David Trueba

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David Trueba
Blitz
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
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www.elboomeran.com
Ilustración: © Berta Risueño
Primera edición: febrero 2015
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
© David Trueba, 2015
©  EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2015 
Pedró de la Creu, 58 
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-9790-6
Depósito Legal: B. 307-2015
Printed in Spain
Reinbook Imprès, sl, av. Barcelona, 260 - Polígon El Pla
08750 Molins de Rei
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ENERO
El mensaje decía:
«aún no le he dicho nada. me cuesta tanto. uff. tq ♥».
Pero el mensaje no era para mí. La vida cambia 
cuando los mensajes de amor no son para ti. Aquel 
mensaje de amor, que llegó como un relámpago, 
inesperado y eléctrico, cambió mi vida.
Yo estaba a pie de barra, rozaba con los dedos 
la bandeja de plástico verde donde se posaba el pe-
dido a medida que lo embalsamaba en papel de 
plata un cocinero atareado. Noté el teléfono vibrar 
en el bolsillo. No tengo un sonido asignado para 
las llamadas o entradas de mensaje. Me molestan 
los timbres, esa irrupción tan poco elegante. Ni si-
quiera toco el timbre de las puertas. Si puedo, me 
limito a unos golpecitos en la madera. Con el mó-
vil me basta la vibración. A veces sufro eso que lla-
man el síndrome del teléfono que vibra. La falsa 
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impresión de que vibra en tu bolsillo y al sacarlo 
encuentras que no hay llamada ni mensaje, sólo 
una sugestión. Mi amigo Carlos dice que los móvi-
les serán como el tabaco, sesenta años después de 
popularizados y extendidos por toda la población 
pasarán a estar perseguidos como una adicción da-
ñina. Dice que habrá muertos, juicios millonarios y 
clínicas de desintoxicación. Dice que afecta a los 
órganos vitales y que, si lo guardas en el bolsillo, 
cada vez que recibes una llamada los espermatozoi-
des de tus genitales sufren algo parecido a un elec-
trochoque. Por eso ahora nacen tantos niños hipe-
ractivos, dice. Mi amigo Carlos hubiera dicho, de 
estar allí conmigo en ese momento, ¿lo ves?, ¿ves el 
daño que hacen los móviles? Porque la vibración 
era cierta y el mensaje me había llegado, aunque no 
fuera yo el destinatario. Lo enviaba Marta. Así que 
me volví para mirarla desde la barra hacia la mesa 
junto a la cristalera. La mesa en que nos acabába-
mos de instalar muy poco antes de que todo cam-
biara en mi vida.
Marta y yo habíamos llegado el día antes a 
Múnich. No conocíamos la ciudad, pero nos espe-
raba una voluntaria del congreso para llevarnos en 
coche hasta el hotel InterContinental. Nos había 
saludado al responder nosotros al cartelito con mi 
nombre que sujetaba en las manos. Me llamo Hel-
ga, se presentó. La seguimos hasta el aparcamiento 
y allí nos entregó una mochilita acrílica con el catá-
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logo de los actos y nuestras acreditaciones. Lebens-
gärten 2015, anunciaba cada logotipo del congreso. 
Había un papel con la amable bienvenida de los or-
ganizadores en dos idiomas y otro con el horario de 
nuestra presentación, al día siguiente, la persona de 
contacto y el sector del palacio de congresos donde 
tendría lugar. Para cualquier otra cosa podéis recu-
rrir a mí, dijo la mujer. Y durante el trayecto hasta 
el hotel InterContinental nos hizo alguna pregunta 
sobre el viaje, pero dejó que miráramos por la ven-
tanilla y descubriéramos con nuestros propios ojos 
el entorno. Cuando entrevimos el estadio de fút-
bol, Helga nos lo señaló, es muy famoso por su ar-
quitectura. Yo le comenté algo a Marta sobre sus 
autores, pero no pareció demasiado interesada.
El nombre del congreso podía traducirse como 
«Jardines de vida» o «Vida y jardín», aunque esto 
último sonaba más a spray para matar insectos. Ha-
bíamos sido invitados al congreso para presentar un 
proyecto a concurso. Me cuesta explicar mi trabajo. 
Para hacerlo al día siguiente utilizaría una serie de 
imágenes generadas por ordenador que al verse pro-
yectadas ahorran muchas explicaciones. Competía-
mos en la categoría de Perspectivas de Futuro, lo 
que en alemán, Zukunftsperspektiven, sonaba me nos 
hueco y con más andamiaje metálico. Disputaría-
mos contra veinte proyectos internacionales los diez 
mil euros del premio. Se trataba de recrear una in-
tervención paisajista, no importaba si resultaba fac-
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tible o razonable, era algo así como una ensoñación 
o una ficción. Un concurso de cuentos donde en 
lugar de un cuento contábamos un jardín. En nues-
tro trabajo te acostumbras a plantear escenarios im-
posibles, a sortear la falta de fondos o el interés por 
hacerlos realidad con simulaciones digitales.
Mi idea era un parque para adultos. Un lugar 
exterior urbano, sencillo y realista. Con sus bancos 
de lectura donde detenerse a reposar en los ratos 
robados a la oficina. La novedad principal era que 
contenía un bosque de relojes de arena, de escala 
humana, que al girarlos te concedían un tiempo de 
abstracción.
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Podía servirte de aviso y cuantificación del tiem-
po, pero también de evasión. Es lo que me gusta de 
los relojes de arena, que reformulan una idea de an-
siedad ante el transcurso del tiempo y transforman 
ese proceso inevitable en algo visual. En realidad 
éstas eran las palabras que pensaba utilizar en mi 
presentación del día siguiente. Yo me hubiera limi-
tado a decir que me gustan los relojes de arena, me 
gustan porque señalan el verdadero sentido de la 
vida, que no es otro que la sumisión a la ley de la gra-
vedad como esa arena que cae del bulbo superior al 
inferior en los relojes de cristal. La idea del jardín 
era enseñarte a valorar con precisión lo que eran 
tres minutos. Así empezaba mi charla: ¿acaso al-
guien se ha detenido a pensar sobre lo que son real-
mente tres minutos?
Yo fui el primer sorprendido de que selecciona-
ran mi «Jardín de los Tres Minutos» entre los fina-
listas. O como se presentaba oficialmente: Drei-Mi-
nuten-Garten. El congreso de Múnich era uno de 
los más reputados entre los paisajistas junto al Eu-
rau y el IFLA. Y en los proyectos de jóvenes pre-
miados habían despuntado algunas ideas revolucio-
narias a lo largo de los últimos diez años. Como 
con todos los concursos, bastó que me admitieran 
para que, a mis ojos, se desacreditara un poco el 
evento. De socupados como estábamos en mitad de 
la crisis, sin apenas encargos y decididos a mante-
nernos en la hibernación de una página web sin 
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rentabilidad, los concursos se nos dibujaban como 
una opción para ganarnos la vida. Marta y yo éra-
mos los socios únicos, trabajábamos en un cuarto 
de casa al que llamábamos la oficina. Marta no te-
nía estudios de arquitectura ni paisajismo, pero era 
alguien con una sensibilidad especial, siempre con 
consejos y correcciones que mejoraban mis pro-
puestas. Trabajar juntos prolongaba nuestra sincro-
nía de pareja sin ninguna disputa. Ella era la que lle-
vaba la administración y la representación de la 
empresa. Nada estuvo planificado, porque el origen 
partía de un estudio de arquitectura que fundamos 
cinco compañeros de promoción, pero que poco a 
poco se fue hundiendo y desgajando. El último en 
marcharse fue Carlos, cuando aceptó la oferta de 
un arquitecto más consolidado. Me pareció natural 
que Marta se sumara conmigo en el último aliento 
de permanencia, cuando yo aún guardaba esperan-
zas de que nos diera de comer un oficio tan etéreo.
Estaba nervioso por la presentación. Ya había-
mos participado en varios certámenes, pero nunca 
nos habían invitado a la ciudad para mostrar el tra-
bajo en persona. Casi siempre llegaba una acepta-
ción por mail de nuestro proyecto y un tiempo des-
pués la noticia de que otro finalista había ganado el 
concurso. Así que Múnich era un reto. En quince 
minutos, y en inglés, tendríamos que presentarle al 
jurado y al público asistente nuestra propuesta. Es-
taba seguro de que mi absurdo proyecto carecía de 
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posibilidades y que acabaría mirado con sarcasmo, 
reducido a una chusca bobada más apta como par-
que infantil que para espolear la carrera de un crea-
dor de espacios públicos. Marta me calmaba, todo 
irá bien, me repetía, ya verás, y aquel primer día en 
la ciudad estuvo cariñosa y atenta conmigo.
A poco de llegar paseamos por el pabellón Gas-
teig y recorrimos las candidaturas exhibidas en un 
escueto mosaico de fotografías a color. Marta pensa-
ba que nuestro proyecto tenía muchas posibilidades. 
Yo pensaba que engrosábamos la mediocridad gene-
ral de los contendientes. Había un parque hecho con 
basuras, un jardín acuático, un rincón de artistas 
plásticos, un espacio recreativo infantil. A éste le falta 
un gnomo de escayola, bromeé. Marta me golpeó el 
brazo y miró alrededor con la esperanza de que nadie 
hubiera oído mi comentario despreciativo.
Por la noche quise hacer el amor. Nuestra cama 
de matrimonio tenía dos edredones individuales en 
lugar de uno grande y compartido. Ese hallazgo re-
sultaba práctico. Mira qué buena idea para que las 
parejas no se roben la manta el uno al otro o para 
que cada uno resuelva su temperatura ideal para dor-
mir. Esa racionalidad, que identificaba con el carác-
ter alemán, era la que me aterrorizaba al pensar en la 
presentación del día siguiente. Mi propuesta era ju-
guetona, casi frívola, más emocional que científica.
Marta no quiso hacer el amor. Estaba cansada 
del largo paseo que habíamos dado por la ciudad 
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