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63 DE «LA TRISTEZA DE SER HOMBRE» A «LA LIBERTAD DE HIJOS»


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63 
 
 
 
 
DE «LA TRISTEZA DE SER HOMBRE» 
A «LA LIBERTAD DE HIJOS» 
 
 
acceso creyente al hombre 
 
José Ignacio González Faus 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Introducción: "Dos cosas tan desiguales" 
I. Experiencias humanas 
 1. Acceso cosmológico: "la creación en anhelante espera" 
 2. Acceso filosófico: "la desproporción" (P. Ricoeur) 
 3. Acceso fenomenológico: "gemimos... en esperanza" 
II. Lectura creyente 
 4. Base de la contradicción humana: "tu Creador se convierte en tu esposo" 
 5. "El misterio de la maldad": el pecado 
 6. "Regenerados a una esperanza viva": la Gracia 
Conclusión 
Notas 
 
 
 2
 
 
 
 
 
 
 
 
 
"Dime Quién eres y por qué me visitas, 
por qué bajas hasta mí que estoy tan necesitado 
y por qué te separas sin decirme Tu Nombre… 
Dime también quien soy 
Y por qué la tristeza de ser hombre 
(L: PANERO) 
 
 
"La creación en anhelante espera  
aguarda a que se revele lo que es ser hijos de Dios.. 
Porque, aun sometida al fracaso 
(no de grado, sino porque el hombre la sometió) 
la humanidad abriga una esperanza: 
que sea liberada de su esclavitud a la frustación 
para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios 
Hasta el presente la humanidad gime con dolores de parto,  
y también gemimos nosotros 
aunque poseemos el Espíritu como pormicia. 
Porque en esperanza es como hemos sido salvados." 
(Rom 8, 19-24) 
 
 
 
 Me han pedido varias veces los colegas de Cristianisme i Justicia y algún amigo 
latinoamericano que, así como a continuación de mi Cristología (La Humanidad Nueva) publiqué 
el más sencillo Acceso a Jesús, también después de la Antropología Teológica escribiese una 
especie de "Acceso al hombre", resumiendo el largo texto anterior, simplificándolo y 
aligerándolo de pesadeces académicas, pues su extensión no sólo desanimaba a unos de leerlo 
sino que impedía a otros releerlo. 
  Durante años he ido dando oídos sordos a la sugerencia, no por mera falta de 
tiempo sino porque no encontraba la forma de hincarle el diente (¡cuánta verdad contiene aquel 
refrán que habla de falta de tiempo "para hacer las cosas más breves"!). 
  Al final ha quedado este Cuaderno, que recoge la intención pero no las 
dimensiones de la propuesta. Para todo lo que parezca necesitar ulterior fundamentación o un 
tratamiento más amplio, no me queda sino remitir al texto completo de mi antropología teológica 
(Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre, 2ª ed. Santander 1991). - J.I.G.F. San 
Salvador, septiembre 1994. 
 
 
 3
INTRODUCCIÓN: "DOS COSAS TAN DESIGUALES" 
 
 
 En el evangelio de san Marcos leemos que "el que quiera salvar su vida la perderá y el 
que la pierda por Mí y el evangelio la salvará" (8,35). Por acostumbrados que estemos a esta 
frase, sería bueno, antes de comenzar la lectura de ese Cuaderno, que cobráramos conciencia de 
su inagotable extrañeza. 
 "Salvar su vida" parece ser una obligación del hombre. Aunque, por otro lado, es preciso 
reconocer que, cuando eso se convierte en actitud exclusiva y absoluta de autoafirmación, lleva al 
hombre a destruir a los otros, a destruir al planeta y, al final, a destruirse a sí mismo. 
 La actitud de "perder la propia vida", si el hombre la adopta para salvarla, queda 
falsificada porque el hombre no busca ahí perderse sino salvarse, con lo cual sigue estando en la 
primera parte de la alternativa. Pero si el hombre acepta perder de veras su vida (y no es un 
masoquista), no parece que vaya a encontrar ahí vivencias de salvación, sino experiencias de 
muerte que, a la larga, suelen pasar la factura del resentimiento. 
 Es verdad que san Marcos hablaba de perder la propia vida "por Mí y la Buena Noticia" 
(evangelio). El contenido de esa buena noticia según el mismo Marcos (1,15) es que "está cerca 
el Reinado de Dios". Y ese Reinado consiste en la plenitud de los hombres con Dios. No se trata 
pues de cualquier pérdida de la vida, sino de la que acontece en una dirección bien concreta. 
 El ser humano tiene a su alcance pequeñas experiencias en las que una pérdida de sí 
mismo por una causa más grande se le ha convertido en salvación. Pero no tiene a su alcance la 
verificación plena y absoluta de que la entrega total de la propia vida sea su salvación. Quizás 
incluso esa falta de verificación sea necesaria para que la entrega sea tal, y no mero cálculo. 
 La paradoja esbozada es pues una paradoja de apuesta. Es además una paradoja frecuente 
en Jesús, quien proclama bienaventurados a los pobres y a los que lloran, pero no porque pobreza 
y llanto sean criterios de dicha, sino porque ellos son (y serán) poseedores del Reinado de Dios y 
de la risa definitiva. Aquí tenemos otra vez paradoja y apuesta. 
 Las páginas que siguen intentan desentrañar un poco esa paradoja y esa apuesta.  
 
 * Para ello en los tres capítulos iniciales (1-3), vamos a buscar diversos accesos, todavía 
no creyentes, al ser humano, para mostrar cómo la paradoja o la contradicción brotan 
constantemente del hombre, de tal modo que parecen constituirle. En cada uno de esos capítulos 
intentaremos mostrar también cómo la paradoja humana puede abrirse hasta una lectura creyente 
que se convierte en apuesta práxica. Su lectura resulta a veces esquemática y densa, pero prepara 
el camino hacia los tres capítulos siguientes. 
 
 * Los capítulos 4 a 6 intentarán leer creyentemente la paradoja humana, hasta la suprema 
contradicción entre Justo y pecador, y hacia la apuesta práxica por la liberación de esa 
contradicción, en la armonía trascendente de todas las paradojas del hombre: "oh Nudo que así 
juntáis, dos cosas tan desiguales", como poetizaba santa Teresa. 
 
 De este modo, el presente Cuaderno puede ser un simple comentario a la frase de Jesús 
con que lo hemos abierto. Ahora vamos a comenzar las diversas circunvalaciones en torno al 
hombre. 
 
 
 
 4
I. EXPERIENCIAS HUMANAS 
 
 
1. ACCESO COSMOLÓGICO: "LA CREACIÓN EN ANHELANTE ESPERA" 
(Rom 8,19) 
 
 
1.1. De la materia al espíritu 
 
 La realidad se nos aparece como un sistema compacto, sólido, resistente y dotado de 
atributos como color, extensión, etc. La ciencia en cambio testifica que la realidad es, de hecho, 
una estructura o conjunto de estructuras formadas por infinitas partículas elementales 
interrelacionadas entre sí y reducibles, en su forma más originaria y elemental, tanto a masa como 
a energía. El mundo exterior a nosotros, la materia con la que creemos tropezar y a la que 
creemos ver como un continuo, no es más que esa estructura dinámica e infinitamente compleja, 
de la que el hombre también forma parte, pero a la que el hombre da forma y sentido a través de 
las ondas que llegan hasta él, y que él transforma primero en dato sensible, y luego en contenido 
inteligible.  
 Con ello se adivina que la mayor complicación en esta especie de juego de la materia, 
surge cuando aparece en él la conciencia humana. Para el hombre, "el mundo exterior" no se 
reduce a una serie de estímulos sucesivos, sino que es percibido como una realidad, dotada de 
consistencia y autonomía, capaz de ser comprendida y manejada(1), susceptible de sentido y de 
finalidad y, a través de estas determinaciones, abierta a la posibilidad del sufrimiento y la 
felicidad. Porque el hombre, para ser él, sigue necesitando de esa realidad de la que ha emergido 
y a la que ha trascendido, pero que sigue formando parte de su modo de ser. No sólo eso: cada 
conciencia humana acabará por percibir también que ella no es única en ese modo de ser, sino 
que hay "otras conciencias" que realizan esa misma labor centralizadora de organizar y dar 
sentido, y a las que ella debe respetar, es decir: excluir en último término de su labor integradora, 
sin reducirlos a meras partes de un mundo del que yo soy el centro. Y debe obrar así, entre otras 
razones, porque los demás han ayudado a configurar la propia actividad humanizadora de cada 
uno. 
 Esta capacidad, no sólo de organizar sino de dar sentido, distingue radicalmente la 
conciencia humana de la preconciencia animal. Emergido de la materia el hombre ha trascendido 
la materia sin abandonarla. Se puede comprender, a partir de aquí, lo valioso de esas intuiciones 
que proponen definir la materia como "espíritu entumecido" (K. Rahner), negando la 
contradicción total entre materia y espíritu. También la Biblia resulta llamativamente intuitiva 
cuando dice que Dios puso al hombre ante las cosas "para que les diese nombre" (Gen 2,19). Dar 
nombre equivale más o menos a dar realidad, es decir: organizar y dar sentido. 
 La historia de la materia y su estructuración, junto con la constitución material del 
hombre, provocan infinitas preguntas, y también infinitos asombros. Pero nosotros debemos 
seguir adelante. 
 
 
1.2. Paréntesis asociativo 
 
 Quisiera añadir, aunque parezca una digresión extraña, que la experiencia budista de la 
iluminación, parece dar razón también -de una manera aún no científica- de ese carácter de la 
realidad que acabamos de exponer. Buda percibe con clarividencia hasta qué punto el mundo que 
 
 5
envuelve al hombre -y que es objeto de sus pulsiones y su intencionalidad- es sólo apariencia y 
engaño (maya). Para entendernos, sería como decir que esa realidad que tanto condiciona al 
hombre no pasa de ser la mera "realidad virtual" de una pantalla. Y, por consiguiente, que toda la 
trama de la historia es mera repetición (samsara) de esos procesos estructuradores que hemos 
intentado evocar. La iluminación del budismo podrá ser tachada de unilateral (o de espiritualista), 
pero no es falsa (y la misma noción budista de la compasión puede servir para completar su 
unilateralidad). El nirvana no es una especie de desaparición sino una forma suprema de 
conciencia que libera al hombre de la mentira de ser él separado y distinto de todo lo demás: 
mentira que es precisamente lo que encadena al hombre(2).<R> Désele el valor que se 
quiera a este paréntesis, nosotros debemos volver al hombre. 
 
 
1.3. Espíritu en mundo 
 
 Por su pertenencia intrínseca a este universo material, el hombre es una extraña y 
profundísima unidad de dos dimensiones, de las que una trasciende totalmente a la otra: espíritu y 
mundo. Seguramente, la reflexión humana no ha conseguido expresar esa maravillosa unidad sin 
caer o en reduccionismos que niegan la evidencia o en dualismos que niegan la realidad(3). En el 
hombre no hay nada sólo corpóreo o sólo espiritual: todo es a la vez "corpospiritual", 
psicoorgánico, aunque pueda tener acentos diversos hacia un lado o al otro. 
 Por eso es tan real el influjo de lo psíquico sobre lo corporal: los placebos, por ejemplo, 
son la mitad de la medicina, y hoy los médicos están  dejando de mirarlos como una simple 
incultura del enfermo. Y por eso mismo es tan real el influjo de lo corporal sobre lo psíquico: la 
fármacopsiquiatría es también uno de los campos más prometedores de la medicina actual. El 
hombre puede tratar bien a su cuerpo de manera no material sino anímica (vg. evitando tensiones 
y faltas de paz que trastuecan el funcionamiento del organismo). Y puede tratar bien a su espíritu 
de manera corporal (vg. con descansos a fondo que resuelven -o al menos sitúan- muchos 
problemas del alma). 
 
 
1.4. Lo creíble en lo experimentable 
 
 La fe cristiana no debería negar ninguno de esos elementos, pero sí añade algo que los 
cambia de contexto y los transforma. El mundo exterior puede efectivamente no ser como lo 
perciben nuestros sentidos, y puede ser considerado como una apariencia o "una nada"; pero una 
nada en camino hacia (o mejor: llamada a ser) Algo. Si el universo ha sido capaz de organizarse 
hasta trascenderse a sí mismo, produciendo la conciencia humana y dándole a ella la capacidad 
que hemos descrito de enfrentarse al mundo como realidad, es porque en sus orígenes llevaba una 
energía creativa que lo trasciende. Y la llevaba porque es fruto no sólo del azar sino de una 
Voluntad Creadora y Comunicadora. Esta realidad "virtual" es entonces como una plegaria de ser 
realidad real; y el tiempo tiene abierta la posibilidad de dejar de ser mero retorno circular de lo 
mismo, para ser también construcción de algo: historia.  
 Todo esto puede parecer demasiado paradójico. Pero el objetivo de este capítulo era 
precisamente señalar que esa contradicción se concentra paradigmáticamente en el hombre, en 
quien aparece la responsabilidad, como lo más irreductible a la mera materia, y como necesidad 
de respuesta a todo el proceso que ha llevado hasta él y que ahora está de algún modo en sus 
manos. Vivir humanamente es, en definitiva, hacer algo consigo, o hacerse a sí mismo. Porque el 
hombre nunca es simplemente un ser que "hace cosas" sino que, en ese hacer cosas, se hace 
 
 6
siempre a sí mismo. 
 Se comprende entonces que, en el cristianismo, el hombre sea llamado por un lado 
creatura (porque aparece como efecto total de esa misteriosa Voluntad Creadora de que hemos 
hablado); pero, por el otro lado, sea llamado también Transparencia de Dios ("imagen de Dios"), 
porque aparece como el efecto y la meta de esa Voluntad Comunicadora. La primera 
denominación la comparte el hombre con toda la estructura dinámica de la que ha brotado y que 
él mismo es. La segunda es, para el cristianismo, exclusiva del hombre aunque, en su realización 
definitiva, deba incluir de algún modo a todo eso que llamamos mundo del hombre(4). Por eso no 
hay que confundir esa dualidad creyente entre creaturidad e imagen de Dios, con la otra síntesis 
que antes comentábamos entre mundo y espíritu (o, con el lenguaje habitual: entre cuerpo y 
alma). El hombre es creatura y es imagen de Dios tanto en su dimensión material como en su 
dimensión espiritual. 
 En conclusión: Esta es la grandeza suprema de la materia. Pero todo esto va a constituir 
también la suprema dificultad del ser hombre, en la que debemos seguir adentrándonos ahora. 
 
 "Si un segundo después del big-bang, la velocidad de expansión hubiese sido menor, 
incluso en una cien mil billonésima parte, el universo se habría colapsado de nuevo antes de que 
hubiera alcanzado nunca su tamaño actual" (...)<R>"Porque ¿es el universo como lo vemos? La 
respuesta es simple: si hubiese sido diferente, nosotros no estaríamos aquí" (...)<R>"El estado 
inicial del universo tendría que haber sido elegido verdaderamente con mucho cuidado. Sería 
muy difícil explicar por qué el universo debería haber comenzado precisamente de esta manera, 
excepto si lo consideramos como el acto de un dios que pretendiese crear seres como nosotros". 
(Stephen HAWSKING, Historia del tiempo). 
 
 
 
 7
2. ACCESO FILOSÓFICO: "LA DESPROPORCIÓN" (P. RICOEUR) 
 
 Las mejores y más sintéticas definiciones que la filosofía ha dado del hombre suelen ser 
"duales" (recordemos como único ejemplo el famoso "animal-racional" de Aristóteles, que 
empalma con lo dicho en el capítulo anterior sobre corporalidad y espiritualidad). 
 
 
2.1. Paradojas varias 
 
 a) Siguiendo en esta línea dual, una famosa expresión de E. Kant habla de la "insociable 
sociabilidad" del hombre(5). Reaparece ahí con genialidad la paradoja que antes atisbábamos por 
otros caminos. Pero la fórmula de Kant no es única, ni mucho menos, como ahora vamos a ver. 
 
 b) Podríamos hablar igualmente del ser humano como una "libertad esclava" (no 
meramente limitada, sino esclavizada). Aludimos así a cosas que son constatación cotidiana de 
cualquier persona consciente: quizá pocas veces han sido los hombres más manejables y menos 
dueños de sí, que en la época en que más idolatran la libertad. Otras muchas veces, creyendo usar 
su libertad, el hombre se priva de ella. 
 
 c) Podemos definir también al hombre como una "irrazonable racionalidad": toda persona 
está dotada de razón, pero pocas veces la usamos para razonar y muchas para racionalizar. Es 
decir: no para hallar la verdad de las cosas, sino para justificar intereses y disimular la mentira en 
que los intereses nos han instalado. 
 
 d) Paul Ricoeur, en el mismo sentido, considera la noción de "desproporción" como la 
que mejor "satisface una ontología de la realidad humana". Aunque no parece una categoría 
explícitamente dual, está claro que lo es implícitamente, puesto que la desproporción implica 
disconformidad entre dos miembros. Así se percibe en la siguiente definición con que concluye 
este autor su reflexión: "el hombre es el 'gozo de sí' en la tristeza de lo finito"(6).  
 
 e) Sin el matiz ético que tienen las tres primeras fórmulas anteriores, a mí me gusta hablar 
del hombre como "particularidad universalizada". Ahí puede estar la raíz de las contradicciones 
anteriores, especialmente de la fórmula de Kant. La persona es particularidad, individualidad 
irrepetible que no puede ser aplastada; pero la comunidad, la comunión y la universalidad 
pertenecen a la esencia de la persona. El ser humano tergiversa muchas veces está imposible 
armonía, universalizando su particularidad (en formas de dominio, imposición o negación de todo 
lo distinto), o bien individualiza su socialidad desentendiéndose de todo lo que no sea él(7). Me 
parece una de esas genialidades anónimas que tiene a veces el lenguaje, el que a ese tipo de seres 
individualistas o egocéntricos se les caracterice como faltos de amabilidad. 
 
 f) También queda expresada de manera radical la paradoja humana en la definición de 
hombre como "animal simbólico". 
 En la medida en que el simbolismo indique la capacidad para abrir las cosas y 
trascenderlas hasta un más allá de sí mismas (que ellas vehiculan) -incluso hasta la Ultimidad de 
todo "más allá"- parece claro que la capacidad simbólica trasciende totalmente la animalidad, 
para la que las cosas sólo son estímulos ante los que reaccionar mecánicamente o casi 
mecánicamente. 
 Un ejemplo preclaro de esto lo tenemos en la sexualidad humana que difiere 
 
 8
profundamente de la animal -aun siendo tan idéntica físicamente- por esa capacidad que tiene el 
ser humano de cargarla de simbolismo, y que no puede dejar de actuarse en una amplísima gama, 
que va desde el desprecio hasta la ternura(8). También ocurre lo mismo con la socialidad humana 
que, por sus posibilidades de comunión interpersonal, es esencialmente distinta y trasciende la 
anonimidad del montón o del rebaño(9); pero tampoco abandona la colectividad porque el hombre 
no es una mónada(10) (o "una isla" si se quiere usar una palabra menos técnica). 
 La capacidad simbólica del hombre trasciende la animalidad, pero lo importante es que la 
trasciende sin abandonarla y sin prescindir de ella, sino incorporándola a su nuevo nivel 
ontológico. Ante esta constatación casi elemental ¿cómo no habría de parecer el ser humano un 
proyecto imposible? 
 
 
2.2. Hacia la paradoja raíz 
 
 Según la tradición cristiana, ese rasgo que falsifica o contradice las determinaciones 
fundamentales del ser humano (libertad esclava, sociabilidad insociable, racionalidad irrazonable) 
es lo que genéricamente se llama "pecado". De él habremos de ocuparnos en el capítulo 5. Ahora 
baste notar que este rasgo es siempre un rasgo adjetivo, y que lo sustantivo del hombre (al menos 
como vocación) reside en la sociabilidad, la libertad y la razón. Notemos también que esa 
contradicción del pecado tiene su pendiente abierta en las otras dos paradojas de que hablaba este 
capítulo (la particularidad-universal y la animalidad-simbólica), y que parecen referibles a la 
contradicción entre creaturidad e imagen de Dios, que ya encontramos en el capítulo anterior, y 
volveremos a comentar en el capítulo 4. 
 
 A esta suma paradójica de determinaciones (creaturidad e Imagen de Dios), la teología 
clásica la calificó como "elevación del hombre al orden sobrenatural". El término sobrenatural es 
simplemente nefasto, por cuanto parece sugerir la idea de una superestructura ajena al hombre. 
Más aceptable parece el término elevación, que puede sugerir la idea de un traslado: el emigrante 
recién salido de su patria pequeña, y en un país más grande y más desarrollado, experimenta una 
sensación de no saber o de angustia (aun queriendo quedarse allí), que puede ser como una 
parábola de la condición humana. Por eso comentaremos después que el hombre es un ser 
tremendamente lábil, no simplemente "limitado". Y la pecaminosidad no deberá asimilarse sin 
más a la limitación, sino más bien a eso que antes nos parecía un "proyecto imposible". 
 
 La tradición cristiana sostiene también que con la fuerza de Dios (y sólo con ella) el 
hombre puede ir sociabilizando su socialidad y liberando su libertad etc. A esto llamará el 
cristianismo Gracia: una especial presencia del Espíritu de Dios y la reestructuración que esa 
Presencia produce en el espíritu humano. Esa fuerza está ofrecida a todos, también a los no 
creyentes y a quienes están fuera de la Iglesia; y actúa las más de las veces de manera anónima. 
También habremos de tratar más detenidamente de ella, en nuestro último capítulo. 
 De momento baste con decir, para cerrar este segundo capítulo, que la contradicción 
Gracia-pecado es quizá la forma más radical y más seria de definir la paradoja humana. Ella dio 
lugar, en la tradición teológica, a una conocida caracterización del hombre como "justo y pecador 
a la vez" (simul iustus et peccator). El verdadero dualismo humano no es el dualismo entre 
materia y espíritu, o entre persona y comunidad, sino la contradicción entre bondad y maldad, 
entre Gracia y pecado. Pero, en este dualismo tan radical, la contradicción tiene que disolverse 
por la victoria de uno de los dos extremos: no puede resolverse por la síntesis entre ambos, como 
era el caso en otros de los ejemplos propuestos. 
 
 9
  
 En resumen: El ser humano aparece como la pretensión de una armonía imposible (entre 
materia y espíritu, entre persona y comunidad, entre inmanencia y trascendencia...) y la busqueda 
de solución para un enfrentamiento constitutivo (entre bien y mal). Si serán posibles esa solución 
y esa armonía, es lo que constituye el gran enigma de la historia y de la existencia humanas. 
 
 
 
 10
3. ACCESO FENOMENOLÓGICO:  "GEMIMOS... EN ESPERANZA", (RM 8,24) 
 
 
3.1. Del animal al hombre 
 
 Se ha intentado muchas veces enumerar las diferencias entre el animal y el hombre: el 
hombre progresa e inventa, el animal propiamente no; el hombre es capaz de hablar 
creativamente, el animal no...  
 Sin pretensiones de ser exhaustivos ni mejores, vamos a fijarnos ahora en una triple 
diferencia que nos permitirá otro acceso al ser humano. 
 
 * El hombre quiere ser feliz, el animal no necesita querer eso. 
 * El hombre se halla programado sólo de manera genérica e indeterminada, el animal de 
modo casi totalmente determinado. 
 * El hombre tiene conciencia del límite (no mera experiencia directa de él, sino 
comprensión de él como límite). 
 
 a) Que el hombre quiere ser feliz indica obviamente que no lo es. Es un ser no plenamente 
identificado consigo mismo. Supuesto el modo de la constitución humana que explicábamos en el 
capítulo 1º, éste no deja de ser un dato incomprensible y escandaloso. ¿Por qué el hombre no 
había de estar plenamente identificado consigo mismo como cualquier ser viviente? 
 En la segunda parte de este capítulo ampliaremos algo más esta nota, describiendo un 
poco la condición humana. Ahora sigamos nuestro comentario. 
 
 b) Pero además de buscar la felicidad, los hombres la buscan en dos direcciones opuestas: 
la trayectoria humana (tanto personal como global) suele oscilar, entre extremos como p.ej. 
modernidad y postmodernidad, progresismo y conservadurismo, libertad y orden o puritanismo.... 
Semejantes oscilaciones no cesan nunca en la historia humana. En todos esos bandazos el hombre 
buscaba siempre la felicidad. Las oscilaciones sólo indican que no la había hallado en el extremo 
anterior. Por poner un único ejemplo global, recordemos a Marx negándose a tener un Creador 
porque esto menguaría la libertad del hombre convirtiéndole en un deudor perpetuo. Y poco 
después a Sartre (o en otro sentido a Dostoyevski) proclamando que la libertad plena es una carga 
insoportable, y que el hombre no buscará más que deshacerse de ella, entregándola al primero 
que le ofrezca seguridad a cambio. 
 Se explica este dato porque, a diferencia del animal, el hombre sólo está programado 
genéricamente: si necesita habitación tendrá que aprender cómo se construye, no lo lleva escrito 
en su instinto como las aves o las abejas. Y si busca la felicidad, habrá de aprender cómo llegar 
hasta ella. Ya santo Tomás describió esa diferencia con finura(11). Por eso pudo escribir Zubiri 
que el animal es responsivo, mientras que el hombre es responsable. 
 
 c) Finalmente, y a diferencia también del animal, el hombre no sólo experimenta o 
tropieza con el límite sino que lo percibe como tal, como algo que le encarcela. Hombre y animal 
pueden tropezar con una pared. Pero mientras el animal dará la vuelta o irá por otro lado, el 
hombre percibirá que aquella pared le prohíbe seguir adelante, le domina. Por eso quizás tratará 
de derribarla para seguir. 
 Este ejemplo permite comprender que el percibir el límite como límite supone haberlo 
trascendido ya de alguna manera. Y por eso es una invitación a transgredirlo, o una invitación 
(quizás imposible) a superarlo. Sólo lo que todavía resta limpio en nosotros puede percibir 
 
 11
nuestra suciedad, sólo lo que todavía está sano en nosotros puede sentir nuestra enfermedad. Sólo 
lo que todavía quede de libertad en nosotros podrá percibir cuándo somos esclavos. Aquél que se 
halla totalmente identificado con su límite, ya no lo percibe. Se comprenderá fácilmente hasta que 
punto esta paradoja entre realidad del límite y superación del límite es fuente de dolor y de 
posibilidades para el hombre. 
 ¿De dónde proviene esta paradoja? Parece hallarse ínsita en las dimensiones superiores 
del hombre. El amor, el saber y experiencia de sentido, la libertad, la acción creadora, y la vida 
plenificada, reclaman una absolutez e ilimitación que no son posibles en esta dimensión que 
conocemos. Al hombre no le queda más salida que limitarlas y vivir con la conciencia 
(intolerable) de ese límite, que deja al hombre herido; o bien lanzarse a una carrera desenfrenada 
hacia su ilimitación, que acabará con ellas y con él.  
 Por eso todo ser humano lleva en el hondón de su ser alguna pregunta como ésta: ¿y si 
fuese posible recibir gratuitamente la absolutización que reclaman esas dimensiones y que se 
buscaba equivocadamente al intentar transgredir limitaciones concretas?(12). Esta pregunta tiene 
mucho que ver con la dimensión (o la búsqueda) religiosa del hombre. Si hubiese una respuesta 
positiva a ella, merecería con mayúsculas el nombre de Salud: pues supondría la sanación de esa 
herida constitutiva que parece ser el hombre. 
 Y este dilema se agudiza con lo que vamos a exponer en el apartado siguiente, mediante 
un sencillo análisis de la condición humana. Ahí retomaremos la primera de las diferencias con el 
animal, antes sólo enunciada: el hombre quiere ser feliz, lo cual indica que no lo es. 
 
 
3.2. La condición humana 
 
 Se puede decir, en pocas palabras, que la existencia del ser humano es una existencia 
amenazada, pero transida por una serie de "sacramentos" o señales de una vida mucho más plena. 
 
a) La amenaza fundamental del ser humano es el morir... 
 
 Este morir se despliega en una serie de muertes anticipadas que van apareciendo en la 
vida humana: la enfermedad, la vejez y el último morir definitivo. 
 Por detrás de su máscara autosatisfecha o desafiante, el hombre suele vivir con un miedo 
secreto a esas amenazas. Por eso es un sofisma que elude el problema, la afirmación de que la 
muerte no es amenaza: porque antes de ella se está vivo, y luego de ella no se sufre ya nada. De 
modo que la muerte, según este razonamiento, no existiría prácticamente. 
 
 Prescindiendo de que la mayor amenaza de la muerte no es la propia desaparición sino la 
pérdida de los seres más queridos, hay que decir que este argumento epicúreo se parece al del que 
dijera no temer la extracción de una muela porque cuando la muela no existe ya no duele. Sin 
embargo, lo que el hombre teme no es la ausencia de la muela sino la extracción y el proceso que 
obliga a ella. Igualmente, la amenaza del hombre no es la muerte sino el morir. Y morir es un 
acto traumático de lucha y derrota progresiva. La palabra agonía significa precisamente lucha, y 
otra vez el lenguaje resulta en este punto sorprendentemente lúcido. Morir no es pues dormirse 
plácidamente y no despertarse. Es más bien ir perdiéndose a través del dolor, la limitación y el 
deterioro. La muerte es como una "extracción de la vida" pero (al revés que la muela), lenta y sin 
anestesia. 
 
 Precisamente por eso, la gran tentación del hombre ante la amenaza de la existencia será 
 
 12
anestesiar ese miedo secreto, o engañarlo con inmediateces, con pasatiempos o con 
bravuconadas, en lugar de integrar esa amenaza. Semejante reacción acabará falsificando la 
identidad de la persona. Pero se comprende que la Biblia afirme que el miedo latente a la muerte 
esclaviza al mal toda la vida del hombre (Heb 2,15). 
 
b) ...pero la vida humana esta poblada de incontables promesas 
 
 Y, sin embargo, sería profundamente unilateral quedarse sólo con la descripción anterior. 
La vida humana no está transida sólo por la amenaza, sino poblada de incontables promesas 
deslumbrantes, irresistibles y sobrecogedoras. Aunque la capacidad simbólica del animal humano 
pueda actuar ante ellas de manera proyectiva, magnificándolas y esperando de ellas mucho más 
de lo que contenían, es innegable sin embargo que semejantes promesas existen y pueblan el 
firmamento del humano vivir como constelaciones o estrellas luminosas. 
 Existen sobre todo en el campo de la relación humana. En el amor, en la sexualidad, en la 
amistad, en la maternidad, en las convicciones compartidas: "no hay cosa más bonita que mirar a 
un pueblo reunido", o a dos amantes auténticos, o dos amigos incondicionales, o alguna 
maternidad picassiana... 
 Existen igualmente en el campo de la belleza: unas veces extraída por el hombre del 
entorno informe que le rodea, (como Praxiteles sacaba una Venus de una masa amorfa de 
mármol, o Mozart una sinfonía de un fluir disconforme de ondas). Y otras veces desparramada 
por toda la creación, sin finalidad, inútilmente, gratuitamente y sólo "por si alguien la encuentra" 
como las cataratas de Iguazu. La profunda armonía entre el hombre y su entorno que esas 
experiencias proporcionan, es como el anuncio de una Plenitud absoluta y definitiva.  
 Por eso se comprende que, también en este caso, la gran tentación del ser humano sea 
pretender apresar esas promesas que parecen protegerle de todas sus amenazas constitutivas, y 
sacarles de una vez todo su jugo, toda su riqueza, toda su oferta: "acaba de entregarte ya de vero; 
no quieras enviarme de hoy ya más mensajero" (Juan de la Cruz). Es como la tentación del 
amante impaciente que anhela de una vez la fusión y la posesión definitiva de la persona amada. 
Pero al querer apresar la promesa, sin dejarla ser sólo sacramento ("mensajero"), se la mata como 
en aquel cuento infantil de la gallina de los huevos de oro. La experiencia de placer se confunde 
fácilmente con experiencia de plenitud y puede acabar convirtiéndose en una nueva forma de 
empobrecimiento o de dependencia(13). 
 Hacerse hombre es aprender a vivir entre estos dos extremos, con esperanza frente a la 
amenaza y sin exigencia frente a la promesa. Quizá hay que añadir que, si Dios se revela al 
hombre, no es para recibir de éste un supuesto "culto" que Él no necesita en absoluto, sino para 
ayudarle a vivir en esta encrucijada, relativizando la amenaza y ratificando la promesa: "no 
temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre se complacerá en daros Su Reino" (Lc 12,32). 
 
 
 "Por lo que toca al cuerpo los animales están provistos de defensas especiales 
(caparazones, plumas, o cuernos o uñas...) mientras que el hombre está provisto de manos para 
procurarse las mil cosas que necesita. Y ello es así porque los animales tienen un campo de 
acción reducido y, para sus pocas posibilidades, basta con lo que les da la naturaleza. En cambio 
el hombre tiene muchas posibilidades de acción, que se extienden a cosas muy diversas, para las 
cuales no serían suficientes unos instrumentos prefabricados de antemano.<R>Por lo que toca a 
la percepción de la realidad los animales, por instinto natural, llevan inserta una manera de ver 
(como la oveja percibe que el lobo es su enemigo, y otros ejemplos semejantes). En cambio el 
hombre sólo tiene insertos unos principios universales, a partir de los cuales ha de actuar para 
 
 13
agenciarse lo que necesita.<R>Por lo que toca al apetito ocurre lo mismo: las demás cosas llevan 
metidas una tendencia determinada (como la del peso a caer, y, en los animales, lo que les 
conviene naturalmente). En cambio el hombre sólo lleva inserto el apetito general de su fin 
último: de modo que, por naturaleza, desea la bondad completa. Pero en qué consiste esa bondad 
completa (si en la virtud, o en la ciencia, o en el placer o en otras cosas), eso no se lo dice la 
naturaleza"  
(S. Tomás de Aquino, De Veritate, q. 22 a. 7,c) 
 
 
 
 
 14
II. LECTURA CREYENTE 
 
 
4. LA BASE DE LA CONTRADICCIÓN HUMANA: "TU CREADOR SE CONVIERTE 
EN TU ESPOSO" (IS 54,5) 
 
 
4.1. Creatura divina 
 
 En las conclusiones de los tres capítulos anteriores, hemos ido viendo cómo las paradojas 
que iban caracterizando al hombre, podían abrirse a una lectura creyente. En efecto: todas esas 
contradicciones suele recapitularlas la teología cristiana afirmando que el hombre es un proyecto 
divino. El proyecto de una creatura establecida en la inasequible dimensión de la Divinidad. 
 Los primeros teólogos cristianos hablaban del hombre como un "creado Increado", 
explicando que eso Dios no puede hacerlo, por así decir, "de golpe", sino que necesita para ello el 
concurso del tiempo y la historia. Dios no puede hacer de golpe una "creatura divina" porque la 
Divinidad sólo puede ser "causa de sí misma", y no cabe donde no hay -al menos- una libertad 
que la acepta (lo cual es el grado mínimo de creación de sí). Ese sería el sentido de la historia: de 
modo que la creatura "dé de sí" todo lo que su chispa divina implicaba, o (con otra formulación 
de san Ireneo) que "lo mortal madure la inmortalidad".  
 Más sencillamente, la Biblia expresa esto mismo caracterizando al hombre como barro e 
Imagen de Dios (cf. Gen 2 y Gen 1): el hombre es creatura como todo el resto de los seres, pero 
Dios lo crea a él solo (y decide crearlo así tras una especie de deliberación solemne) "a Nuestra 
imagen y semejanza" (cf. Gen 1,26.27). Si la fórmula de creatura e Imagen es más estática, el 
concepto posterior de Alianza (que viene a sustituirla) marca más el carácter proyectual de esa 
caracterización. En cambio, como vimos en el capítulo 2, parece más cuestionable la expresión 
posterior de "elevación al orden sobrenatural". 
 Ahora hay que añadir a lo anterior, que esa dimensión divina del hombre es un don 
gratuito y, por eso, el hombre no puede disponer de ella a su arbitrio, pretendiendo interpretarla y 
realizarla a su antojo. El hombre debe respetar esa Imagen divina que anida en él, ser responsable 
de ella, obrar de acuerdo con ella y recibir gratuitamente su realización plena. En no proceder así, 
pretendiendo realizar esa Imagen a su aire y por su cuenta, sitúa la Biblia el pecado radical del ser 
humano. El hombre era efectivamente "imagen y semejanza de Dios" (Gen 1,26), pero pretendió 
"ser como Dios" (Gen 3,5). Precisamente obrando así destruyó su imagen divina, porque esa 
pretensión de afirmarse como Dios es lo más contrario al modo como Dios se revela en la 
Biblia(14). 
 
 Al igual que decíamos antes con otros ejemplos, ser "imagen de Dios" trasciende la 
creaturidad pero no la abandona ni la niega. El hombre ha de aprender a vivir como creatura 
aceptando su finitud. Y esto significa: aceptando una bondad de las cosas, pero una bondad 
limitada; desplegando una libertad que posee ciertamente, pero que no es infinita ni absoluta 
(como la libertad que predica el neoliberalismo económico), sino recibida y condicionada; 
sintiéndose efectivamente señor y meta de la creación, pero con un señorío responsable porque la 
creación no es su presa sino su hermana más pequeña. 
 Se le pide pues al hombre no una instalación "perfecta" en la finitud (Tierno Galván) pero 
sí una instalación obediente en la finitud. Y una instalación abierta: que trate de conducir la 
finitud hacia esa utopía que anida en el hombre, y se abra a recibir gratuitamente la 
Trascendencia plena de la finitud. Que busque ese Más Allá que llamamos Dios, no divinizando 

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