Los nuevos movimientos laicales: signos del espíritu o sectas cristianas

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LOS NUEVOS MOVIMIENTOS LAICALES: SIGNOS DEL ESPÍRITU O SECTAS CRISTIANAS


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JEAN VANIER 
LOS NUEVOS MOVIMIENTOS LAICALES: 
SIGNOS DEL ESPÍRITU O SECTAS CRISTIANAS  
Ante la proliferación de movimientos religiosos de todo tipo, algunos, como New age, 
con una enorme ambición de universalidad, ante el auge en el seno de la propia Iglesia 
del movimiento comunitario, uno tiene derecho a preguntarse si se trata de auténticos 
movimientos espirituales que contribuyen a la maduración de la persona y a su 
apertura a los demás y al mundo. ¿Cómo discernir entre movimientos o comunidades 
auténticamente espirituales y lo cristianas y sectas cerradas sobre sí mismas y 
destructoras de la personalidad humana y de la apertura a los demás? Pocas personas 
tan experimentadas como el fundador de las comunidades de "l'Arche" para abordar 
este tema y sugerir unas líneas de pensamiento y acción que permitan realizar un 
auténtico discernimiento.  
Nouveaux moviments de laïcs de L’Esperit ou sectes chrétienes, Vie Consacreé 69 
(1997) 280-300. 
En nuestra sociedad, muchos se sienten molestos ante las nuevas comunidades 
cristianas. Su entusiasmo, sus celebraciones y sus modos de vida radicales hacen nacer 
una cierta inquietud en el corazón de aquéllos que se malfían de todo lo que se sale de lo 
ordinario. Seamos como Gamaliel y no juzguemos ni condenemos tan rápidamente. 
Vivimos en una sociedad con muchas personas marginadas y algunas totalmente 
desestructuradas. Ellas figuran entre los más pobres del mundo y la Buena Nueva de 
Jesús se dirige a ellos de un modo muy especial. Sin embargo, también necesitan 
comunidades sólidas, estructuradas y bien disciplinadas para vivir esta Buena Nueva. 
Con este horizonte y a la luz de mi experiencia, he aprendido a ser prudente en el uso de 
palabras como "sectas" o "comunidades sectarias". 
 
Importancia de la familia y de la comunidad 
La apertura tiene que ver con el amor, con la acogida y la comprensión del otro. Ella se 
funda sobre la certeza que pertenecemos a una humanidad común. 
Cada ser humano, desde la concepción hasta la muerte, cualesquiera que sean sus 
dificultades o limitaciones, es una persona única, importante, sagrada y amada por Dios. 
Más allá de nuestra educación, -nuestra cultura de nuestra salud, de nuestra religión, 
todos somos básicamente semejantes. 
Todos tenemos un corazón y un cuerpo vulnerable. Todos tenemos necesidad de amar y 
de ser amados. Todos tenemos miedo ante el sufrimiento, en especial el sufrimiento 
interior que proviene del rechazo, de sentimientos de culpabilidad y de la impresión de 
ser inútil para los demás; entonces nos protegemos detrás de barreras. Todos aspiramos 
a una realización total y, sin embargo, todos estamos más o menos decepcionados de los 
demás, de nosotros mismos y de la vida. 
JEAN VANIER 
Con todo, nos podemos ayudar y amar los unos a los otros. Podamos ser solidarios los 
unos de los otros. La llave de nuestro crecimiento en el plano humano reside en la 
relación y en la apertura mutua. El aislamiento y la dependencia son signos de 
inmadurez. La Santísima Trinidad -tres personas unidas en la luz y el amor- es el signo 
de la llamada a ser totalmente uno mismo a través de la relación, la apertura y la 
reciprocidad. 
Aunque pertenecemos a una humanidad común, nos podemos encontrar profundamente 
divididos por las mismas categorías que configuran nuestra identidad. En seguida 
tenemos miedo los unos de los otros, particularmente de aquéllos que son extranjeros y 
diferentes o que parecen ponernos en peligro. Vivimos en una sociedad competitiva. 
Todos tenemos miedo de convertirnos en perdedores. Necesitamos ser amados, ser 
considerados entre los mejores y tenemos que demostrarlo. Así nos encerramos en 
nosotros mismos y en el seno de nuestro grupo. Nos escondemos tras los muros del 
miedo y de los prejuicios. A causa de nuestra inseguridad tenemos necesidad de sentir 
que nuestro grupo es el mejor, el único que posee la verdad. La cerrazón es, por tanto, 
signo de inmadurez y de inseguridad. 
Una fuerte identidad se constituye cuando las personas se encierran sobre sí mismas. 
Ellas crean una fortaleza desde la cual juzgan y condenan a los demás, imponiéndoles 
sus creencias y su visión de las cosas. Sus certezas les impiden buscar y profundizar en 
su fe y en su visión del mundo. El mundo está dividido, según ellos, entre buenos y 
malos, los salvados y los condenados. Los habitantes de la fortaleza detentan todos la 
verdad mientras que los demás son unos ignorantes o unos malvados. Pero esto no 
constituye lo que llamaríamos una identidad humana verdadera. 
Por otro lado, la apertura no implica una acogida ciega de las ideas del otro, 
renunciando a las propias o desde la indiferencia. Una apertura auténtica encuentra su 
fuente en el amor y en un profundo respeto por la vida y el secreto del otro. Sólo un 
buscador de verdad y una persona sedienta por dar a conocer el amor de Dios se 
encuentra en situación de ver la verdad y la luz en los demás, más allá de todas las 
diferencias que les separan. La apertura a los demás sin conciencia y de los valores 
propios, conlleva una disolución de la propia personalidad y es también un signo de 
inmadurez. La apertura implica una identidad real. 
Supuesto que somos miembros de una humanidad rota y frágil, todos tenemos tendencia 
a encerrarnos en el seno de nuestros grupo, creando fronteras bien claras y leves tras la 
cuales nos podemos considerar los mejores, los elegidos. Tenemos necesidad del 
Espíritu de Jesús para ser liberados de nuestros miedos e inseguridades, para derrocar 
los muros de prejuicios que nos separan y para abrir nuestros corazones a un amor 
universal, a la acogida de nuestras diferencias y el reconocimiento de nuestra 
humanidad común en la que nos podemos constituir como cuerpo. 
 
De la cerrazón a la apertura 
La identidad no se adquiere de una vez por todas. Tampoco hay que esperar a adquirirla 
para empezar a abrirse a los demás. Lejos de oponerse una a la otra, identidad y apertura 
son complementarias. La apertura forma parte de la identidad; es parte importante de la 
persona comprendida a la luz de la fe en un Dios trinitario: la persona no se realiza 
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plenamente sino en la relación. Esto supone que cada ser humano es sagrado y es digno 
de respeto y amor. Esta apertura la recibe el niño de sus padres, de la parroquia y de la 
escuela; está contenida en la gracia del bautismo que nos une al corazón de la Trinidad 
que ama a cada ser humano. Al mismo tiempo, esta apertura puede fragilizarse, por 
actitudes elitistas, racistas o sexistas que encontramos en todas las culturas y en todas 
nuestras Iglesias. Padres llenos de prejuicios, de fragilidades, o asustados por los demás, 
comunicarán este miedo a sus hijos y se replegarán sobre sí; del mismo modo, la 
capacidad de apertura se transmite de generación en generación. 
 
La importancia de la familia y de la comunidad 
En nuestras sociedades ricas, existe el peligro de olvidar que entre la persona y la 
sociedad existe un intermediario: la familia o la comunidad. Si este intermediario es 
ignorado, existe el peligro de favorecer individualismo agresivo. Cada persona debe 
entonces triunfar sola y trepar por la escala de la promoción social. Un individualismo 
tal nos enseña que para ganar esta competición de la vida, uno tiene necesidad de 
competencia y de una formación sólida. Cierto, cada ser humano debe intentar ser 
competente y por ello cada uno necesita formación. Sin embargo, un individualismo 
radical incita a las personas a ser agresivas y creídas con el fin de probarse y ganar. Si 
no lo consiguen, se hunden en la depresión, la anarquía o la violencia contra las 
instituciones. Su individualismo se manifiesta entonces en sus heridas y en su amargura. 
La familia o la comunidad es una escuela del corazón y del crecimiento en el amor 
donde descubrimos la belleza y el carácter sagrado del otro y donde aprendemos tal 
como es. Esta escuela nos enseña el amor y el perdón y nos ayuda a pasar del egoísmo a 
la comprensión. 
Cuando los niños nacen en el seno de una escuela de amor, su corazón se puede dilatar 
en este espíritu de apertura. Si, al contrario, nacen en un lugar de inseguridad y de 
conflicto, desarrollan sólidos mecanismos de defensa para protegerse. Tienden a ignorar 
a los otros, incluso a odiarlos, sin duda porque ellos se odian a sí mismos. 
La gran mayoría de personas no han nacido en una escuela de amor perfecto ni en un 
abominable lugar de conflicto. Cada uno de nosotros tiene necesidad de ayuda para 
superar los prejuicios y el miedo al otro. 
La comunidad cristiana puede ser esta escuela, donde las personas se esfuerzan en 
crecer en la libertad del Espíritu y no en la libertad de la carne (Ga 5), donde cada uno 
busca seguir a Jesús en el camino de la compasión y de la humildad y según las 
bienaventuranzas evangélicas, más que en el deseo de controlar y de tener poder sobre 
el otro. El papel de una comunidad cristiana es ayudar a las personas a pasar de la 
cerrazón a la apertura, y por tanto a la madurez humana y cristiana. 
No es sorprendente que en un mundo dividido, muchos vean en la comunidad un lugar 
de pertenencia cordial y de crecimiento, donde pueden aprender a seguir y a amar a 
Jesús y vivir el mensaje de la Buena Nueva para los pobres y con los pobres. Estas 
comunidades pueden realmente ser signo del Espíritu en nuestro mundo, 
particularmente cuando aspiran a superar el foso entre ricos y pobres. Existe el riesgo de 
que algunos entren en la comunidad no para crecer en el amor universal, la humildad y 
JEAN VANIER 
la confianza en Dios, sino para encontrar un refugio, un lugar seguro donde superar el 
miedo a la soledad. Así algunas comunidades, como algunas familias, se encierran sobre 
sí, buscando, más o menos conscientemente, la seguridad y fuerza espiritual. 
 
Las sectas 
La necesidad de pertenecer a un grupo puede llevar a la cerrazón radical. Personas solas 
o inseguras pueden sentirse atraídas por un grupo fuerte, muy cerrado sobre sí mismo y 
que aporta una seguridad absoluta. Tales grupos son llamados sectas. Es importante ver 
la diferencia entre una secta y una comunidad. 
 
Sectas y comunidades 
Quisiera definir una secta: 
1. Una secta está encerrada sobre sí misma y con frecuencia dominada por un guru 
poderoso considerado como el único profeta, el salvador, el inspirado, cuyas enseñanzas 
y escritos -y sólo ellos- son inspirados. Sólo la secta posee toda la verdad; no se tolera 
ninguna otra autoridad. Los contactos con otras formas de pensar o actuar están 
prohibidos. 
2. La secta se presenta a sí mismo como salvadora del mundo y de los individuos, con 
un mensaje nuevo y único para todos. Ello da a sus miembros un sentido completo a su 
existencia y una fuerte motivación para captar nuevos sujetos. Para entrar en una secta 
no es necesario hacer un largo período de prueba. Los miembros son iniciados 
progresivamente. 
3. Según ellos, la sociedad está dividida entre salvador y condenados. Se edifican 
sólidos muros con el miedo, haciendo difícil cualquier cuestionamiento sobre la 
autoridad del jefe. Se da también una ruptura radical con la familia, con los amigos y 
con toda persona de buena voluntad, así como con la sociedad y las instituciones que la 
componen. 
4. Sus miembros son obligados a sacrificar su propia conciencia, su libertad y su 
capacidad crítica en aras del poder, de certezas fundamentalistas, de la seguridad y de 
los objetivos del grupo. Su inteligencia es manipulada. En vez de intentar descubrir la 
verdad, obedecen y se someten a eslóganes. 
5. Las personas angustiadas, frágiles y solas son atraídas y seducidas por este tipo de 
grupos. El hecho de estar juntos, la seguridad y los objetivos claros alivian la angustia y 
el sentimiento de soledad, debidos a la baja estima de sí y a la falta de sentido de la 
vida. Esto hace que resulte casi imposible dejar el grupo, pues se percibe el riesgo de 
encontrarse de nuevo, fuera del grupo, con una angustia y un sentimiento de soledad aún 
mayor. 
Una secta es, pues, una realidad peligrosa y manipuladora, que utiliza formas de lavado 
de cerebro y encierra a los sujetos sobre sí mismos. 
JEAN VANIER 
Alguno de los elementos citados puede aplicarse a toda comunidad cristiana, sobre todo 
durante los primeros años de su fundación. Sin embargo, a medida que la comunidad 
crece y es reconocida por una Iglesia cristiana aparecen tres diferencias significativas 
entre una secta y una comunidad cris tiana. 
1. La comunidad está para facilitar a cada persona el crecimiento en la libertad de 
Espíritu y profundizar en su conciencia personal. Cada comunidad anima la formación 
espiritual, teológica y humana, para así ayudar a cada miembro a estar bien arraigado en 
la Palabra de Dios, en la vida del Espíritu y en su propio ser humano. 
La misión de la comunidad puede ir más allá de cada persona tomada individualmente, 
pero la integridad y la vocación de cada uno es más importante que el crecimiento 
cuantitativo y la supervivencia institucional. Impedir la formación personal y los 
encuentros con personas experimentadas fuera de la comunidad, con el fin de mantener 
la solidez del grupo, implica un sectarismo que puede ser peligroso para el crecimiento 
personal. 
Se da también un largo período de prueba antes de que los miembros sean invitados 
libremente a tomar la decisión de comprometerse a largo término con el grupo. Aquéllos 
que descubren posteriormente que su sitio no está dentro del grupo son ayudados a 
dejarlo de manera tranquila. 
2. Una comunidad cristiana no está encerrada sobre sí misma. Ella forma parte 
integrante de la Iglesia más amplia que reconoce y acepta sus objetivos, el modo como 
es guiada, y que puede ejercer de árbitro en caso de conflicto. Una autoridad exterior 
garantiza así que las personas sean libres. Los miembros de una comunidad pueden al 
principio estar encerrados sobre sí mismos. Pero, en su camino de crecimiento hacia la 
madurez, se les ha de animar a ponerse en contacto con los cristianos, otros 
movimientos u otros acompañantes espirituales en el seno de la Iglesia. 
3. Si en los primeros pasos de una comunidad, la autoridad se ejerce con cierta rigidez, 
con la madurez creciente de sus miembros, el ejercicio de la autoridad pasa más y más 
por el discernimiento y el diálogo. 
 
Comunidades y movimientos cerrados sobre sí mismos 
Algunas comunidades o movimientos recientes pueden parecer cerrados sobre sí mismo, 
especialmente en sus inicios. Ello es comprensible como una etapa necesaria para la  
formación y la purificación, que permite a sus primeros miembros desarrollar una 
identidad y profundizar en su carisma y su misión particular. A medida que pasa el 
tiempo, estas comunidades se van abriendo. 
Algunos grupos cristianos, sin embargo, no pretenden ser escuelas del amor, sino 
grupos de presión para ejercer mayor influencia sobre la autoridad. Sea porque 
encuentran su comunidad eclesial demasiado tibia, sea porque quieren cambiar las 
enseñanzas de la Iglesia en ciertas materias de la moral, de la disciplina o incluso de la 
fe, algunos grupos se vinculan más estrechamente a otras Iglesias. 
JEAN VANIER 
Otros pueden presentarse muy agresivos ante la autoridad eclesial, local o papal. Pueden 
parece cerrados sobre sí mismos, convencidos de que sólo ellos poseen toda la verdad. 
Tienden entonces a denunciar a aquéllos que, a su juicio, son demasiado tibios o fieles a 
Roma o demasiado condescendientes o intransigentes con los medios de comunicación 
social. Todo ello, con el fin de ejercer presión y poner las cosas en su sitio. Tienden a 
rechazar todo cambio o, al contrario, desprecian el pasado, la tradición o toda autoridad. 
¿No nos encerramos entonces detrás de nuestro orgullo y nuestros prejuicios familiares, 
culturales, religiosos y nacionales, en nuestro necesidad de probar que somos mejores 
que los otros, que nosotros lo conocemos todo, incluso los caminos de Dios? 
Juzgamos y condenamos fácilmente lo que es nuevo, nos molesta y, a veces, revela 
nuestras propias insuficiencias. Estamos ciegos ante la verdad de nuestras propias 
debilidades. ¿No son Jesús y el Espíritu Santo quienes destruyen los muros de los 
prejuicios, nos invitan al amor universal y nos ayudan a acoger nuestras pobrezas? 
No utilicemos, por tanto, la palabra "secta" para un grupo cristiano reconocido por la 
Iglesia. Este nombre supone algo de manipulador, malvado o destructor de la persona, 
más que simplemente un grupo de cristianos en cerrados sobre sí mismos o en el que la 
autoridad es todavía ejercida de manera rígida. Algunos católicos hablan de algunos 
grupos protestantes como si fueran sectas. Puede haber grupos de estas Iglesias 
protestantes que permanezcan encerrados sobre sí mismos y que sean muy críticos hacia 
la Iglesia católica. Pero hay también algunos grupos católicos cerrados sobre sí mismos, 
críticos hacia los demás. 
 
Nuevos movimientos y comunidades en la Iglesia 
A lo largo de la historia de la Iglesia han ido apareciendo nuevas comunidades, familias 
espirituales y movimientos. Algunos han crecido y están todavía entre nosotros, otros 
han desaparecido. Cada uno ha sido una respuesta a las necesidades de su tiempo. Estas 
familias espirituales han ayudado a la gente a vivir lo más posible las bienaventuranzas 
evangélicas. Todas las familias espirituales nacieron como un don para la Iglesia, 
extendieron el mensaje del Evangelio y dieron vida y esperanza a mucha gente, 
especialmente a los pobres. 
 
El nacimiento y la evolución de comunidades en la Iglesia 
En la Iglesia las nuevas familias empiezan casi siempre por ser pequeñas, pobres, 
radicales y entusiastas, van frecuentemente acompañadas de signos asombrosos de la 
Providencia y de la gracia, y cuentan con admirables historias de conversión. Bajo la 
dirección de una figura profética, sus miembros se sienten elegidos por Dios para una 
misión específica, quizás incluso para reformar o renovar la Iglesia. 
Rápidamente son reconocidas, aprobadas e incluso admiradas, muchos jóvenes se 
integran en ellas. Adquieren riquezas y propiedades, un poder espiritual y mucha 
influencias. Éste es un momento difícil para determinadas comunidades, como lo 
muestra la historia de la Iglesia. Poco a poco, se agarran al poder y se creen la elite, 
quizás la "verdadera" Iglesia. con los años pueden instalarse en cierta mediocridad. 
JEAN VANIER 
Puede haber un deseo de controlar a las personas, de crear estructuras pesadas, que en 
realidad impiden la vida del Espíritu y toda nueva iniciativa. La ley y el poder destruyen 
la libertad del corazón. 
Para todas las comunidades - antiguas o nuevas- la cuestión es saber cómo permanecer 
vivas y fieles al espíritu de las Bienaventuranzas. ¿Qué alimento es necesario para 
permitir a todos sus miembros seguir dispuestos a llevar la cruz del sufrimiento, a 
permanecer cerca de los que sufren? ¿Cómo ayudar a las comunidades a abrirse a la 
diferencia y estimular a sus miembros a creer hacia una mayor libertad interior? ¿Cómo 
animar y no ahogar las iniciativas? 
Existe siempre el peligro que los responsables de la comunidad y los movimientos, 
creyéndose guiados por el Espíritu Santo, impidan una sana evo lución, como si los 
fundadores hubieran sido inspirados una vez por todas y fueran infalibles en todos los 
pequeños detalles de la fundación y para todas las generaciones venideras. Con el 
tiempo la estructura fundacional puede convertirse en obsoleta. 
Cada nueva fundación revela una nueva llamada de Dios, una nueva manera de encarnar 
y de anunciar la buena nueva de Jesús. Pero coexisten luz y tinieblas. Ningún 
movimiento es totalmente puro, totalmente santo e inspirado en todos los aspectos de la 
vida humana y espiritual. El ideal y la visión pueden ser auténticos, pero las realidades 
concretas de las organización están sujetas a circunstancias y a las personas tal como 
son. Si esto es verdad para el fundador, lo es más aún para los primeros discípulos, los 
cuales tienden a ser más cerrados que el fundador y a interpretar de manera rígida su 
espiritualidad, su visión y su modo de vivir. 
A la muerte del fundador, los miembros pueden dividirse entre los que quieren seguir 
todas sus palabras y enseñanzas como si fueran el mismo Evangelio y los que se afanan 
por emprender lo que el fundador habría hecho y dicho en las nuevas circunstancias. 
Siempre hay elementos de orgullo, de miedo, de inseguridad, de error en cada nueva 
comunidad. Existe siempre una tensión entre el esfuerzo por mantener la unidad y la 
pureza del grupo y la necesidad de dar espacio a la creatividad, con el fin de ayudar al 
movimiento y evolucionar según el Espíritu Santo y el pensamiento de la Iglesia. Cada 
grupo tiene sus crisis, e incluso sus divisiones, con el fin de ser más conformes a los 
deseos de Jesús. 
Por lo que se refiere a las comunidades católicas, el reconocimiento y la aprobación por 
parte de la Iglesia significa que su constitución salva la libertad de sus miembros, que 
sus objetivos y su modo de gobierno están de acuerdo con el mensaje del Evangelio y 
que la comunidad manifiesta signos tangibles del Espíritu. La aprobación de la Iglesia 
no significa que todo sea perfecto. Debemos recordar que cada nueva comunidad 
conlleva una reacción humana frente al presente o al pasado reciente que es, en cierta 
medida, un modo de hacer contrapeso. Entonces con frecuencia se exagera y se requiere 
un sin fin de correcciones para lograr un equilibrio que, de lo contrario, se rompe. 
A medida que pasan los años y que la comunidad se implanta en las diversas culturas, es 
imperativo que se haga una distinción bien clara entre la espiritualidad y la visión 
fundamental del fundador, que son universales y afectan a todas las generaciones por 
estar enraizadas en el mensaje del Evangelio, por una parte, y por otra, las estructuras 
,las reglas, la manera de ejercer la autoridad y de formar y acompañar a los nuevos 
JEAN VANIER 
miembros. Estos últimos son llamados a evolucionar según las circunstancias. La 
historia de la Iglesia está para mostrarnos que los nuevos movimientos o comunidades 
son llamadas a ser refundadas y a evolucionar siempre de manera sana. 
Mencionemos los signos que revelan que una comunidad o un movimiento evoluciona 
según la moción del Espíritu. 
1. El primer signo es que la comunidad o el movimiento, cuando crece en madurez y 
profundiza en su propio carisma y en su misión, descubre la belleza y los dones de otros 
en la Iglesia local. Ellos también tienen dones necesarios para el Cuerpo de Cristo; es 
importante trabajar juntos en la construcción de este Cuerpo. Nadie es mejor que nadie. 
El nuevo movimiento o la comunidad descubre entonces la importancia de estar en 
comunión con el obispo local y adapta sus actitudes y su lenguaje a las necesidades de 
las gentes de la región. 
Cada movimiento es llamado a reconocer la primacía del conjunto del Cuerpo de Cristo 
en relación a su propio movimiento. La comunidad o el movimiento es quizá más 
grande que la persona individual, pero cada persona es más importante que las cifras o 
los objetivos. Un movimiento puede desaparecer, como ha pasado a numerosos intentos 
en la historia de la Iglesia, y ello es relativamente de poca importancia. Lo que importa 
es que la Buena Nueva continúe siendo anunciada a los pobres. La inserción en el seno 
de la Iglesia local puede tomar su tiempo a causa de una cierta cerrazón y del miedo a la 
novedad. 
Las personas están con frecuencia bien ancladas en sus costumbres y en sus ideas. Por 
ello las intervenciones del Papa y de la Iglesia universal pueden ser importantes en 
relación a los nuevos movimientos que, en su origen, fueron aceptados en una diócesis 
particular y han sido en seguida transplantados a otro lugar. El Papa puede tener una 
visión más amplia que la Iglesia local, pero después del reconocimiento eclesial 
necesario, es importante que estas comunidades estén bien insertas en la Iglesia local, 
reconociendo la autoridad del obispo y cooperando con otros movimientos. 
2. Una comunidad que evoluciona bajo la moción del Espíritu toma conciencia poco a 
poco de sus propios límites y debilidades, se da cuenta de que ha cometido errores en 
ciertas normas fundacionales o respecto a determinados miembros de la comunidad, y 
de que ha habido abusos de autoridad. Entonces busca una ayuda exterior para evaluar 
ciertos aspectos de la vida comunitaria y para resolver los conflictos latentes. La 
comunidad tendrá necesidad de esta ayuda para tomar conciencia de su lado oscuro, 
para ver cómo se ejerce la autoridad y si las estructuras dan vida o, al contrario, ahogan 
a las personas. Ha de tener el coraje de cuestionarse, la honestidad de reconocer sus 
propios fallos y energía para cambiar. 
El punto más complejo y el más delicado es saber quién puede determinar esta ayuda 
exterior y cuál ha de ser su autoridad. Hay un doble peligro: que la comunidad rechace 
toda ayuda exterior y se cierre sobre sí misma, y que la ayuda exterior asuma demasiada 
autoridad e impida al movimiento un desarrollo según su carisma. 
Esta ayuda exterior no está para juzgar o condenar, sino para acompañar. Está allí para 
aconsejar al fundador y a los representantes de la comunidad. No está simplemente para 
escuchar a los descontentos, ni para cambiar la autoridad. Está para sostener a los 
JEAN VANIER 
responsables y ayudarles a evolucionar. Valdría más que hubiera no una sola persona 
que viniera de fuera, sino varias, elegidas por los responsables de la comunidad, en 
armonía con la autoridad religiosa. Estas personas han de ser elegidas por su experiencia 
de vida comunitaria, su sabiduría, su sentido de Iglesia y su visión antropológica. 
3. Cuando un movimiento crece, está llamado, no solamente a profundizar en su carisma 
y en su propia identidad, sino a crecer en la apertura, como la Iglesia misma crece en 
apertura. No siempre es fácil para los movimientos, especialmente para los que han sido 
fundados para mantener la ortodoxia, permanecer fieles a una Iglesia que evoluciona, 
como tampoco resulta fácil para las personas que sienten llamadas de riesgo y a la 
apertura permanecer definidas respecto a su identidad católica. Si un movimiento no 
ceja en su empeño de armonizar estos dos aspectos, ello es signo de su crecimiento en el 
Espíritu Santo. 
4. Uno de los signos de que una comunidad nueva está evolucionando según las vías del 
Espíritu es el modo como los hombres y las mujeres cooperan juntos. Todo rechazo del 
otro sexo es un signo sectario. Esta cooperación ¿no es particularmente importante en 
nuestra época en la que hay tantas personas inmaduras en el plano afectivo y sexual? 
5. Si un nuevo movimiento anuncia la Buena Nueva a los pobres y, a su vez, se deja 
evangelizar por ellos, esto es también un signo del Espíritu. Comer en la misma mesa 
que el pobre, unirse a él por lazos de amistad, resulta siempre exigente y molesto. La 
presencia del pobre y del débil mantiene el movimiento en la humildad y le impide 
encerrarse en sí mismo. El pobre obliga a evolucionar y a profundizar. Cuando Jesús 
envía a sus discípulos a anunciar la Buena Nueva a los pobres, les dice que vayan 
pobremente y que hagan cosas humanamente imposibles. ¿Es posible anunciar la Buena 
Nueva a los pobres y oprimidos si se habla desde situaciones de poder, de confort y de 
seguridad? 
6. La manera como la autoridad es ejercida deberá necesariamente evolucionar a medida 
que el movimiento crece y se desarrolla. Una autoridad que persiste en ejercerse de 
manera rígida, sin diálogo ni discernimiento, sin dar la posibilidad a los miembros de 
encontrarse con otras personas externas a la comunidad, es un mal signo. 
7. Otro signo importante es la calidad del amor hacia los más débiles del grupo, hacia 
los que pasan dificultades particularmente a nivel físico, psicológico o espiritual y que 
pueden ser torturados por la duda. Estos son los pobres de la comunidad. Los que se 
sienten llamados a dejar el grupo tienen necesidad de mucha comprensión y ayuda con 
el fin de irse en paz, libres de todo sentimiento de culpabilidad. Todos los grupos 
tienden a retener sus miembros. Con frecuencia no se les deja ir fácilmente. Más allá de 
ciertos límites, esta actitud puede ser destructiva y efectivamente sectaria. Es como si 
dejar el grupo fuera sinónimo de dejar la Iglesia o dejar a Dios. 
8. Aunque no debamos utilizar la palabra secta a propósito de un grupo cristiano 
reconocido por la Iglesia, un movimiento encerrado sobre sí mismo, que tiene sus 
propios curas o psicólogos, puede llegar a ser sectario, si éstos están vinculados por una 
fidelidad total al movimiento y si no hay otra autoridad exterior disponible. Todo lo 
deciden los responsables cuya palabra se interpreta como Palabra de Dios. Hay un 
riesgo real de hacerse incapaz de ver el propio lado oscuro, de no aceptar la crítica y de 
no evolucionar positivamente. En tales situaciones, algunos miembros son aplastados; y 
JEAN VANIER 
ello se justifica viendo el Espíritu Santo de un lado y el maligno (o las personas 
"difíciles") del otro. En tales movimientos, la sensatez brilla por su ausencia, las 
evaluaciones psicológicas y humanas son rechazadas y sólo se conservan las palabras 
del fundador. Entonces la dimensión supuestamente "espiritual", en vez de potenciar la 
dimensión humana, la aplasta. 
Un movimiento que crece bajo el impulso del Espíritu debe permitir a sus miembros un 
contacto frecuente con hombres y mujeres de sabiduría teológica, espiritual, psicológica 
y de conocimientos humanos, que no formen parte del movimiento, pero que aprecien 
sus objetivos y, manteniendo una cierta distancia respecto a él, estén atentos a las 
necesidades reales de los individuos dentro del grupo. Una espiritualidad al margen de 
una buena antropología no encuentra ningún fundamento en la Buena Nueva de Jesús. 
Es necesario pues una buena dosis de discernimiento, lo cual pide tiempo, para evaluar 
si un movimiento crece en apertura y colaboración, en humildad y en anuncio de la 
Buena Nueva a los pobres. Algunos movimientos necesitan recibir alguna sacudida si se 
decantan hacia actitudes demasiado sectarias o si están demasiado encerrados en sí 
mismos. El peligro se cierne siempre cuando los movimientos se deslizan hacia el éxito, 
el poder, la riqueza y la seguridad, más que hacia la fidelidad al Espíritu. Las cifras en sí 
no son un signo de que un movimiento sea de Dios. 
Los grupos de presión cristianos que rechazan la autoridad no aceptan habitualmente ni 
la evaluación ni el discernimiento. El diá logo con ellos debe, sin embargo, mantenerse; 
no solamente porque sus miembros son seres humanos y cristianos, sino porque sus 
críticas a la Iglesia contienen frecuentemente verdades importantes que han sido 
descuidadas y que responsables de la Iglesia no han querido oír. Las personas que 
pertenecen a estos grupos tienen necesidad de sentir que son amadas y escuchadas con 
inteligencia y comprensión más que condenadas, por miedo y para defender posturas 
tradicionales. Estas actitudes defensivas no hacen más que agravar las cosas; endurecen 
las posturas y aumentan el foso que separa las personas. 
Debemos recordar que todos los movimientos tienen que descubrir también que no son 
solamente llamados a vivir el éxito de la vida pública de Jesús, cuando muchos le 
seguían, sino también su debilidad, su pequeñez, su vulnerabilidad e incluso a veces el 
rechazo y la muerte. Estos sufrimientos pueden ser fuente de purificación y de vida 
nueva para la Iglesia. 
Uno de los signos más claros de que un movimiento evoluciona al ritmo del Espíritu es 
la humildad, el amor por toda la Iglesia, por todos los cristianos y por toda la 
humanidad. 
La renovación de la Iglesia surge principalmente de los grupos en comunión con sus 
obispos y sus autoridades eclesiásticas, comunidades que son signos positivos del amor 
y de la resurrección de Jesús, más que signos de crítica agresiva. Esta renovación no 
proviene siempre de movimientos poderosos sino más bien de pequeñas semillas que 
crecen hasta que fructifican. Ello se da cuando uno se deja transformar por el amor de 
Jesús en y a través del Espíritu Santo. El Espíritu nos conduce a la sabiduría, a la 
pobreza y al pobre, y al don de nuestras vidas. Esto implica una buena teología y una 
buena sabiduría humana. Pero, sin duda, no suprime la crítica necesaria o los 
desacuerdos constructivos y respetuosos respecto a la autoridad. 
JEAN VANIER 
Como todo movimiento y toda comunidad, todos nosotros tenemos necesidad de 
acompañamiento, no sólo desde el interior de la comunidad, sino también desde fuera, 
para evolucionar en los caminos del Espíritu y las necesidades de nuestro tiempo, y para 
permanecer abiertos al grito del pobre. Todos tenemos necesidad de discernir cómo 
crecer, no solamente con más fundaciones y más miembros, sino en profundidad, en 
sabiduría humana y divina, en la oración, en madurez y en apertura y amor, a la imagen 
del corazón de Dios abierto y amante. Todos tenemos necesidad de creer, trabajar con 
los otros, en comunión con ellos, de modo que juntos podamos ser un signo del Cuerpo 
de Cristo y del rostro amante y misericordioso de Jesús. 
Tradujo y condensó: DAVID GUINDULAIN 
 

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