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236  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 237
divagaba sin parar. S vivía con un torrente de imá-
genes que no podía detener. Partiendo de la posesión 
de una memoria indeleble sobrehumana, desarrolló 
una abrumadora y perturbadora percepción de todo 
lo que era temporal.
Si S hubiera sido un antiguo griego, podría 
haberse convertido en uno de los individuos más 
extraordinarios jamás producidos por la cultura. En 
lugar de ello, acabó como un héroe trágico contem-
poráneo, inmortalizado en las páginas de las revistas 
científicas. Sus experiencias se comparan a veces 
con la vengativa maldición de un mal director de 
Vídeos musicales. Hoy día, el entorno mediático que 
nosotros mismos nos hemos creado nos ofrece poten-
ciales creadores que antes sólo estaban al alcance de 
individuos con poderes especiales. Las posibilidades 
sinestésicas en los dominios sensorial y conceptual 
son una fuente de inspiración; en cambio, como 
víctimas de unas comunicaciones «cuerdas» con 
imaginaciones igualmente «cuerdas», nos estamos 
volviendo como el mnemonista de Luria: abrumados 
e incapacitados por imágenes desarraigadas y voces 
amplificadas. Percibimos la ausencia del «vidente» 
rural, no las estructuras formales de sistemas de 
gestión de la información y comunicadores profe-
sionales más eficientes.
Los artistas, poetas, compositores y científicos 
que han oído las voces saben que no están locos; 
su trabajo da testimonio de ello. Sin embargo, la 
posibilidad de sufrir una grave crisis mental puede 
representar una especie de riesgo laboral para las 
personas que trabajan en el límite de la realidad 
comúnmente aceptada por consenso, un espacio cul-
turalmente elaborado por convenciones perceptuales 
impuestas por los mecanismos estructuradores del 
lenguaje, comportamientos habituales e historias 
olvidadas. La «locura» creadora podría ser sim-
plemente un trastorno de la historia, «curado» por 
el paso del tiempo, cuando las ideas visionarias se 
convierten en hechos comunes de cultura. En todas 
sus sesiones, S no declaró ni una sola vez que se con-
siderara poseído por la locura. En cierta ocasión dijo 
a Luria que, hasta que no llegó a ser adulto y tuvo 
su primer trabajo, simplemente había supuesto que 
la mente de todo el mundo funcionaba exactamente 
igual que la suya.
Hablar de la naturaleza es también poner normas 
de orden moral o religioso. En este sentido, entran 
en el sistema cosmológico las aves, especialmente 
aquellas que tienen unas características determi-
nadas, sea porque son migratorias y, por lo tanto, 
aparecen y desaparecen en un momento dado, sea 
por el color, por sus hábitos diurnos o nocturnos, 
por los lugares donde se posan o por los sonidos que 
emiten. En los relatos se tiende a buscar signos de 
maldición en animales en los que puede haber una 
anomalía, por ejemplo un ave nocturna, o signos de 
bendición en aquellos que despiertan empatía. Es 
difícil descubrir un conocimiento de la naturaleza 
libre de la influencia de la cultura y, en este sentido, 
Las aves, metáfora del alma
Maria-Àngels Roque. Instituto Europeo del Mediterráneo
Tanto en las culturas mediterráneas como en las europeas septentrionales, las aves son mensajeros de los 
dioses; ello les otorga en el plano simbólico la capacidad de vaticinar, con su sola presencia, aspectos sa-
ludables o nefastos del futuro. Desde la Antigüedad, los pájaros viajeros son percibidos como almas y, por 
ello, la metamorfosis es uno de los paradigmas cosmológicos de larga duración en la cultura mediterránea. 
Las aves augurales mantienen toda su vigencia tanto en el imaginario popular como en su condición de 
fuente de inspiración para poetas y escritores de ámbitos culturales diversos. Así, las tradiciones literarias 
cristiana y musulmana están plagadas de historias, leyendas y creencias sobre las aves como metáforas del 
alma humana.
236  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 237
los animales han servido como metáfora a los hu-
manos. Las fábulas de Esopo y las fábulas libias que 
menciona Aristóteles y quizás también influyeron 
en las historias de Apuleyo, originario del norte de 
África, son un buen ejemplo.
Las Metamorfosis de Ovidio contienen un 
mundo de transformación donde aparecen gran 
cantidad de aves que guardarán con el tiempo su 
connotación metafórica; en la Edad Media, la obra 
tuvo una gran difusión, junto con la transmisión 
árabe de las fábulas orientales. Todas estas historias 
sufren una adecuación moral con la influencia de 
las religiones del Mediterráneo. Mencionemos, por 
ejemplo, los bestiarios medievales, popularizados 
primero, como las fábulas, por los exempla de los 
antiguos predicadores y, más tarde, por la imagi-
nería y la literatura de divulgación. He aquí, sin 
duda, por qué se encuentran, entre los relatos de 
origen europeo, etiologías del león, el unicornio, 
el avestruz, el elefante, el mono, el dragón, todos 
los animales fantásticos o exóticos que aparecen 
representados en los textos. Éstos son, al mismo 
tiempo, cristianizados y ungidos de la visión 
moralizante de los bestiarios. Lo mismo podemos 
decir del islam, cuyo misticismo hace acopio de los 
símbolos animales, especialmente de los pájaros 
como representantes del alma.  
Los trabajos de los psicoanalistas clásicos inciden 
hoy en día en algunas interpretaciones, no obstante, 
como manifiesta Durand (1981), sus tesis son dema-
siado limitadas, ya que el simbolismo teriomorfo es 
muy antiguo y agrupa muchos más significados que 
la libido. Para Durand tiene mucho más que ver con 
el esquema de lo animado: «Todo animal salvaje, 
pájaro, pez, insecto, es más sensible al movimiento 
que a la presencia formal o material». Sensaciones y 
percepciones son elementos básicos del imaginario: 
la vida y la muerte como elementos copulativos, la 
naturaleza, la divinidad, el eterno retorno... todo 
confluye.
Para Bachelard (1986), la ascensión, el deseo de 
verticalidad es la razón profunda que motiva la faci-
lidad con que la ensoñación volante es  aceptada en 
nuestra psique, por lo que el ala surge como símbolo 
de purificación racional. De ahí resulta para este 
autor que el pájaro casi nunca es considerado como 
un animal, sino como un simple accesorio del ala: 
«No se vuela porque se tienen alas, sino que las alas 
crecen porque se ha volado». Así pues, el pájaro se 
desanimaliza en beneficio de la función. 
Augurios 
Se reconoce a los pájaros, además, un papel instau-
rador. Cercanos al cielo, capaces de hablar y, por 
tanto, de enseñar, son mediadores designados por su 
sabiduría, de la que sólo se aprecia hoy la vertiente 
meteorológica pero que ha tenido funciones más 
amplias,  relegadas más tarde a la superstición. 
No sorprende demasiado que las técnicas de 
pronóstico del tiempo tengan tanta importancia en 
sociedades donde la agricultura ha ocupado un lugar 
esencial. Estas reglas de interpretación permiten 
previsiones a corto plazo: se sabe que lloverá cuando 
se ven las golondrinas volar a ras de tierra, cuando 
se oye cantar al pájaro carpintero o las ranas. Sin 
embargo, se intenta también prever a largo plazo, 
saber sobre todo en qué momento tendrán lugar 
los cambios de estaciones y, en este sentido, las aves 
migratorias son buenos mensajeros. 
Marlène Albert-Llorca (1991) recoge una his-
toria relacionada con el presagio del desastre de 
Chernóbil: «Desde siempre, las golondrinas cons-
truyen su nido bajo el tejadillo y en el hangar. El 
año de Chernóbil no llegaban... Si las golondrinas no 
vuelven más, es que los hombres han jugado dema-
siado con fuego. Ausencia de pájaros, perturbación 
del tiempo: ¿No está cercano el fin?».  
El poder del augurio tiene una larga tradición 
ligada a las civilizaciones antiguas, más vinculadas a 
la naturaleza que la nuestra. El vuelo de los pájaros 
los predispone a servir de símbolos de las relaciones 
entre el cielo y la tierra. En griego, la misma palabra 
podía ser sinónimo de presagio y de mensaje del 
cielo. En el mundo céltico el pájaro es, en general, 
el mensajero o el auxiliar de los dioses y del Otro 
Mundo, sea el cisne en Irlanda, la grulla o la garza 
en la Galia, la oca en Gran Bretaña, el cuervo para 
los germanos, el abadejo o la gallina. Harry Potter 
utiliza una lechuza como mensajera en su pastiche 
cultural imaginativo. 
El cristianismo y el islam, si bien contrarios al 
augurio, no han dudado en utilizar las aves como 
metáfora. Existe, no obstante, una equivalencia 
simbólica y funcional entre los mensajeros del 
238  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 239
otro mundo céltico, que se desplazan a menudo 
en forma de cisnes, y los ángeles del cristianismo, 
que llevan alas de cisne. Los ángeles también son 
intermediarios entre Dios y el mundo, aunque en la 
interpretación de la Iglesia las alas son símbolo de 
orden espiritual. El ángel, en tanto que mensajero, 
siempre lleva una buena noticia para el alma. 
La palabra agüero (del latín augurio) significa 
presagio, aunque tanto agüero como agorero (el que 
lee los augurios) tienen actualmente un significado 
nefasto y supersticioso, sin duda por todo lo que la 
Iglesia ha luchado contra esas prácticas, considera-
das paganas. Un término parecido es el catalán ave-
rany (augurio), aunque el filólogo Joan Corominas 
lo deriva del antiguo averar en el sentido de «lanzar 
una idea con miras a la comprobación», «hacer un 
cálculo estimativo». Pedro de Ciruelo, canónigo 
de la catedral de Salamanca, se hace eco de estas 
creencias, que combate en una obra publicada en 
1556: Reprovación de las supersticiones y hechize-
rías. Libro muy vtil y necesario a todos los buenos 
christianos, obra muy crítica con estos temas, que 
sin duda el buen canónigo encontraba difíciles de 
combatir dado el carácter arraigado de estas prácti-
cas paganas. Entre sus reprobaciones enumera todo 
tipo de presagios extraídos de aspectos vinculados 
con la naturaleza, especialmente con las aves.
Los auspicios están fundamentalmente propicia-
dos en la época romana por los pájaros. La ciencia de 
los auspicios no es únicamente visual: supone sólidos 
conocimientos de ornitología. Existen especies que 
trasmiten signos por su vuelo, otras por su canto y 
otras, las más reputadas, por las dos cosas a la vez. 
El augur no intenta prevenir el futuro. Consulta 
para saber si la acción proyectada está «permitida» 
o no por los dioses: si es fausta. ¿Cuál es la parte 
de autonomía hacia estos signos que recibe el que 
cata las aves? Algunos autores han insistido en el 
tratamiento pragmático de los romanos ante los 
presagios: parece que el augur es libre para aceptar 
o no los significantes. Se trata, pues, de una religión 
más apoyada en el rito que en el mito. 
La representación del alma
Pero ¿por qué las aves nos quieren prevenir? ¿Qué 
interés pueden tener hacia los humanos? ¿Forman 
parte de nuestra psique, como manifiestan los psi-
coanalistas? ¿Son transformaciones pasajeras del 
espíritu, como manifiestan algunos mitos? ¿Ponen 
en contacto a los vivos con los muertos?
Una de las simbologías más extendidas de las 
aves es la de representación del alma. El testimo-
nio más antiguo de la creencia en las almas-pájaros 
está, sin duda, contenido en el mito de Fénix, ave 
de fuego de color púrpura; es decir, compuesta de 
fuerza vital. En los frescos del antiguo Egipto vemos 
cómo un ave con cabeza de hombre o de mujer sim-
boliza el alma de un difunto o un dios que visita la 
tierra. La concepción del alma-pájaro y, por tanto, 
la identificación de la muerte con un ave están ya 
atestiguadas en las religiones de Oriente Próximo 
arcaico. El Libro de los Muertos describe la muerte 
como un halcón que levanta el vuelo y en Mesopo-
tamia se figuran los difuntos bajo la forma de aves 
(Chevalier y Gheerbrant, 1982). Pero también en la 
simbología cristiana vemos cómo al expirar, el alma 
sale en forma de ave.
Según el mismo Corán, el «lenguaje de los 
pájaros» es el del conocimiento espiritual, y tiene 
que ver con las almas. La tradición cristiana de la 
paloma, los ángeles o el Espíritu Santo se mantiene 
en el islam: los pájaros viajeros –como los de Attar 
y los del Relato del Pájaro de Avicena– son almas 
lanzadas a la búsqueda iniciática. 
En los Diálogos de Platón, el Fedón, que trata 
aspectos de la inmortalidad del alma, presenta a 
Sócrates rememorando «una antigua tradición que 
[le] viene a la memoria, [y] pretende que las almas 
que están allá abajo [en el Hades, lugar donde en la 
religión griega van a parar las almas de los muer-
tos], llegadas desde aquí, regresan aquí y renacen 
de los muertos, por lo que debemos concluir que 
nuestras almas están allá [en el Hades] y que no 
podrían renacer, si no existiesen, y su existencia nos 
será suficientemente probada, si vemos claramente 
que los vivos nacen de los muertos. Si eso no es así, 
necesitaremos encontrar otra prueba». 
En el diálogo, esta inmortalidad se prueba fi-
nalmente por la ley de los contrarios: «De la vida 
sale la muerte y de la muerte, la vida». Este imagi-
nario griego concuerda con el imaginario europeo 
que ve a la cigüeña como portadora del alma del 
recién nacido, pero también con la representación 
del espíritu del muerto de los jeroglíficos egipcios. 
238  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 239
Así pues, tenemos que las aves, ellas mismas o como 
portadoras, representan el espíritu vital, espíritu que 
a veces vaga tomando una apariencia formal mien-
tras espera la purificación.  
Metamorfosis
La metamorfosis a veces se distingue mal de la trans-
migración del alma o metempsicosis, pero son dos 
cosas diferentes. Ésta última incide en la muerte 
y reencarnación en otro cuerpo, mientras que la 
metamorfosis no afecta más que a la apariencia y 
no al yo profundo. El cristianismo y el islam han 
sido rotundos en la condena de la transmigración, 
sin embargo la metamorfosis, quizás por el aspecto 
alegórico que comporta, ha sido mejor aceptada, al 
menos en su versión popular. 
En las metamorfosis aparece una cierta creencia 
en la unidad fundamental del ser; las apariencias sen-
sibles sólo tienen un valor ilusorio o pasajero. Existen 
teorías que ven las metamorfosis como expresiones 
del deseo, la censura, el ideal o la sanción, surgidas 
de las profundidades del inconsciente y que toman 
forma en la imaginación creadora. De hecho, muchas 
mitologías están llenas de metamorfosis. En los textos 
irlandeses y galeses es frecuente encontrar que un 
mago, druida, poeta o profetisa, por una u otra razón, 
convierte a un héroe o una heroína en cerdo, pájaro 
o pez. Los dioses se pueden metamorfosear, también 
las brujas. Las novelas y, especialmente, la poesía 
amorosa son ricas en este tipo de deseos.
El poeta Publio Ovidio Nasón, en su magna 
obra mitológica las Metamorfosis, que desgrana 
250 fábulas encadenadas por hermosos hexámetros, 
recoge la religión popular en la que se dan elementos 
metafóricos, así como la religión imaginativa, con 
el gusto natural del misterio. A pesar de que Ovidio 
era sin duda escéptico, las leyendas están tratadas 
con un punto de ironía, lo que confiere, y he aquí 
lo importante de su obra, un carácter estético a la 
religión. Su obra debe mucho a la tradición de las 
fuentes helenísticas. En esta tradición es impor-
tante nombrar especialmente a Boio, sacerdotisa 
de Delfos, a la cual un poeta helenístico atribuyó 
una ornitogonía, manojo de historias de héroes 
transformados en aves, de la que bebieron otros 
autores grecolatinos.
En la Edad Media las obras de Ovidio tienen 
una difusión enorme. Sacadas de su contexto, las 
historias de las Metamorfosis se mezclan con mate-
riales indios y árabes, se adaptan de forma popular 
o sirven de comentario alegórico a la teología. De 
los poemas latinos retomados en el siglo XIII se pasa 
después al francés antiguo, al alemán, al neerlandés, 
y se encuentran huellas en Chaucer, Bocaccio, Tasso, 
Montemayor, Corella y en las múltiples adaptacio-
nes de los personajes de Céfalo y Procris, Orfeo, 
Escila, Pasifae, Progne y Filomela. Los temas de 
la transformación, el castigo o la purgación de las 
culpas también los encontramos en la otra ribera 
del Mediterráneo, donde se castiga al ulema, al juez 
o al maestro coránico por su falta de piedad, como 
veremos más adelante.    
Muchos relatos que vinculan una geografía a 
un espacio sagrado son objeto de transformación, 
como por ejemplo Demnate, en el sur de Marrue-
cos. Allí encontramos el puente de Imi-n-Ifri, un 
enorme arco natural horadado por el río Mahser, 
cuyo nombre significa en bereber «la puerta del 
precipicio». Un sendero rocoso permite bajar a los 
pies del puente y atravesar una gigantesca bóveda 
salpicada de estalactitas y pequeñas grutas. Por la 
mañana muy temprano, cuando hace buen tiempo, 
las mujeres vienen a tomar un baño entre las rocas: 
les da buena suerte, las ayuda en su fertilidad. Por los 
alrededores se pueden ver muchas ardillas y, sobre 
todo, bandadas de martinetes y cornejas negras. Una 
leyenda explica la presencia de estos pájaros: en el 
fondo del precipicio vivía un genio malo con siete 
cabezas que, para que la fuente no se agotase, exigía 
que los habitantes de Demnate le ofrecieran cada 
año a la joven más bella del país. Sucedió entonces 
que la hija del caíd fue elegida. Afortunadamente, 
un joven valeroso consiguió vencer al monstruo an-
tes de que la joven sacrificada cayese en sus manos. 
El cadáver del horrible genio se descompuso enton-
ces en millares de gusanos que se transformaron en 
otras tantas cornejas. 
La cigüeña: símbolo de vida 
La contextualización cultural practica una simbo-
logía diversa en las percepciones, pero éstas pueden 
tener un arraigo que supera ciertos cánones religio-
240  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 241
sos. Aunque la Biblia (Levítico 11:18-19) incluye 
a las zancudas entre los «animales impuros», y la 
cigüeña es considerada inmunda, normalmente ha 
sido percibida como símbolo de buen augurio. En 
los países europeos, su regreso regular en primavera 
corresponde a la fiesta de resurrección de la natura-
leza. Su papel de portadora de niños, o sea de vida, se 
liga seguramente a este tema, aunque también hay 
otras interpretaciones vinculadas con la noción de 
«pájaro del alma» en contacto con «las aguas de la 
Creación», fuente de toda fertilidad. A causa de su 
antiguo nombre en las lenguas germánicas, adebar, 
que proviene del verbo bern, bero (llevar, traer) y 
de od (propiedad) o atem (aliento), la cigüeña es 
considerada en estos países el pájaro que aporta 
fortuna, regalos y el aliento de la vida a los niños. 
El simbolismo psicoanalítico ve en el pico de la ci-
güeña la imagen del falo, la «fuente de los bebés» 
simbolizada por el seno de la madre (Rank, 1983). 
Mientras que en los jeroglíficos del antiguo Egipto 
una de las representaciones corrientes del bâ (alma) 
es una cigüeña con cabeza humana. 
En su opuesto pero con igual significación, los 
pájaros nocturnos son a menudo asimilados a los 
espectros, a las almas de los muertos que vienen a 
gemir de noche cerca de su antigua morada. Las 
estrigiformes son aves llevadas al extremo cuya 
doble maldición todos los relatos subrayan: con-
denadas a vivir de noche, son odiadas por los otros 
pájaros. ¿Esto no quiere decir que se encuentran, de 
alguna manera, excluidas del mundo de los vivos? 
La importancia de la correlación entre la oposición 
muertos/vivos y noche/día tiene una profundidad 
antropológica. No obstante, hay que subrayar que 
un grupo importante de relatos de origen de las 
estrigiformes presenta su inicio en la noche como 
una caída por haber cometido una falta, según la 
versión de Ovidio en sus Metamorfosis.  
Tradicionalmente, en Castilla y en otras partes 
de Europa, a los niños los trae la cigüeña. La ima-
gen de la zancuda volando a gran altura, portando 
en su pico un pequeño fardo por el que asoma la 
cabeza de un recién nacido, se ha impuesto como 
símbolo natalicio. Éste es conocido incluso en 
aquellos lugares donde la tradición ha sido otra y 
se «encontraba» a los niños debajo de una col, al pie 
de una roca o de una fuente, imágenes equívocas 
que pueden presuponer abandono, mientras que el 
gran pájaro volando horizontalmente produce una 
sensación protectora e inequívoca de la mensajera 
que llega a su destino. La cigüeña ha venido acom-
pañando a una parte de los pueblos europeos y de 
Asia Menor en el período primaveral. Llega entre 
febrero y marzo y tiene sus crías en los enormes 
nidos construidos junto a zonas pobladas ya que, 
al igual que el hombre, siempre se ha instalado al 
lado de las riberas, en terrenos abiertos en los que 
hubiese pastizales y zonas de regadío. 
Pocos estudios encontramos sobre las cigüeñas a 
pesar de que desde antiguo se les ha reconocido un 
papel simbólico, casi religioso. San Isidoro de Sevilla 
califica a la cigüeña de «heraldo de la primavera». 
Esta ave es, asimismo, con su largo y flamígero pico, 
un caballero lanza en ristre que libera los campos de 
reptiles y otros animales considerados ponzoñosos y 
maléficos. Estrabón, Plinio, San Isidoro y Sebastián 
de Covarrubias nos hablan de ella como de un sím-
bolo de piedad filial: «Es muy notable el cariño que 
sienten hacia sus hijos; con tanto celo calientan sus 
nidos, que a causa de estar tanto tiempo incubando 
llegan a perder las plumas. Sin embargo, cuanto 
tiempo dedican a la cría de sus retoños, otro tanto 
ellos, a su vez, son alimentados por sus polluelos» 
(Covarrubias, 1976).
La cigüeña estaba consagrada a Juno, diosa del 
matrimonio y las mujeres casadas. Sebastián de 
Covarrubias, en el Tesoro de la lengua castellana 
(siglo XVII) es quizá quien resume, de una forma más 
completa, las creencias y características sobre las 
cigüeñas, puesto que recopila material de los clási-
cos e introduce observaciones reales. En la cigüeña 
tenemos, pues, una díada que la hace merecedora 
de respeto y del tabú a matarla:
•    Es mensajera y portadora del buen tiempo, el 
sol y el calor; trae o anuncia la vida.
•    Se come las sabandijas, animales inmundos 
relacionados con la muerte, según la creencia 
popular.
La cigüeña en Marruecos
Diez años después de un extenso trabajo etnográfico 
realizado en Castilla, hemos podido cerrar el ciclo 
migratorio de la cigüeña, y hallar lo que podría-
240  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 241
mos denominar sus cuarteles de invierno, a partir 
de diversas vías e investigaciones llevadas a cabo 
en Marruecos. Aquello que nos decían a principios 
de los años noventa los ancianos de algunas aldeas 
castellano-riojanas de que a finales de verano las 
cigüeñas se iban a África o «Dios sabe dónde», la 
preocupación ecológica y la tecnología han acabado 
con el jardín secreto al que se dirigían las cigüeñas. 
Se han multiplicado los puntos de observación no 
solamente en el paso del estrecho de Gibraltar, 
sino en muchos otros lugares. Veamos, si no, los 
comentarios realizados desde el Museo de Historia 
Natural de Friburgo (Suiza) en relación con una 
cigüeña seguida desde sus instalaciones: «Max es 
la cigüeña más conocida en el mundo, nacida en 
mayo de 1999 en Avenches. Es el primer animal 
suizo que ha sido seguido por satélites. Cada año, 
hacia finales de verano, se dirige hacia Marruecos. 
Después de haber pasado dos inviernos enteros cerca 
de la ciudad de Guerzif, al norte del país, Max se 
ha desplazado a menudo entre Guerzif  y Fez estos 
últimos meses».
Y la última noticia aparecida sobre Max es del 
10 de enero de 2005: «La cigüeña blanca Max ha 
permanecido hasta el 20 de diciembre en Sidi Qua-
cem, al norte de Marruecos. Enseguida ha regresado 
a Fez, ciudad que había visitado en septiembre de 
2004. A pesar de que la antena de su transmisor 
estaba bastante averiada, los satélites reciben de 
nuevo señales. Gracias a la ayuda de los especialistas 
de Argos, su trayecto desde el 23 de septiembre ha 
podido ser reconstruido. No sabemos cuándo Max 
ha dejado el lugar de nidificación pero después de 
septiembre, lo más tarde, se encontraba en Fez, don-
de ya había pasado el invierno 2003/2004. A prin-
cipios de octubre fue a visitar la ciudad de Meknés. 
Luego se dirigió hacia el noroeste, hasta la pequeña 
ciudad Sidi Quacem. Cada año, Max deja el lugar 
de invernada más temprano: en 2000 y 2001, inició 
su regreso el 1 de abril; en 2002, a partir del 27 de 
marzo y en 2003, el 7 de febrero. Esta última vez ha 
iniciado su migración el 31 de enero». 
Una de las primeras percepciones que observa-
mos es el grado de simpatía y  respeto que se tiene 
a la cigüeña en el Magreb, aspecto comprobado con 
anterioridad por viajeros y antropólogos durante los 
siglos XIX y XX. En bereber, la cigüeña se denomina 
aswu; en árabe marroquí, belarej. Se trata de un 
ave de buen agüero en Marruecos, como recoge 
Muhammad Ibn Azzuz (1958): «La cigüeña es un 
ave de buen agüero por ser sinónimo de felicidad 
y dicha». El antropólogo colonial Edmond Doutté 
(1914) manifiesta a principios del siglo XX que 
«las cigüeñas sólo vienen a Marrakech durante el 
invierno y la primavera, y se van después al sur... 
nos dicen que sin ninguna duda a Massa. Massa, la 
ciudad misteriosa del Sus». De la ciudad de Massa y 
su puerto, que tan importantes fueron a lo largo de 
la historia, no queda nada, sólo el recuerdo, ya que 
parece que está hundida bajo las dunas. Actualmente 
se encuentra la reserva natural del río Massa, a una 
cincuentena de kilómetros de Tiznit. El estuario del 
río es un lugar donde se acogen miles de aves, es-
pecialmente ibis. ¿Es éste, pues, uno de los lugares 
adonde van en invierno las cigüeñas que viven en 
primavera y verano en los campanarios burgaleses 
y sorianos? Quizás mueren aquí cuando son viejas, 
ya que los campesinos castellanos nos decían que las 
viejas no venían y que, en la guerra, las cigüeñas 
sólo se morían por accidentes, a pesar de que ellos 
las cuidaban cuando tenían percances.
En marzo de 1998 estuve en Rabat, en la necró-
polis de Chellah. Esta extensa necrópolis, edificada 
en el siglo XIV por los meriníes, se levanta fuera 
de los muros de la ciudad, a unos dos kilómetros 
del centro de Rabat, sobre el asentamiento de una 
próspera ciudad romana, Sala Colonia, abandonada 
en el siglo X. La necrópolis de Chellah fue destruida 
por un terremoto en 1755. El paraje está recubierto 
actualmente por una vegetación exuberante que lo 
convierte en un frondoso jardín de palmeras, hibis-
cos, higueras y árboles más altos en los que anidan 
decenas de cigüeñas e ibis, creando así un lugar telú-
rico, dada la connotación de vehículo de nacimientos 
que tienen las cigüeñas en nuestra cultura, así como 
el simbolismo de la cigüeña como representación del 
alma de los muertos en el antiguo Egipto.
   Sin duda es un lugar sagrado, no sólo porque 
están bien patentes los vestigios de la zauia y las 
cúpulas de algunas tumbas de morabitos, sino 
especialmente por la fuente milagrosa que allí se 
encuentra, Ain Mdafa, que tiene la propiedad de 
curar la esterilidad de las mujeres. La fuente es un 
estanque casi cuadrado de unos 10 metros de lado, 
donde se encuentran unas anguilas enormes con 
aspecto de serpientes. Las mujeres con problemas 
242  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 243
para concebir llevan a cabo rituales como encender 
velas o tirar a la fuente huevos cocidos, asaduras y 
bofes de cordero, que son consumidos rápidamente 
por las anguilas que discurren en el fondo del agua 
o están agazapadas (Roque, 2007).  
Edmond Doutté (1914) dice: «La veneración 
por la cigüeña es universal en Marruecos; no se la 
persigue, nadie se queja de los daños que causa, se 
soportan las incomodidades que resultan de su ve-
cindad; si una cigüeña en Marrakech cae del nido y 
se rompe una pata, lo que pasa alguna vez, se la lleva 
al mâristân de la ciudad, es decir, a un hospital […]. 
En los dos países [Marruecos y Argelia] el pájaro 
está reputado como santo». Prosigue Doutté: “Es 
santa, es marabuta”, dicen cuando se les pregunta 
por qué la veneran tanto. Es así como los argelinos 
la llaman merabta, marabuta. Los morabitos, que 
también pueden ser mujeres, son normalmente 
piadosos ermitaños, santos, y sus tumbas son lu-
gares de peregrinaje por su capacidad para curar 
enfermedades». 
 Por su parte, el antropólogo finlandés Edgard 
Westermarck (1926) escribe: «Entre los ait warain 
del Medio Atlas existe la costumbre de enterrar a 
las cigüeñas que se encuentran ya muertas y realizar 
un pequeño haws (círculo) encima de la tumba que 
después es visitada por personas que sufren fiebres, 
como si fuera un siyid (santón representante de una 
cofradía)». El simbolismo de esta ave, aunque de 
buen agüero, comparte una visión polisémica con-
textualizada con las corrientes metafóricas cultas y 
populares que inciden en esta área cultural, como 
la de los pájaros viajeros a la que nos hemos referi-
do más arriba y su vinculación con las almas y los 
viajes iniciáticos.  
Los hombres cigüeña
Retomando la relación entre las cigüeñas y el 
hospital apuntada más arriba, es significativo lo 
que cuenta de su viaje a Marruecos a principios 
del siglo XIX el catalán Alí Bey. De su estancia en 
Fez, y entre otras cosas que llamaron su atención, 
comenta (1997): «Fez posee un hospital u hospicio 
con muy buena dotación y destinado únicamente 
al cuidado de los locos. Lo singular de él es que una 
parte considerable de los fondos del establecimiento 
ha sido legada por varios individuos caritativos con 
el único objeto de asistir, cuidar, dar remedios y en-
terrar en el mismo hospital a las grullas o cigüeñas 
enfermas o muertas. Creen que las cigüeñas son 
hombres de unas islas muy lejanas, que en cierta 
época del año toman la forma de las aves para ir allá 
y al tiempo conveniente regresar a su país, donde se 
convierten en hombres hasta el año siguiente. Por 
esta razón se miraría como criminal a quien matase 
a una de estas aves; sobre este particular ensartan 
mil cuentos a cuál más absurdo. Sin duda, la útil 
propiedad de dichos pájaros, que persiguen a los 
reptiles tan abundantes en los países cálidos, atrajo 
el respeto de los pueblos, quienes por ello velaron 
por su conservación; pero el amor de lo maravilloso 
al que siempre han sido inclinados los hombres ha 
reemplazado, aquí como en todas partes, fábulas 
absurdas por las observaciones reales para llegar a 
igual resultado».
Alí Bey era un positivista decimonónico, mien-
tras que el mito tiene mucho que ver con la poesía 
sufí. Debemos pensar que el sufismo, considerado 
poco ortodoxo por el islam, ha sido la corriente 
que ha proporcionado más poesía y más aspectos 
creativos a esta religión, al igual que el misticismo 
al cristianismo. Alí Bey nos da buena cuenta del 
hospital psiquiátrico de Fez, mantenido por unos 
fondos píos que también incluyen curar y enterrar 
a las cigüeñas que en realidad, según el mito, son 
la metamorfosis de hombres que provienen de unas 
islas lejanas (¿Europa?), por lo que si alguien matase 
a alguna, sería tenido por criminal. Otro aspecto 
interesante de la creencia es el aspecto temporal, 
sin duda, dada por la migración anual, o sea por la 
desaparición de estas aves en un momento dado. Alí 
Bey se niega a explicar otros cuentos que no tienen 
que ver con los hombres lejanos y sí con la transfor-
mación de musulmanes en cigüeñas.    
El escritor Juan Goytisolo, que vive habitual-
mente en Marrakech y conoce bien el cuidado que se 
dispensa en esta ciudad a las cigüeñas, ha escrito un 
cuento inspirándose en la historia relatada por Alí 
Bey, además de utilizar el recurso de la metamorfosis 
como fabulación del deseo y su posible realización 
–el escritor denomina transformista al protagonista. 
Goytisolo utiliza el mito de los hombres cigüeña 
para relatarnos una historia de migración a Europa. 
De hecho, no es la primera vez que lo hace, porque 
242  Versión en español Quaderns de la Mediterrània 243
en diversos artículos ha usado el símil de las cigüeñas 
para hablar de los emigrantes, y en especial de sí 
mismo, que vive entre dos culturas.
Entre los cuentos que oyó Alí Bey y no repite 
estaba, probablemente, el de la cigüeña que es un 
juez castigado por haber hecho la ablución con leche 
en lugar de agua en su noche de bodas, tal como se-
ñalan Doutté e Ibn Azzuz, o por haber untado jabón 
en los escalones de acceso a su casa para librarse 
de escuchar a los litigantes. Veamos cómo recoge 
el relato Doutté (1914): «La cigüeña era un juez 
al que aburrían los procesos. Para distraerse, había 
puesto jabón en las gradas del pretorio, de manera 
que los litigantes que se presentaban en su tribunal 
resbalaban y caían de espalda, lo que hacía reventar 
de risa al magistrado gracioso. Para castigarlo, Dios 
lo convirtió en cigüeña y los chasquidos del pico 
recuerdan las risotadas del antiguo cadí». Y prosi-
gue: «Un taleb maestro de Aghmat nos cuenta que 
la cigüeña era un maestro de escuela coránica que 
hizo sus abluciones con laban (leche agria), bebida 
muy apreciada por los indígenas. Por su pecado fue 
transformado en cigüeña y su grito recuerda el cla-
queteo de las tablillas que los escolares remueven 
ruidosamente y sobre las que escriben el Corán».  
 Westermarck, por su parte, recoge otras citas: 
«Chénier sugiere que su repugnancia a matar cigüe-
ñas puede ser debida a la regularidad con que estos 
pájaros emiten sus gritos y al movimiento que hacen 
con sus cuerpos, que en cierta manera recuerda al 
de los musulmanes durante la plegaria». Una de las 
lecturas interpretativas podría ser que, al igual que 
en las historias de Ovidio donde los dioses castigan a 
los trasgresores, Alá también opera la metamorfosis 
para castigarlos por su falta de caridad y su impie-
dad y, de esa forma, expían las culpas. Pero si sólo 
hiciésemos esa lectura iríamos errados, pues hay más 
lecturas y más importantes. Hemos dicho más arriba 
que en los jeroglíficos egipcios el bâ, alma del difun-
to, suele ser representado por una cigüeña. También 
hemos visto al inicio del trabajo que en relación con 
la psique, autores como Bachelard conciben las alas 
como símbolo de purificación racional y por tanto el 
pájaro, en la ensoñación, casi nunca es considerado 
como un animal.
   En el Corán, el alma misma es un ave, así 
como en la poesía sufí. Un claro ejemplo es la obra 
El lenguaje de los pájaros, elaboración poética del 
místico persa Farid al-Dîn Attar en el siglo XII. En 
ella los pájaros, exhortados por la abubilla (mensaje-
ra del amor en el Corán), deciden partir en busca del 
pájaro-rey Simorg, símbolo de Dios en la tradición 
mística persa. Tras un viaje lleno de peligros y tras 
haber recorrido los valles del deseo, el conocimiento, 
el amor, la unidad y el éxtasis, los treinta super-
vivientes conocen la última revelación: Simorg es 
su propia esencia, hasta entonces oculta en lo más 
profundo de ellos mismos. El poeta sufí juega con 
la similitud de sî morg (30 pájaros) y Simorg para 
encontrar una imagen elocuente. 
En el sistema filosófico-religioso del islam, las 
almas son peregrinos en un proceso de iniciación 
espiritual; y ello da sentido a los datos etnográficos 
de Westermark, que nos dice claramente que entre 
los ait warain existe la costumbre de enterrar a las 
cigüeñas que se encuentran muertas como si se 
trataran de morabitos a los que vienen a visitar las 
personas que sufren fiebres. Por otro lado, tanto Alí 
Bey como diversos antropólogos posteriores y actua-
les informantes nos hablan de los bienes caritativos 
dejados en los mâristâns para curar y enterrar a 
las cigüeñas. 
Los legados píos para la cigüeña
En mi investigación he intentado saber más cosas 
acerca del mâristân de Fez y Marrakech. Mâristân 
es la denominación abreviada marroquí de bîmâris-
tân, término con que se denomina al hospital, en 
especial psiquiátrico, en el mundo islámico. Es una 
palabra persa compuesta de bîmar (enfermo) y stan 
(lugar o recinto). El primer hospital para enfermos 
mentales fue construido en Bagdad hacia el siglo VII 
por el visir Harún al-Rashid. Desde un punto de vis-
ta científico y arquitectónico, la idea es comparable 
al hospital moderno; este modelo fue seguido en el 
mundo islámico y, más tarde, en el mundo cristiano. 
Los célebres mâristâns de Sidi Frej, en Fez, y Sidi 
Isaac, en Marrakech, fueron construidos en los siglos 
XII y XIII, gestionados con donaciones caritativas bajo 
el control del Estado. En Europa, estos hospitales 
se construyeron a partir del siglo XVI siguiendo los 
modelos musulmanes (Ammar, 1987). 
Generalmente, los mâristâns son como grandes 
palacios, con un plano cruciforme, edificados alrede-
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dor de un patio rectangular en el que se encuentra 
una fuente. Los árboles, las flores perfumadas y las 
plantas verdes asociadas al gorgojeo y el frescor del 
agua de las fuentes eran considerados curativos 
y formaban parte integrante de la terapia de los 
alienados. León el Africano (1465-1550) fue secre-
tario de Sidi Frej durante varios años. En sus escritos 
refiere el personal que se ocupaba de los enfermos, 
los pabellones dedicados a enfermedades diversas, 
incluso el lugar de cirugía y especialmente dónde 
estaban los alienados y qué se hacía con ellos (Gorini, 
Baggieri y Di Giacomo, 2004). El mundo musul-
mán ha sido muy respetuoso con los alienados y casi 
desde el inicio ha habido médicos que han usado la 
psicoterapia, como el persa Errazi, que legó varios 
escritos sobre las perturbaciones y los desórdenes 
psicológicos. Avicena, en el siglo XI, también destacó 
por la fenomenología aplicada a la terapia del alma 
(Ammar, 1987). Antes y después de éste, una pléyade 
de sabios ligados a las grandes corrientes místicas 
sufíes se dedicaron a explorar las profundidades del 
alma humana, como el psicólogo y musicólogo neo-
platónico al-Farabi y el gran educador al-Ghazali. 
De hecho, la intensa espiritualidad que animaba a 
gran número de médicos los condujo a abrazar muy 
pronto la doctrina sufí, la mística del conocimiento 
del yo que impregnara profundamente, como sabe-
mos, el mundo musulmán. Todo ello sirve aún hoy 
como terapia en los problemas psicológicos, aunque 
vinculado ahora a los rituales de las cofradías y los 
morabitos que se llevan a cabo en las fiestas.
A partir de todo lo explicado, se pueden lanzar 
una serie de hipótesis vinculadas con el imagina-
rio y la piedad de las personas en relación con las 
cigüeñas y su aparente y extraña vinculación con 
los alienados. El mito quizás más antiguo, aunque 
islamizado por las aportaciones sufíes, dice que las 
cigüeñas son hombres, lejanos o no, que tienen esta 
apariencia; sin embargo, su yo profundo, su alma, 
continúa residiendo dentro de su envoltura. Los 
alienados, por el contrario, son personas que pre-
sentan trastornos profundos en su psique, lo cual 
aliena su espíritu. 
Dentro de la iniciación mística, ayudar a unos 
y otros permite llevar a cabo una conexión cósmica 
que devuelve el equilibrio y redunda en la unicidad 
de la creación. En este sentido, vemos que la visión de 
la cigüeña, a pesar de ser muy respetada en uno y 
otro lado del Mediterráneo, no tiene el mismo tipo 
de significado, aunque sí mantiene la metáfora de 
ser contenedor de almas. Se potencia así el simbo-
lismo por su relación con el más allá, con un mundo 
psicopompo, vehiculado por la emigración de esta 
ave en ciertas épocas del año. 
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