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Ed 6 – DOCUMENTO 08. 
 
También en Africa: las sectas cristianas 
Manuel de Unciti  director de la revista «Pueblas del Tercer Mundo», de Madrid. 
 
Toda la Iglesia está justamente preocupada por la rápida expansión de las sectas de cuño más o menos cristiano. Lo 
está también -pero ése es ya otro cantar- por la propagación de algunas sectas de clara inspiración religiosa oriental. 
Estas comienzan a hacer su aparición en Europa, aquéllas en Latinoamérica y Africa, esto es, en continentes 
fuertemente marcados por el cristianismo o en los que el cristianismo -caso de Africa- goza de acentuado prestigio.  
El de las sectas en Africa es, un tema de singular importancia. Representan un desafío grave a la expansión y a un 
mantenimiento de la Iglesia. Ya comienzan a oírse voces que auguran un futuro preponderantemente sectario para el 
cristianismo en Africa... Hace veinticinco o veinte años, nadie se habría permitido semejante augurio: hoy, sí. Lo que 
indica, ya de entrada, que el expansionismo de las sectas en Africa está conociendo actualmente un vigor muy notable 
y progresivamente acelerado.  
Sigue siendo aún, es cierto, un fenómeno marginal; pero está ya presente en los suburbios de las grandes ciudades 
africanas y, poco a poco, está llegando a las aldeas más perdidas. Las mujeres, en primer lugar, y los jóvenes, 
después, son los dos grupos sociales más inclinados al movimiento sectario; y para la creación de una comunidad 
sectaria basta con la decisión -o «inspiración»- de alguien que se determine a declararse a sí mismo «sacerdote» o 
«pastor», cuando no «profeta» o «ngunza». Las denominadas «Iglesias independientes» presentan una estructura u 
organización más cuajada, con un cuerpo ministerial más formado intelectual y religiosamente, con una determinada 
jerarquía y unos credos más armónicos y coherentes, con amplios templos y numerosas capillas; pero también éstas 
adolecen de un acentuado sincretismo en el que se entremezclan datos fundamentales del Evangelio con otros 
provenientes de la religiosidad popular -«pagana» se diría en tiempos ya venturosamente superados- o de la 
«inspiración divina», presuntamente afirmada como tal, de algún profeta o profetisa...  
Sectas e Iglesias independientes propenden al esoterismo y a la magia, y de aquí arranca, principalmente, el peligro 
que hoy se incuba para la sociedad futura del continente africano. El esoterismo, con su distinción entre iniciados y no-
iniciados, suele dar lugar a la creación de instituciones y organizaciones secretas que actúan, desde la sombra, en los 
más diversos campos de la vida social: político, económico, cultural, familiar. La magia, por su parte, introduce recursos 
que militan contra el progreso de los pueblos al encomendar a «fuerzas» incontrolables la resolución de graves 
problemas individuales o sociales. Dichas «fuerzas», a las veces, pueden reclamar de los que a ellas acuden por la 
mediación del «brujo» o del «adivino» actuaciones contrarias a la legislación vigente en un país y hasta lesivas de los 
derechos fundamentales de los prójimos.  
Propenden también, y cada vez más, a afirmarse en un nacionalismo a ultranza que propaga un clima-ambiente contra 
el Occidente -y el cristianismo de las iglesias europeas, católicas, anglicanas y protestantes- por el pasado colonialista 
y por el actual neocolonialismo. El Occidente, admirado secretamente en estos ambientes por su tenor de vida y sus 
adelantos técnicos, es presentado como el causante de los muchos males que aquejan al continente africano -lo que 
no carece de razón- y como una cultura en lucha contra la peculiariedad propia de los pueblos africanos, incluso en la 
esfera de lo religioso. Este anti-occidentalismo obra como banderín de enganche, sobre todo entre la juventud africana 
y más si se trata de una juventud estudiantil y profesional. De aquí a motivar un fundamentalismo religioso-nacionalista 
contra las Iglesias de cuño europeo y occidental, no hay más que un paso, y las sectas y las Iglesias independientes lo 
están franqueando cada vez más.  
Las muy difíciles condiciones económicas y socio-políticas en que se debaten las sociedades africanas de hoy, son 
terreno abonado para la propagación de las sectas. El político, consciente de que su poder -y aun su vida- están 
amenazados por sus adversarios de la oposición política, legalizada o clandestina, se sentirá llevado a invocar la 
intervención de «poderes» sobre humanos o sobrenaturales, en un curioso -pero normal- retorno a tiempos anteriores. 
La familia incapaz de adquirir los fármacos modernos, recurrirá a la medicina tradicional -lo que podría ser bueno- a 
través del «curandero-brujo», lo que, además de no ser tan recomendable por la intervención de la brujería, supone un 
retroceso a prácticas ya superadas por la modernidad. El joven que no encuentra trabajo y que se encuentra reducido 
al anonimato en algún suburbio, lejos muchas veces de su gran familia tribal o clánica, se acogerá al calor de la 
comunidad sectaria y establecerá con sus componentes unos lazos fuertes de amistad y, si es posible, de ayuda. Las 
sociedades africanas se han desestructurado en pocos años; los individuos «flotan», sin raíces ni fundamentos. La 
secta les ofrece comunitarismo, escucha amable de sus sufrimientos y frustraciones, una gama rica y siempre 
renovada de transmisión simbólica a las «fuerzas cósmicas» o a Dios del mensaje que el triste y desamparado 
creyente desea comunicarles...  
Se explica en razón de la situación actual del hombre africano y de las ofertas que a las sectas les ofrecen, que la 
expansión de éstas sea espectacular en sí misma, preocupante para la Iglesia, peligrosa para la sociedad. Calculaba el 
sociólogo Barret, en 1967, que el número de las sectas africanas u operantes en el continente africano podía elevarse 
a unas 6.000. Dieciséis años más tarde, en 1983, el padre Hebga las cifraba en unas 10.000. El misionero Schuetiste 
padre Jean Peeters, en mayo de 1989, afirmaba que esta estadística estaba ya ampliamente sobrepasada. Es posible 
que hoy se pueda y deba hablar de unas 20.000 a 25.000.  
También estará, sin duda, sobrepasado el dato que en 1968, asignaba a un barrio de Kinshasa de 50.000 habitantes la 
cifra de no menos de 600 lugares de culto, la mayoría de ellos pertenecientes a sectas; o el que poco antes, en 1981, 
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contabilizaba hasta 251 asambleas, en su mayoría sectarias, en un perímetro de ocho kilómetros, en la vecindad de 
Oyo, en Nigeria.  
El fenómeno de las sectas e Iglesias independientes en Africa no es, ni mucho menos, un grano de anís. Los antiguos 
poderes coloniales lo advirtieron pronto; y la historia de algunas de estas sectas e Iglesias independientes cuenta con 
su propio martirologio. La colonia creyó acabar con la «epidemia» arrestando y encarcelando a los líderes sectarios y a 
los «profetas» opuestos a la colonización. No consiguió sino crear la figura del «héroe», del «perseguido por la santa 
causa», en ocasiones del «mártir». Y la persecución, como siempre ocurre, fortaleció a la naciente comunidad y le dio 
nuevas alas para su expansión.  
En algunos casos extremos, particularmente en las sectas de naturaleza «mesiánica» y «profética», como la 
denominada «lassysme» o las más conocida como secta «matsuanisma», el presunto profeta o presunto mesías 
obscurecen y hasta anulan la figura de Jesucristo. Hatsua, fundador de la secta que lleva su nombre, es promocionado 
como el «Cristo negro», en parangón de autoridad divina con Jesús de Nazaret y como alternativa a éste, que es el 
«Cristo de los blancos», en tanto Matsua es el Cristo de los negros. La componente racista o, al menos, nacionalista 
que caracteriza a las sectas proféticas y mesiánicas, favorece, sobre todo hoy, la concientización sobre los valores -
reales o presuntos- de la «autenticidad» africana, esto es, de todo el conjunto cultural-religioso, vivido de por siglos, de 
las sociedades africanas pre-coloniales. Es la respuesta más cumplida y vivaz al neo-colonialismo cultural que está 
desarbolando el alma africana.  
La práctica de «las curaciones milagrosas», realizada según los ritos más tradicionales y que sólo son comprensibles a 
partir de los criterios que sostiene la tradición cultural africana sobre el origen espiritual y social de la enfermedad, 
ocupa un puesto central en muchas de las sectas proféticas y mesiánicas. Cuando esta vuelta a la tradición ocupa la 
atención mayor de las sectas, éstas comienzan a ser clasificadas como «indigenistas»; pero es preciso advertir que 
esta clasificación es válida, y cada vez más, para todas las sectas e incluso para las iglesias independientes. Africa 
sale por sus fueros. La mezcla de elementos proféticos, mesiánicos e indigenistas es cada vez mayor. Y todo ello, 
además, condimentado por corrientes pentecostalistas y carismáticas.  
Sobre este particular conviene andar con mucho tiento. El cristianismo africano entra fácilmente en la línea de los 
carismáticos y de los pentecostalistas; lo que, en principio, no es objetable sino plausible. De hecho, muchas pequeñas 
comunidades, plenamente ortodoxas, pueden calificarse de carismáticas o de pentecostalistas.  
Ocurre, sin embargo, que con extrema facilidad estas comunidades segregan líderes cuya relación con la Iglesia 
«oficial» presenta más de una duda. Si se produce algún choque importante entre el líder y la jerarquía, la comunidad 
carismática o pentecostalista, suele separarse de la iglesia «oficial». Emprende así un camino que, en el Africa 
religiosa de hoy, deriva pronto en una nueva secta. Se puede decir lo mismo, aunque con extrema prudencia, de 
ciertos movimientos calificados de «revivalistas» o de «renovación». El cristianismo «oficial» ha cumplido ya, en la 
mayor parte de los países africanos, sus cien primeros años. El fervor de los primeros tiempos ha ido apagándose con 
el paso del tiempo y el cambio de las generaciones o por el paso del tiempo y el cambio de las generaciones o por el 
peso del secularismo-ambiente que está invadiendo el continente por medio del neo-colonialismo cultural. Estos 
movimientos de revitalización de la vida espiritual -con acusados llamamientos a la conversión y a la renuncia de 
Satanás- suelen querer permanecer en la comunión católica. No siempre lo consiguen. La incomprensión por parte de 
la gran comunidad, los roces con los párrocos y los obispos, un cierto aire de superioridad de los «realmente 
convertidos» sobre los menos coherentes con las exigencias del Evangelio, dificultan mucho la unidad; pero aun 
cuando puedan asumir algunos perfiles de las sectas, no está claro que se les pueda adscribir a título pleno en las 
características mayores de las mismas. Hay en muchos de estos grupos una pronunciada falta de identidad entre 
seguir siendo parte de la Iglesia -o de las Iglesias- o estar avanzado «por libre». Muchos de sus componentes no 
sabrían responder a carta cabal a esta pregunta.  
Como no lo sabrían, igualmente, muchos de los miembros de las sectas hechas y derechas si se les preguntara por su 
pertenencia real a alguna de ellas. La mezcla de elementos, ya señalada, facilita la confusión, ciertamente, y facilita, 
sobre todo, que el fiel pueda pasar de una secta a otra sin el menor reparo. El trasiego de fieles de un grupo sectario a 
otro es, también, una característica a tener en cuanta.  
Interpelación a las Iglesias 
Todos los que observan el fenómeno sectario en Africa están acordes en afirmar que la expansión de la sectas 
representa un peligroso desafío a la Iglesia y a las iglesias «oficiales». Por ahora, el número de los católicos que 
abandonan la comunidad católica y se pasan a alguna o algunas sectas, no es -por lo que parece- demasiado notable; 
sí lo es, por el contrario, el de los que, manteniéndose en la comunidad eclesial, frecuentan con mayor o menor 
asiduidad los ritos y liturgias de las sectas o el de los que retornan a prácticas del «animismo» tradicional. Algo tienen 
las sectas que les atrae; algo tiene la Iglesia que les resulta insatisfactorio. Primera constatación de no pequeña 
importancia.  
Las sectas proliferan, principalmente, entre la gran masa de los que todavía siguen fieles a las religiones tradicionales. 
El «indigenismo» de las sectas es una como prolongación de la religión tradicional, aunque más ilustrada y 
sistematizada que en la fe y el ritual animista. Las influencias cristianas, a comenzar por la lectura de la Biblia, 
confieren a las sectas, en su dimensión «indigenista», un aire de modernidad. Es el paso de la religión tradicional u oral 
a la condición de religión del Libro sagrado. Y este hecho -se reconozca o no explícitamente- confiere a las sectas una 
mayor autoridad. Con el añadido de que la lectura de las Sagradas Escrituras es fundamentalista o literalista por un 
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lado, y selectiva, por otro. Las sectas priman el Antiguo Testamento sobre el Nuevo; y de éste destacan con 
fascinación el Libro del Apocalipsis.  
Las sectas surgidas de las comunidades protestantes o que han experimentado el impacto ideológico-religioso de las 
sectas occidentales-asiáticas -como los Testigos de Jehová o los Moon-, suelen caracterizarse por un fanático 
anticatolicismo. La designación de la Iglesia católica como la moderna Babilonia, los ataques a la devoción mariana, el 
odio al Papa y a la jerarquía, son trazos muy presentes y actuantes es estas sectas. Las de condición mesiánica y 
profética, añaden a este trazo el de un animado antioccidentalismo o anticolonialismo. También este dato merece una 
larga consideración por parte de la comunidad católica.  
Hay que constatar por último que muchas de las sectas africanas -y no sólo de procedencia occidental- cuentan de 
unos años a esta parte con abundantes recursos económicos y con cuantiosos materiales propagandísticos. A esta 
constatación hay que añadir una segunda y probablemente complementaria: las sectas se ven potenciadas desde el 
exterior del continente africano en la medida en que la Iglesia católica comienza a comprometerse con mayor decisión 
en los problemas de la justicia, de la defensa, de los derechos humanos y de la dignidad del hombre, de la 
implantación de regímenes democráticos y, sobre todo, en el trabajo de una mayor concientización social de sus fieles. 
Este hecho deja entrever que algunos poderes occidentales desean un Africa desestructurada o automatizada, con una 
profesión religiosa evanescente y descomprometida, irracionalista, mágica y crédula.  
No todo, sin embargo, es descompromiso y evanescencia, irracionalismo, magia y credulidad. Es ya voz casi común, 
por ventura, que las sectas responden de modo mucho más adecuado que la Iglesia católica a las demandas del alma 
religiosa de los africanos y a la carencias sociales y psicológicas de un continente en situación de crisis generalizada. 
Este juicio conlleva dos conclusiones importantes: la Iglesia en Africa ha de proceder con la mayor urgencia a una 
audaz inculturación de la fe cristiana y tiene que cambiar -aligerar- sus estructuras organizativas. Es espontáneo 
recordar, a este respecto, el éxito alcanzado en la primera mitad del siglo XVII por un tal Francisco Kassola, joven 
congoleño, bautizado por los misioneros jesuitas, fundador de un movimiento autónomo y autóctono que arrastró a 
grandes masas. La inculturación, con acusados excesos, que promovió al cristianismo a la peculiaridad religiosa de sus 
connacionales, sigue siendo aún hoy un lugar de referencia por su propósito de renovar la religiosidad tradicional y 
hacerla compatible con los datos mayores de la fe cristiana. Muchos de los líderes sectarios de hoy -como Harris, 
Kimbargu, Aoko, Oschoffa, Kivuli, Mokono, Lexganyane o Tunolase, entre otros más- reproducen este mismo 
propósito. Lo que indica que el cristianismo no ha sabido encontrar aún un rostro auténticamente africano.  
También resulta inmediata la evolución de la famosa «Doña Beatriz», «profetisa» angoleña a comienzos del siglo XVIII 
en Angola. En ella se encarnan los ideales nacionalistas o anti-colonialistas de muchas sectas contemporáneas. Su 
movimiento político-religioso contra los colonialistas portugueses alcanzó a reconquistar la ciudad de San Salvador y a 
restaurar, contra la lusitana, la monarquía autóctona. Como una «Juana de Arco» a la africana, murió quemada viva, 
por sentencia de la Inquisición, en 1706...  
Las respuestas de la inculturación y de la satisfacción de las aspiraciones sociales y psicológicas que la Iglesia ha de 
dar a las sociedades africanas no pueden ser tímidas. No basta, por ejemplo, con dar luz verde al denominado «rito 
zaireño». No pasa de éste sino el rito romano con ilustraciones autóctonas. Las Iglesias de Africa han de tener un rito 
propio, o mejor, varios ritos propios, según las grandes escuelas culturales del continente, mucho más diversificado 
que lo que creemos los occidentales. Será muy conveniente a este respecto que en Africa se pueda constituir un 
Patriarcado autónomo o varios Patriarcados, capaces de regular los ritos, nombrar a los obispos, dotarse de un código 
de derecho canónico propio, estimular los nuevos ministerios y, sobre todo, proceder a una lectura «a la africana» del 
mensaje evangélico. Hoy por hoy, la Iglesia en Africa es demasiado occidental y la conciencia de una buena parte de 
los africanos, incluso de los católicos africanos, ve a la Iglesia como una religión de importación occidental. Urge 
potenciar las facultades de teología en Africa y poner término a la tradición de formar en Roma a los sacerdotes más 
inteligentes, cantera de los futuros obispos para Africa. Este modo de proceder, que pudo ser necesario ayer, encierra 
hoy más inconvenientes que ventajas; éstas se agigantan cuando se lleva a Roma a seminaristas y... catequistas. La 
tarea de la inculturación se verá gravemente obstaculizada mientras los líderes católicos africanos hayan tenido que 
pasar por una etapa de desculturación en las academias occidentales. Estas sabotean, como por necesidad, el genio 
religiosos de los seminaristas, catequistas y sacerdotes africanos. Los líderes de las sectas aparecen como mucho 
mejor capacitados para conectar con el alma africana que los ministros católicos.  
Hay que creer en la fuerza del Espíritu y en la catolicidad del Evangelio, dado por Dios a los hombres de todas las 
culturas. Hay que arriesgarse a una posible aparición de herejías y de cismas, como ha ocurrido anteriormente en la 
expansión de la Iglesia católica en el occidente europeo. No sería buena madre la que, por evitar caídas a su niño 
pequeño, se empeñara en cogerle siempre de la mano. El hijo jamás aprendería a andar por sí solo. No se habría 
caído, pero no se podría nunca poner en pie. 
 

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