tienen una necesidad fundamental de apego, era algo nuevo en ese 
momento. También era nueva la teoría que sostiene que la falta de una relación de apego produce un 
tipo específico de soledad. Hay una muy cercana relación entre la soledad y el apego. La teoría del 
apego es propuesta por John Bowlby en 1944 con la investigación que realiza sobre la relación de los 
niños con sus cuidadores, demostrando que la separación maternal se relaciona en los niños con el 
riesgo de enfermedad tanto física como mental.  
 
La teoría del apego considera que hay una base biológica en la que se sustenta el hecho de que 
los niños quieran estar cerca de sus cuidadores en los momentos de estrés, y esperan de sus cuidadores 
una repuesta rápida y favorable a sus necesidades de seguridad.  
La falta de esta respuesta, así como los cuidados inconsistentes, crean un entorno desfavorable 
para el desarrollo del niño, y el apego inseguro es el resultado. 
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Bowlby (1973) argumenta que el desarrollo del sistema de apego se basa en tres proposiciones: 
primero, los niños que están seguros de la disponibilidad de su figura de apego experimentan menos 
temor crónico que los que están inseguros. Segundo, esta expectativa sobre la figura de apego es el 
producto de experiencias reiteradas durante el sensible período de la infancia. Luego de la misma, estas 
expectativas persisten durante todo el período de vida. Tercero, las expectativas reflejan con exactitud 
la experiencia actual de la capacidad de respuesta rápida y favorable, así como la disponibilidad que 
tiene el cuidador. Experiencias repetidas dan paso a expectativas persistentes. De todas formas, el 
sistema de apego es mucho más que las experiencias repetidas de los cuidadores. Las expectativas 
mencionadas se elaboran en el seno de representaciones mentales de uno mismo y de los otros, 
llamadas internal working models (concepto que Bowlby toma de Kenneth Craik). 
 Estos modelos internos, producen estilos de comportamiento predecibles, llamados estilos de 
apego. Según Weiss, el componente de apego en la psiquis humana no desaparece en la adultez, pero 
cambia (Hazan & Shaver, 1994; Weiss, 1994).  
A pesar de la similitud entre el apego infantil y el de los adultos, hay diferencias notables (Shaver, 
Hazan, & Bradshaw, 1988). En la infancia, se trata de una relación complementaria entre el niño y el 
cuidador, donde activar el sistema de apego del niño elicita el sistema de cuidados de los padres. De 
esta forma, los padres proveen pero no reciben cuidados (Hazan & Shaver, 1994). Por el contrario, las 
relaciones adultas son más recíprocas, ya que ambas partes dan y reciben cuidado. El sistema de 
cuidado y el de apego es más dinámico en la relación adulta. 
 
El apego es la base de la soledad emocional en la teoría de Weiss. Las personas que pierden su 
figura de apego, sea por la razón que sea, podrían experimentar soledad emocional, aunque no 
necesariamente soledad social. Entre adultos, el vínculo amoroso es el más común de los vínculos de 
apego, aunque un amigo muy cercano puede también ocupar ese lugar. La ausencia de esa figura puede 
predecir soledad emocional. La prevalencia de este tipo de soledad, varía de acuerdo al estilo de apego, 
donde los que tienen un estilo inseguro, es más probable que experimenten soledad. 
Mientras que la seguridad es lo que las tres provisiones sociales (apego, nurtura y guía) tienen en 
común, lo que las diferencia es quién la recibe (Weiss, 1998).  
En el apego, la profunda relación amorosa, sirve para ambos como proveedor y beneficiario de 
seguridad. En una relación de nurtura, el self es el proveedor y el otro el beneficiario. En una relación de 
guía, se invierten los roles por lo que el self es el beneficiario y el otro es el proveedor. 
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La segunda categoría de provisiones de las relaciones sociales es la afiliación, cuya ausencia 
produce soledad social. Weiss (1974) la divide en tres tipos: a) integración social, b) reaseguramiento 
de valía, y c) sentido de confianza mutua. 
a) La integración social se basa en un mundo compartido, donde los individuos pueden compartir 
información y experiencias e intercambiar servicios. 
b) El reaseguramiento de valía se focaliza en la competencia del individuo en un rol social y es 
característico de las relaciones laborales.  
c) Finalmente, el sentimiento de confianza mutua, la mayoría de las veces provista por la familia, 
combate sentimientos de vulnerabilidad y abandono.  
Weiss (1974) puntualiza que estas seis provisiones pueden variar en prioridad según los 
individuos y las situaciones. Argumenta que, la ausencia de cada una de estas provisiones produce una 
particular respuesta cognitiva y afectiva.  
Si se consideran estas dos grandes categorías, encontramos que la ausencia de seguridad, 
produce soledad emocional, sobre todo cuando no está satisfecha la provisión de apego. Dentro de esta 
categoría, la ausencia de oportunidades de nurtura, produce sentimientos de sinsentido existencial; en 
tanto la falta de guía, produce sentimientos de incertidumbre y ansiedad.  
Para la categoría afiliación, su ausencia redunda en soledad social, particularmente, cuando hay 
falta de integración en una red social. Dentro de esta categoría, la falta de seguridad en sí mismo 
produce una autoestima baja, y la falta de relaciones confiables produce sentimientos de vulnerabilidad. 
Weiss (1998) avanza aún más, y distingue apego y afiliación (o filiación) por la función que 
cumplen. En términos de exclusividad, el apego es exclusivo mientras que la afiliación puede ser a varios 
grupos. El apego se relaciona con la disponibilidad de la seguridad. Pero si hay que compartir una figura 
de apego, esa persona va a estar necesariamente menos disponible y con necesidades no satisfechas. 
Esa es la razón por la cual las relaciones románticas son exclusivas. Por el contrario, la afiliación tiene 
que ver con la integración en una red social cohesiva.  
La mayor cantidad de afiliaciones enriquece la red, incrementando su valor en términos de 
provisión de amigos, alianzas y guía.  
Otra función que distingue apego de afiliación es su persistencia. El apego es notoriamente 
persistente, incluso cuando la lógica indicaría que hay que terminar esa relación, lo cual se ve 
gráficamente cuando los niños víctimas de violencia continúan amando a sus padres abusadores. La 
afiliación, en cambio, no subsiste a esos tratos, y son redes sociales de las que se entra y se sale. La 
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tristeza profunda, al igual que el duelo, es el sentimiento universal ante la pérdida de una relación de 
apego; es menos frecuente o menos intensa ante la pérdida de una amistad. 
Finalmente, las relaciones de apego, siendo totalmente confiables, se mantienen a sí mismas, las 
de afiliación muchas veces desaparecen si no son reforzadas, y puede aparecer el sentimiento de 
deslealtad (Weiss, 1998).  
Así, la soledad social resulta de la inadecuada integración en una red social. 
Weiss (1987) describe el aislamiento social como la realización de “hacer la de uno, sin aliados, en 
un mundo peligroso” (pág. 13). 
Para Baumeister y Leary (1995), el sentimiento de pertenencia representa la dimensión afectiva 
de la integración social. Por su parte, Hagerty y Williams (1999) sostienen que el sentimiento de 
pertenencia es un fuerte predictor de soledad.  
En principio, lo opuesto al sentido de pertenencia sería el sentimiento de ser excluido 
intencionalmente, que según Weiss (1982), es un elemento del aislamiento social. Continúa diciendo el 
autor, que una forma de revertir esa situación e integrarse socialmente, consiste en ponerse el objetivo 
de realizar una actividad. Para que esta actividad sea exitosa se requiere tener sensibilidad a la 
información que viene de la sociedad. Gardner, Pickett, y Brewer (2000) encontraron que luego de una 
experiencia de exclusión social, los participantes prestan especial atención a pedir explícitamente 
información social. La existencia de este tipo de respuesta implicaría la posible presencia de una 
capacidad cognitiva para recolectar información necesaria para integrarse socialmente. Leary et al. 
(1995) argumentan que la autoestima sirve para predecir tempranamente una posible exclusión social. 
Estas observaciones en lo afectivo y cognitivo muestran que las personas son sensibles frente a la 
posibilidad de perder la integración social, pero que si esto sucede, tienen los elementos como para 
comenzar una reintegración.  
 El planteo de Weiss (1982), acerca de que la soledad social es el resultado de no ser parte 
significativa de un grupo social cohesivo, lleva al estudio de las redes sociales que posee cada persona. 
La red social es el conjunto de individuos que prestan apoyo social, y se define como “un grupo 
de personas, miembros de la familia, amigos y otras personas, capaces de aportar una ayuda y un apoyo 
tan reales como duraderos a un individuo o a una familia” (Speck citado por Elkaïm, 1989: 32). 
Los investigadores coinciden en la relación que hay entre el apoyo social y la salud mental de las 
personas, interés que data de principios del siglo XX, con estudios que, como señalan Kessler et al. 
(1985), ponían de relieve la asociación entre problemas psíquicos y variables sociales genéricas tales 
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como: desintegración social, la movilidad geográfica o el estatus matrimonial. Estos estudios señalan un 
punto común en esas variables situacionales: la ausencia de lazos o apoyos sociales adecuados o la 
ruptura de redes sociales previamente existentes. 
De este modo, la soledad emocional ocurre como resultado de la ausencia de relaciones íntimas 
producto de la pérdida de una figura de apego emocional, por ejemplo, al enviudar o divorciarse, y se 
caracteriza por experimentar ansiedad y vacío. La soledad social, en cambio, es el resultado de la 
ausencia de amigos significativos, o de pertenecer a una comunidad y se caracteriza por una sensación 
de marginalidad y aburrimiento (Lunt, 1991).  
La implicancia de esta tipificación es que el contar con apoyo social no reduciría la soledad de 
tipo emocional, pues ni parientes ni amigos pueden reemplazar la pérdida de alguien importante, sin 
embargo, la soledad social puede remediarse con el acceso de la persona a una red de relaciones 
interpersonales (Stroebe, Schut & Abakoumkin, 1996). 
Por otro lado, Peplau y Perlman en 1979, propusieron dividir la experiencia de soledad en dos 
tipos: situacional y crónica. La soledad situacional o temporaria ocurre por las diversas circunstancias 
por las que pasa una persona, por ejemplo, divorciarse, enviudar o cambiarse de ciudad. La soledad 
crónica, en cambio, es producto de características personales como poseer habilidades sociales 
ineficientes, que impidan formar o mantener relaciones interpersonales. La implicancia de esta 
tipificación es que las personas solas situacionalmente, atribuyen su soledad a causas inestables, por lo 
que piensan que su estado puede cambiar en el futuro; por el contrario, quienes son personas 
crónicamente solas, atribuyen su soledad a causas estables y creen que no hay nada que puedan hacer 
para cambiar su estado, por lo que su soledad se perpetuaría en el tiempo.  
 
Causas de la soledad 
En cuanto a las causas de la soledad, las investigaciones que se han centrado en el ámbito social, 
han concluido que las personas que se sienten solas no se diferencian de las que no se sienten solas en 
cuanto a la frecuencia de interacciones con otros, sino más bien en el grado de intimidad de esas 
interacciones y en el sentido de pertenencia (Jones, Hobbs & Hockenbury, 1982; Stokes 1985), de modo 
que más importante que la cantidad de apoyo que reciba una persona, es la calidad y la profundidad de 
las relaciones lo que produce mayor bienestar y, por tanto, menor sentimiento de soledad (Cohn, 
González & Herrera, 1994).  
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Por otro lado, Jones et al. (1982) concluyeron que las personas solas poseen deficiencias en sus 
habilidades sociales, ya que suelen prestar poca atención a los demás cuando interactúan, pues siempre 
están centrados en sí mismos, pensando en que fracasarán, con lo cual se dificulta aún más tanto el 
iniciar interacciones como el mantenerlas. Similarmente, Green y Wildermuth (1993) encontraron que 
las personas solas están tan autofocalizadas, que en sus interacciones resultan ser menos aptos tanto 
para responder a preguntas como para continuar los tópicos de la conversación, siendo este tipo de 
factores los que explicarían la soledad crónica antes mencionada. 
El rol de las cogniciones ha sido destacado por Jones (1981), quien concluye que la soledad 
depende más de cómo las personas evalúan sus relaciones sociales, cómo les afecta y cómo reaccionan 
a ella, más que de características objetivas del ambiente social.  
Así, el que las personas solas piensen negativamente sobre sí mismas y esperen ser rechazadas 
por los demás, sumado a la creencia de que nada pueden hacer, provoca que estas personas se aíslen de 
las relaciones interpersonales para protegerse de la ansiedad que les producen, con lo cual disminuyen 
sus posibilidades de aminorar su soledad y sus relaciones sociales siguen siendo deficientes (Goswick y 
Jones, 1981; Gyarmati, 1987). Por otro lado, las expectativas exageradas acerca de lo que es la amistad y 
el apoyo de otros, también generan sentimiento de soledad e incomprensión, al no poder ser 
satisfechas sus demandas en el ambiente social (Stokes, 1985). 
 
La salud y el apoyo social 
Existe evidencia de que el apoyo social tiene efectos en la salud de las personas, así por ejemplo, 
Didier (1985) propone que pertenecer a una red social nutrida y preocupada se relaciona con mejores 
niveles de salud tanto física como mental. Cohn et al. (1994) agregan que quienes la poseen viven más 
tiempo. Por el contrario, las personas con escaso apoyo social pueden experimentar, al enfermar, 
problemas más graves y con peor pronóstico (Arón et al., 1990; Cohen y Syme, 1985). 
Más aún, la falta de contacto y apoyo social facilita la aparición de una serie de síntomas, siendo 
los más frecuentes ansiedad y depresión (Hojat, 1982; Feldman y Orford, 1985; Páez, 1986; Ginter, 
Glauser & Richmond, 1994; Barretta et al., 1995; Rokach, 1996). Por ejemplo, Brown (1978) (citado por 
Páez, 1986) demostró que el 38% de las mujeres amas de casa con más de tres hijos que no contaban 
con un confidente, presentaban depresión, en comparación con el 4% de mujeres con similares 
características que sí tenían un confidente. Otra investigación demostró que el 37% de los sujetos que 
experimentaban un suceso de vida severo y que no contaban con apoyo se deprimían, mientras que el 
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14% de sujetos con sucesos de vida igualmente severos  que contaban con relaciones de intimidad, no lo 
hacían (Páez, 1986). 
También la soledad ha sido relacionada con abuso de drogas, alcoholismo, hostilidad hacia los 
otros, enfermedades psicosomáticas y suicidio (Ginter et al., 1994; Barreta et al., 1995; Rokach, 1996). Si 
bien estas correlaciones son más recientes, ya en 1977 Henderson postuló que "la incapacidad de 
satisfacer una necesidad de un trato positivo con los demás conduce a una morbilidad psiquiátrica y aún 
médica" (citado por Feldman y Orford, 1985: 101). En ese mismo año, Lynch proponía que el suicidio y 
las enfermedades psicosomáticas "tienen el doble de probabilidades de matar a divorciados, solitarios o 
individuos socialmente aislados" (Lynch, 1977 citado por Feldman y Orford, 1985: 123). Similarmente, 
Berkman y Syme, en 1979, concluyeron que los índices de mortalidad eran más altos entre quienes 
carecían de fuertes relaciones sociales. 
Ya sea que se tome la soledad como una experiencia aversiva, similar a otros estados afectivos 
negativos tales como depresión o ansiedad, o que se considere que ésta refleja una percepción subjetiva 
del individuo de deficiencia en su red de relaciones sociales, es una experiencia ante la cual los 
individuos reaccionan de alguna forma. Al responder activamente a las circunstancias del medio, los 
individuos aprenden a adaptarse a la adversidad. Con tales fines, se ponen en marcha mecanismos de 
resolución de problemas, que se activan ante este tipo de situaciones estresantes, que se denominan 
estrategias o mecanismos de afrontamiento.  
 
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