Perdedores sociales o lo que de verdad importa-Saber - Gredos

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 1
PERDEDORES SOCIALES O LO QUE DE VERDAD IMPORTA (A 
PROPÓSITO DE  SABER PERDER, DE DAVID TRUEBA) 
 
Ascensión Rivas Hernández 
(Universidad de Salamanca) 
 
La última entrega literaria de David Trueba (Madrid, 1969), es una novela compleja 
aunque de lectura ágil. Narrada desde el realismo y ambientada en el mundo actual, la 
historia muestra una serie de situaciones contadas en profundidad y sin perderse en 
extraños experimentos técnicos. Su autor es bien conocido en el ámbito cinematográfico 
porque ha firmado guiones de éxito como Amo tu cama rica, Los peores años de 
nuestra vida, Perdita Durango o La niña de tus ojos, y ha dirigido filmes como La 
buena vida, Obra maestra, Soldados de Salamina, Bienvenido a casa y La silla de 
Fernando, una película-conversación muy jugosa protagonizada por Fernando Fernán 
Gómez. Además ha trabajado en prensa, radio y televisión, y como novelista ha 
publicado otras dos obras: Abierto toda la noche, en la que se cuentan de forma 
divertida los problemas de una familia, y Cuatro amigos, novela romántica y 
disparatada sobre el final definitivo de la adolescencia. 
Saber perder, la obra sobre la que trata este artículo, es un texto muy sólido, 
construido sobre personajes bien formados que se mueven dentro de un sistema social 
desvalorizado y lleno de trampas. Como miembros de la sociedad contemporánea que 
los ha forjado, los actores de esta historia forman parte de un engranaje a menudo 
kafkiano que les envuelve y les obliga a no pensar y a vivir deprisa, una maquinaria, 
además, no diseñada para tipos como ellos, mujeres y hombres perdedores que 
sobreviven en un mundo complejo, algunos capaces de aprender de sus errores y de 
mantenerse, a pesar de todo, en un equilibrio inestable. 
En la novela no se desdeña mostrar la dificultad y la frustración, según se presentan, 
además, en cada período de la vida: en la juventud, en la edad adulta y en la vejez. Los 
problemas de Aurora y Leandro derivan de su ancianidad y sobre todo de que la viven 
dentro de una sociedad que rechaza la decadencia física (“Se sentó con cierta desolación 
en el borde de la bañera y estudió su cuerpo desnudo. La vejez era una derrota difícil de 
tolerar. Un asco” –p. 130-1), y para la que ellos, educados en el silencio de la propia 
intimidad, no están preparados (“Nadie nos enseña a ser viejos, ¿no?, le dijo ella una 
noche” –p. 79-). Pero tampoco es fácil la vida para Lorenzo, su hijo, un hombre de 
mediana edad al que le resulta imposible encontrar un trabajo que dé estabilidad a su 
vida, y cuyo mundo es tan pequeño que busca compañera entre el reducido grupo de sus 
vecinos. La sociedad, cerrada y llena de prejuicios, le coloca finalmente en tierra de 
nadie, porque si su núcleo de amigos rechaza a Daniela por pertenecer a una cultura 
diferente (es una ecuatoriana sin papeles que trata de abrirse camino en España), él 
también será rechazado por el grupo social al que ella pertenece. Sylvia, que es el tercer 
pivote sobre el que se asienta la historia, sufre porque le ha tocado vivir en una sociedad 
que exige a los adolescentes iniciarse pronto en las relaciones sexuales y mantener una 
vida activa en ese terreno, cuando lo que en realidad necesitan es la atención y la 
afectividad de sus padres y un mayor compromiso de éstos con su educación. 
Finalmente, Ariel padece la crisis del paso a la juventud en un país extraño y con los 
excesos que le proporciona su pertenencia a un equipo de fútbol español de la máxima 
categoría. 
                                                 
1 David Trueba, Saber perder, Barcelona, Anagrama, 2008.  
 2
Se trata, como hemos visto, de tres generaciones de personajes a los que la sociedad 
obliga a cambiar la percepción natural de las cosas. De ahí que todos ellos atraviesen 
por una crisis personal. Viven y se desarrollan dentro de un grupo humano que les 
engulle para regurgitarlos después, que los convierte en peleles, en esclavos de sus 
modas y de sus normas a menudo arbitrarias. En este sentido, la crítica del autor 
implícito hacia esa forma de tiranía es demoledora, repercute en todos los ámbitos 
sociales y toca todo tipo de circunstancias: la de los inmigrantes sin papeles, la de los 
parados, la de los que tienen un trabajo precario, la de los enfermos, la del mundo del 
corazón y sus exitosos programas televisivos, la de las dificultades de pareja, etc. Al 
mismo tiempo, en la novela se abordan problemas y sentimientos generales del ser 
humano como el amor, el odio, la soledad, la perversión, la frustración o la lealtad. Su 
presencia en el texto dota de profundidad a la historia y consigue universalizar el 
contenido al reflejar situaciones en las que cualquier lector puede verse representado sin 
dificultad. 
La novela se estructura en cuatro partes, cada una de las cuales está encabezada por 
una frase interrogativa que proporciona coherencia interna al conjunto de capítulos y 
que va ahondando de forma progresiva en el sentido general del texto. De una pregunta 
superficial que inaugura el libro (“¿Es esto deseo?”), se pasa a otra más comprometida 
(“¿Es esto amor?”), y de ésta a una más arriesgada a propósito de la identidad personal 
(“¿Éste soy yo?”), para terminar con una última que atañe tanto al contenido como al 
orden estructural (“¿Es esto el final?”). El texto, además, tiene una clara organización 
circular porque empieza y termina focalizado en Sylvia. Este hecho permite vislumbrar 
cierto optimismo del autor implícito porque ella es la figura que más ha aprendido sobre 
sí misma y sobre la realidad tras su paso por la historia, y la más capacitada para encarar 
el futuro de una manera inteligente. 
En el interior la historia evoluciona centrada en los distintos caracteres, porque 
indudablemente nos encontramos ante una novela de personajes. Los protagonistas son 
tipos sencillos aunque muy bien formados y definidos en profundidad, con un 
importante componente moral en su carácter, y responden con facilidad a la imagen que 
la sociedad tiene de los perdedores. Algunos de ellos, además, cuentan con un oponente 
triunfador que hace resaltar aún más la magnitud de su desamparo y de su mediocridad 
social. Leandro, por ejemplo, no ha pasado de ser un simple profesor de piano, alguien 
que sólo puede contemplar y admirar la belleza, no crearla, ni poseerla, ni dominarla (p. 
56). Frente a él, Joaquín es un pianista de éxito mundialmente reconocido. Lorenzo, por 
su parte, lo ha perdido todo: “el lugar, el pelo, el trabajo, la mujer […]” (p, 50), y 
mientras, Pilar, su ex mujer, ha ido adquiriendo lo que a él le era arrebatado: consiguió 
una mejor ocupación y, sobre todo, el amor de un hombre brillante en su trabajo, culto y 
educado. Al lado de Lorenzo y Pilar, su hija Sylvia se siente frustrada porque con 16 
años aún no ha perdido la virginidad, mientras su amiga Mai vive las mieles del amor. 
Ariel, finalmente, juega al fútbol en un equipo de la capital, pero ya no se divierte con 
ello, y su nuevo rol le obliga a vivir con desenfreno una vida para la que todavía no está 
preparado.  
A pesar de todo, sin embargo, el éxito de los triunfadores es meramente social, 
porque en el fondo carecen de lo que de verdad importa: el amor y la fidelidad 
inquebrantable que muestran Aurora y Lorenzo por Leandro; la preferencia de Sylvia 
por su padre frente a su madre cuando se quiebra la estabilidad familiar; la lealtad de 
Wilson hacia Lorenzo o el amor de Ariel por Sylvia y, sobre todo, la madurez que ella 
adquiere y su aprendizaje sobre ella misma y sobre el mundo en su relación con el joven 
argentino. 
 3
Algunos personajes, además, se enredan en situaciones que se salen de lo común y 
que ponen a prueba su fragilidad personal y la del mundo que les rodea. Leandro, por 
ejemplo, se degrada moralmente al abandonarse al amor mercenario de una prostituta 
nigeriana, Osembe, que le lleva a la ruina económica y personal, y todo ello agravado 
por el hecho de que mientras esto sucede un cáncer corroe el cuerpo de su esposa 
Aurora. La depravación alcanzada por el personaje se transmite al lector por medio de 
una imagen patética, grotesca, que permite visualizar la absoluta decadencia de 
Leandro, su decrepitud moral. Tiene lugar una vez que queda vencido no tanto por la 
paliza que le propina el proxeneta de Osembe como por el odio que ella le manifiesta. 
Es entonces cuando se siente profundamente herido e indefenso, “se abraza el cuerpo y 
descubre que de su glande cuelga el inútil preservativo, amorfo, como un pellejo 
muerto” (p. 433). El lector, como el mismo personaje, se pregunta por qué se destruye 
Leandro después de haber vivido sintiéndose amado, rodeado de la belleza que le 
proporciona la música, después de haberse esforzado “por llevar una vida recta y libre” 
(p. 230). La respuesta llega en la última parte de la novela, cuando se descubre que en 
Osembe Leandro buscaba evadirse de la vejez, de la amargura que le provocaba la 
decadencia física, en definitiva del dolor intenso que ocasiona una sociedad que ni 
siquiera nos permite morir en casa. “Los hospitales te engullen, acaban contigo. Entras 
en ellos como en la boca de un animal que te devora” (p. 476), piensa un Leandro 
completamente lúcido, con la claridad mental que le proporciona el no tener ya nada 
que perder. En ese mundo terrible de la ancianidad, Osembe representa la juventud, el 
tiempo perdido y, a pesar de su falsedad, todo lo que Leandro, inmerso en su vida 
ordenada y rigurosa, nunca se atrevió ni siquiera a desear. 
Otro personaje que también pierde el rumbo es su hijo Lorenzo, que además de 
quedarse sin trabajo y de ver cómo naufraga su matrimonio, tiene la mala suerte de 
matar a su ex socio y amigo cuando sólo buscaba recuperar parte del dinero que éste le 
había estafado. A Lorenzo, como a su padre, también le salva momentáneamente una 
mujer, a la que se agarra como un náufrago desesperado hasta que la realidad le obliga a 
entender que entre ellos se abre un abismo insalvable. Daniela es, como Osembe, otro 
personaje simbólico de la novela, y representa el deseo de cambiar de vida que salvaría 
a Lorenzo. Porque ella encarna la necesidad que tiene el personaje de conocer a una 
persona nueva “que no lo juzgara por lo que había sido, sino por lo que podía ser. Que 
desconociera la cuesta abajo de la que venía y que apreciara su capacidad para 
remontar” (p. 171). Alguien, además, capaz de comprender la desolación en la que se 
encuentra el personaje: “Estás muy solo, ¿verdad?, le pregunta ella. Estás muy solo” (p. 
282). 
Pero en la novela, además de Osembe y de Daniela aparecen otros personajes 
simbólicos que ayudan a los protagonistas a soportar su calvario personal. Don Jaime, el 
anciano que padece el síndrome de Diógenes y que termina recluido en una residencia, 
ayuda a Lorenzo a expiar sus culpas, porque las visitas de éste al asilo le hacen sentirse 
capaz de algo moralmente bueno. Es lo mismo que le sucede a Leandro cuando cuida de 
Aurora –otro personaje simbólico- en el hospital. En ambas situaciones, el compromiso, 
la condolencia y la solidaridad consiguen un efecto catártico que alivia la conciencia de 
los personajes. También es simbólica la figura de don Octavio, el profesor de 
Matemáticas de Sylvia, que con su tacto y una ayuda prestada aparentemente por 
casualidad, hace que la muchacha recupere la cordura. Ha sido tan sólo un gesto de 
aprecio hacia ella, una pequeña muestra de interés lo que ha devuelto a Sylvia a su 
verdadero mundo y la ha recuperado de una realidad –la de su relación con Ariel- que 
“dejaba un páramo seco, frustrante, estéril” (p. 490). Otra figura simbólica es Pilar, 
personaje ganador cuyo éxito hace resaltar aún más el fracaso de Lorenzo. Ella alcanza 
 4
la felicidad al lado de un hombre culto y de buena posición que la ama, es elegante, 
tranquila, no vive acuciada por problemas... Pero, curiosamente, no es la figura por la 
que apuesta el autor implícito, sino un personaje plano que está en la historia como 
contrapunto de su ex marido. Paco, el ex socio y ex amigo asesinado por casualidad, 
simboliza el éxito social conseguido por la falta de escrúpulos, y todo lo que Lorenzo 
nunca conseguirá debido a sus valores morales. En el lado opuesto destaca la figura de 
Wilson que representa la amistad, el compañerismo y la lealtad más inquebrantable. 
Uno de los momentos mágicos de la novela llega cuando, tras la muerte de este 
ecuatoriano emprendedor, Lorenzo descubre en su agenda, entre infinitas anotaciones de 
negocios, su propio nombre con la fecha de su cumpleaños y el objeto que había 
pensado regalarle –un reloj2-. Es entonces cuando Lorenzo, y el lector con él, se 
estremece ante una glosa que refleja la nobleza de carácter de Wilson y su fidelidad. En 
un mundo de arribistas en el que todo se tambalea y parece a punto de sucumbir, es 
posible el milagro de la amistad verdadera, de la lealtad y de la generosidad. 
La novela, además, abunda en situaciones paralelas, lo que demuestra el detallismo 
del autor y su respeto por la composición y por la organización del discurso. Así, 
aparecen varias formas de simetría, y algunas tienen un importante valor estructural y 
simbólico, como sucede con las muertes de Paco y Wilson, violentas en los dos casos, y 
con los mismos personajes citados, empresarios, especuladores y ambiciosos, aunque el 
ecuatoriano dotado de una cobertura moral de la que carece Paco. También son 
paralelas las dos situaciones en las que Lorenzo se deja llevar por la ira, una ante 
Santiago y otra ante su ex socio. En ambas el personaje pierde los nervios y no sabe 
muy bien qué hace y por qué, lo que evidencia aún más su debilidad y su indefensión 
ante unas circunstancias que se ve incapaz de asimilar. Además, y dado que los 
protagonistas pertenecen a tres generaciones de una misma familia, la presencia de 
situaciones paralelas permite introducir la idea del eterno retorno. En este sentido, 
Sylvia recuerda cómo de niña, la llegada de Paco, siempre cargado de regalos, era una 
fiesta para ella, lo mismo que era para Lorenzo el regreso de Joaquín (“De niño le veía a 
menudo cuando volvía de París y era siempre un suceso mítico. Una visita intermitente, 
pero celebrada” –p. 435-). También es paralelo el modo como los hijos ven a sus padres. 
Sylvia percibe la pequeñez, fragilidad y desesperación de Lorenzo, pero a éste le sucede 
lo mismo cuando Leandro le cuenta el engaño de Osembe. En este sentido, además, 
resulta revelador que el autor implícito confirme el paralelismo al utilizar el mismo 
adjetivo (“vencido”) para referirse a la imagen que transmiten tanto Lorenzo como 
Leandro en estos fragmentos: 
 
“Por las noches su hijo Lorenzo, que ahora es un hombre de mediana 
edad, vencido y calvo […].” (p. 471) 
 
“Leandro se deja caer, vencido. La cabeza entre las manos, la mirada en 
sus pies. Lorenzo se acercó, pero no se sentó, prefería mirarle en la 
distancia.” (p. 472) 
 
                                                 
2 El detalle es buena muestra del cariño de Wilson hacia Lorenzo, porque el objeto no ha sido elegido por 
casualidad, como se pone de manifiesto con estas palabras: “Recuerdo que en una ocasión le llamó la 
atención que Lorenzo siempre mirara la hora en la pantalla del móvil. ¿No tienes reloj? Nunca llevo, le 
contestó Lorenzo. Mi mamá siempre decía que un señor tenía que llevar un pañuelo limpio en el bolsillo y 
un reloj en la muñeca. Aquella conversación mínima se transforma ahora, leída la anotación, en un detalle 
que conmueve” (pp. 498-499). Además, éste es un ejemplo entre muchos de la minuciosidad del trabajo 
de Trueba y de su perfecto dominio de una historia compleja. 
 5
Otras situaciones simétricas repercuten en el contenido, como cuando Lorenzo le 
pregunta a Wilson “a ti ¿te molestaría que yo saliera con Daniela?”, a lo que éste le 
responde, “¿por qué me iba a molestar? ¿A ti te molestaría que tu hija saliera con un 
ecuatoriano?” (p. 454). En este caso el lector sabe lo que Lorenzo ignora: que su hija 
Sylvia no sale con un ecuatoriano, pero sí con un argentino que es mayor que ella y al 
que él mismo conoce porque juega en el equipo de fútbol del que es seguidor. Por otra 
parte, también Aurora representa la pureza frente a Osembe, que es la imagen de la 
lujuria. Paralelamente Sylvia simboliza lo mismo que su abuela cuando se la compara 
con Irina, la prostituta con la que Ariel trata de olvidarla en una fiesta. En ambos casos, 
además, tanto Leandro como Ariel se sienten sucios y envilecidos cuando recuerdan a 
Aurora y Sylvia tras el contacto mercenario. 
A veces la presencia de estas simetrías resalta el valor simbólico de ciertas 
situaciones y personajes. En este sentido, al hablar con don Octavio Sylvia comprende 
que su situación con Ariel es un callejón sin salida, de la misma manera que Lorenzo 
descubre la imposibilidad de su relación con Daniela cuando escucha al predicador. 
Pero el paralelismo más significativo ahonda en el eje transversal de la novela, porque 
enfrenta a personajes ganadores y perdedores. En una conversación con Sylvia, Pilar le 
confiesa a su hija que Santiago y ella están pensando en adoptar un niño, pero las cosas 
no son tan fáciles para Lorenzo y Daniela. En un momento de su relación él piensa que 
ella quiere un hijo, y para demostrarle que está dispuesto a llegar hasta el final, aunque 
atrapado por las circunstancias, parece acceder. Después, sin embargo, el narrador 
continúa con estas palabras: “Lorenzo se detuvo un poco más tarde, cayó hacia un lado 
del colchón. Esto es ridículo, dijo, yo no puedo tener un hijo ahora, lo siento” (p.480). 
La historia da otra vuelta de tuerca cuando el lector se entera de que el motivo del 
malestar de Daniela no es ése, porque ella es estéril como consecuencia de una 
operación quirúrgica. Su disgusto con Lorenzo se debe a que busca un amor pleno que 
él, por el contexto social, por su frágil situación personal y por su cobardía, es incapaz 
de ofrecerle. De cualquier modo, estas simetrías, y otras que es imposible describir aquí, 
tienen un claro componente estructural que refuerza la percepción de orden en la novela 
y refleja la atención del autor hacia los detalles y su cuidado con la composición. Al 
mismo tiempo muestran la idea del eterno retorno, de que todo se repite 
independientemente de los actores y de las circunstancias, lo que envuelve a la historia 
en una inquietante aura de fatalismo. 
En otras ocasiones, y como muestra de la complejidad del texto, algunos personajes 
se ven envueltos en situaciones desbordantes ante las que carecen de capacidad para 
maniobrar. De nuevo es la sociedad la que les engulle y les hace aparecer como 
perdedores, como peleles indefensos ante una fuerza arrolladora que no pueden 
dominar. Es lo que sucede cuando el club al que pertenece Ariel le chantajea con hacer 
pública la minoría de edad de Sylvia, mientras filtra a la prensa el rumor de su falsa 
nacionalidad italiana, la misma que habían inventado meses atrás para poder ficharlo. O 
cuando Leandro percibe el odio de Osembe, y con él el derrumbe de todo su mundo, 
como un ciclón ante el que se siente impotente. Es, finalmente, la maquinaria absurda 
que no permite fructificar las relaciones entre Lorenzo y Daniela o entre Sylvia y Ariel. 
En Saber perder se presenta una fotografía de la realidad española actual. La imagen 
que se refleja es la de una sociedad posmoderna en la que cada vez existen menos 
valores y que sitúa la belleza física, el hedonismo y el éxito económico por encima de 
todo lo demás. A pesar de ello, sin embargo, en la novela se vislumbran destellos de 
esperanza que se perciben en el componente moral de los personajes perdedores: en la 
obligación que siente Ariel hacia Sylvia tras atropellarla, en la piedad de Lorenzo hacia 
su padre cuando lo imagina vejado por Osembe, en la dignidad de Aurora ante la 
 6
muerte, en la lealtad de Wilson o en el temor de Sylvia “a quedarse […] sin ella misma” 
(p. 449). Estos personajes son perdedores desde una perspectiva social, pero todavía 
conservan una cierta ingenuidad primitiva por donde se cuela la conciencia ética. Y eso, 
que es lo que de verdad importa, finalmente los salva. 
 
 
 

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