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SECTAS RELIGIOSAS


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SECTAS 
RELIGIOSAS                                   
ÍNDICE 
  
PRESENTACIÓN                                                       
UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO 
CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD 
LA MALA PRENSA 
LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES 
LAS SECTAS Y LA POLÍTICA 
LA ETERNA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO PERDIDO 
EL MERCADILLO ESPIRITUAL DE NUESTROS DÍAS 
LAS OFERTAS ESPIRITUALES 
LA ERA DE ACUARIO 
LA RELACIÓN CALIDAD-PRECIO 
LA LIBERTAD DE ESPÍRITU 
CÓMO ENTRAR Y PERMANECER EN UNA SECTA 
CONSUELO PARA LOS DESENCANTADOS DE LA VIDA 
EL TURISMO   
CREER O NO CREER, DOS EXTREMOS DE UNA VARIABLE 
LA EXPERIENCIA MÍSTICA Y EL FANATISMO 
EL RACISMO SECTARIO 
EL ATEÍSMO  
LAS FINANZAS 
EL DUDOSO SIGNIFICADO DE LA TERMINOLOGÍA ESOTÉRICA 
LA ALIMENTACIÓN 
EL AYUNO 
RENACER A UNA NUEVA VIDA 
DIFERENTES FORMAS DE MEDITAR 
LOS CHACRAS 
EL YOGA  
LA RELAJACIÓN 
LA VISIÓN 
LA PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL 
PERCEPCIONES EXTRASENSORIALES EN HERMANDAD 
LA ATMÓSFERA SAGRADA 
LAS REALIDADES VIRTUALES ESPIRITUALES 
LA TRANSMUTACIÓN DE LAS ENERGÍAS 
LA ASTROLOGÍA  
EL YIN Y EL YANG, EL KI Y EL PRANA 
INTENTOS UNIFICADORES 
DIFERENTES FORMAS DE INTENTAR LLEGAR A DIOS 
LOS MEDIADORES 
EL GRAN FRAUDE ESPIRITUAL 
LOS GURÚS 
LA CREACIÓN DE MITOS 
JESUCRISTO 
EL PECADO, LA CULPA Y EL KARMA 
LA POBREZA Y LA RIQUEZA 
EL SERVICIO A LOS DEMÁS 
FORMAS Y COLORES 
LA MÚSICA Y LA DANZA 
ABRAZOS BESOS Y CARICIAS 
LA DROGADICCIÓN MÍSTICA 
LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL 
CON O SIN RAZÓN 
RELIGIÓN O CIENCIA 
CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES  
LAS INICIACIONES 
LOS INDICADORES DEL RUMBO 
SECTAS DESTRUCTIVAS 
EL LAVADO DE CEREBRO  
LA DESPROGRAMACIÓN 
LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES 
CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES 
LAS TOXICOMANÍAS 
LA SANACIÓN 
EL EXORCISMO 
LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS 
LA REENCARNACIÓN 
EL DESTINO 
LAS ARTES ADIVINATORIAS 
LOS PODERES SOBRENATURALES 
MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA 
EL SEXO 
CASTIDAD O PROMISCUIDAD 
EL TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL   
LAS TRAICIONERAS PASIONES                      
LA VIOLENCIA Y EL INSTINTO DE MUERTE 
EL PACIFISMO 
SECTAS TERRORISTAS 
LA PACIFICA DEMOCRACIA 
TERRORISMO POLÍTICO 
MENSAJES DEL MÁS ALLÁ 
REVELACIONES PUBLICADAS 
LAS PROFECIAS 
EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS 
LAS SEMILLAS DEL SUICIDIO COLECTIVO 
LOS MILAGROS 
LA ETERNA JUVENTUD  
(FIGURA) 
REPASO ESQUEMÁTICO 
EL AMOR 
DIOSES A LA CARTA 
EL FUTURO 
CONCLUSIONES FINALES 
MANIFIESTO REVOLUCIONARIO 
LA HIPÓTESIS 
NUESTRO MUNDO VIRTUAL 
AMOR REAL O AMOR VIRTUAL 
UN POCO DE FILOSOFÍA 
DEDICADO A LA PSICOLOGÍA 
LA SALIDA O EL DESPERTAR 
EL MAL 
SOBRE EL TERROR 
EL PROGRAMA 
EL INSTINTO RELIGIOSO 
PAUTAS DE DESPROGRAMACIÓN 
DESPEDIDA     
==========================                                    
PRESENTACIÓN   
Cuando los populares ámbitos culturales de nuestra civilización no satisfacen plena-
mente nuestra sed de conocimiento, y estamos dispuestos a aumentar nuestro saber más allá 
de los cánones establecidos, es habitual recurrir a otros medios especiales de enseñanza que 
nos ayuden a traspasar las barreras del saber tradicional.  Entre estos medios didácticos se 
encuentran las sectas, escuelas dispuestas a desvelar grandes misterios y a dar repuesta a las 
grandes preguntas transcendentales que siempre se ha hecho el hombre.  
Lamentablemente, las personas que eligen una secta para satisfacer su natural impulso 
de aprender, suelen encontrarse con problemas extraordinarios, con situaciones imprevisibles, 
e incluso pueden correr graves peligros.  De tal forma que sus expectativas de aprendizaje, 
además de resultar frustradas, pueden convertirse en un sinfín de inesperadas desgracias.  
Riesgos favorecidos por la notable falta de información que el ciudadano medio tiene de lo 
que realmente sucede en el interior de las sectas,    
A pesar de que en los últimos años se está prestando una atención especial al fenóme-
no sectario, apenas disfrutamos de informaciones precisas, equilibradas y objetivas.  Frecuen-
temente, cuando la información no nos llega a través de un descarado proselitismo, son ex-
miembros de sectas los que nos transfieren testimonios nublados por sus resentimientos, o son 
comentaristas que a priori descalifican toda actividad sectaria, influenciados por la mala fama 
que las sectas tienen en nuestra sociedad.  Informaciones muy a menudo tan superficiales que 
no llegan ni a mostrarnos la punta del iceberg de lo que realmente se vive en el interior de 
estas asociaciones.    
Paseo por el interior de las sectas pretende cubrir el vacío informativo que existe 
entre las posturas extremistas de los fanáticos creyentes y la dura oposición de los detractores 
intransigentes con toda forma de asociación esotérica o religiosa poco corriente.  La lectura 
de este libro invita a recorrer las sendas que conducen a los ocultos parajes sectarios, exami-
nando los detalles más importantes de los diferentes caminos, estudiando el mundo esotérico 
con profundidad, de forma imparcial, sin pasiones cegadoras ni deslumbrantes fanatismos.  
Pero, siempre, con el primordial objetivo de informar sobre los peligros y engaños que tanto 
abundan por esos caminos del alma.  Pues, si no evitamos los peligros, y desenmascaramos 
los espejismos, mal vamos a reunir las condiciones necesarias para explorar, con un mínimo 
de calidad, un territorio tan desconocido.  
Dos fueron los impulsos más importantes que me llevaron a lo largo de treinta años a 
recorrer diferentes sectas: por un lado, el hecho de que las enfermedades no me abandonaran 
desde la infancia, me obligó a buscar otros métodos de curación diferentes a los que propor-
cionaba la medicina oficial; y, por otro lado, una intensa llamada mística durante la adoles-
cencia, me afectó de tal manera que no he cesado durante toda mi vida de sondear en la di-
mensión espiritual, con la intención de arrojar luz sobre los misterios escondidos en el  inter-
ior del hombre.  
Los logros conseguidos en la dimensión espiritual son difíciles de pesar y de medir.  
Lo aprendido me sirve para llevarme medianamente bien conmigo y con los demás, y a dis-
frutar de un grado de felicidad de lo más normal.  A pesar de haber pasado tanto tiempo en las 
incubadoras sectarias, no puedo presumir de los grandes éxitos espirituales que tanto se anun-
cian en las sectas.  Lo más sustancioso, probablemente, sea todo lo que he llegado a observar 
y a experimentar, conocimientos de los que pretendo dejar detallada constancia en este libro.    
Los logros conseguidos en la dimensión material ya son más tangibles.  Bien puedo 
decir que evité la muerte gracias a las enseñanzas curativas naturistas y esotéricas.  Cuando, 
allá por mi juventud, la medicina oficial no me daba muchas esperanzas de vida, fue a través 
del yoga como inicié una recuperación que más tarde fue completándose con el uso de otras 
disciplinas esotéricas y medicinas alternativas; hasta que conseguí abandonar mi fatalidad 
enfermiza.  Y, aunque no haya conseguido fortalecer totalmente mi constitución física, 
pues nunca conseguí abandonar la delgadez disfruto habitualmente de buena salud.  
Por supuesto que treinta años no es tiempo suficiente para que una persona experimen-
te al detalle todo el abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo de lo oculto, aunque se 
esté introducido en varías sectas simultáneamente durante algunos años, como fue mi caso.  
Las limitaciones que impone la integridad psíquica del estudiante impiden realizar estudios 
excesivamente intensivos.  Al ser el laboratorio de experimentación uno mismo, resulta muy 
peligroso realizar varios experimentos simultáneos dirigidos por métodos de trabajo dispares.  
Riesgo que no llegué a correr, pues mis intereses personales me llevaron a seleccionar sectas 
de enseñanzas no excesivamente contradictorias.  
A causa de esta selección circunstancial, no podré hablar con la propiedad que ava-
la la experiencia de las sectas de origen satánico, asociaciones que no tuve el gusto de 
conocer.  Por lo tanto, no entraremos en minuciosos detalles sobre la magia negra, aspecto 
esotérico ignorado por la gran mayoría de las vías espirituales que recorrí; mas ello no nos 
impedirá observar el lado oscuro del ser humano.  Las tenebrosas sombras de nuestras pro-
fundidades siempre se manifiestan en cualquier camino esotérico, aunque éste sea un camino 
de luz.  
También excluiremos del minucioso análisis a las sectas de carácter religioso-
militarista.  La violencia es otro mal del que huyen la mayoría de los modernos caminos espi-
rituales occidentales, por lo tanto, no me tocó fomentarla; aunque, como veremos más adelan-
te, no tendremos otro remedio que estudiarla, pues nos la vamos a encontrar de frente incluso 
en los más sosegados senderos de paz. 
A pesar de mis limitaciones experimentales, no nos vamos a privar de estudiar el espí-
ritu humano en gran parte de su extensión.  Los temas que pretendemos analizar son de una 
amplitud tan extensa y profunda que difícilmente se nos escaparán aspectos importantes del 
alma humana.  Tan extenso es nuestro temario de estudio que nos veremos obligados a con-
densar en su esencia todos los temas que vamos a tratar, pues, si no lo hiciéramos así, sería 
imposible incluirlos en un solo volumen.  Cada capítulo de este estudio trata un tema del que 
se podrían escribir varios libros, por lo que nos vamos a ver en la obligación de resumirlos al 
máximo.  Procurando que no se nos quede nada de suma importancia en el tintero, evitaremos 
perdernos en los minuciosos detalles de cada caso particular y procuraremos realizar los co-
mentarios indispensables sobre personas concretas o determinados grupos.  Generalizar 
además de evitarme algún que otro disgusto nos va a permitir hablar sin trabas de todo lo 
que podemos encontrarnos en estos mundos ocultos, y nos ayudará también a enfocarnos en 
lo esencial, a tener una visión global y consistente de los fenómenos más importantes y fre-
cuentes que nos encontraremos.  Extraordinarias pautas de comportamiento se repiten con 
asombrosa asiduidad en estas sociedades sean del color que sean.  Ya se adore a un dios o a 
otro, muy a menudo solamente varía de una secta a otra el grado de intensidad y de calidad 
con que viven sus experiencias.  Por lo tanto, nos enfocaremos en la esencia de las cosas.   
Para el materialismo occidental no hay otro mundo más propicio para andarse por las 
ramas que el espiritual, su carácter volátil invita a convertir el pensar en ave soñadora perdida 
en un bosque de ilusiones.  Resulta habitual centrar la atención sobre las sectas en frivolida-
des acerca de sus personajes o en llamativos aspectos de escaparate de sus doctrinas, sin pres-
tar atención a lo que realmente está sucediendo en el interior de esas personas que las compo-
nen.  
Hemos de ser más rigurosos de lo que hemos sido hasta ahora en el momento de emitir 
juicios o sacar conclusiones.  La mente humana es ciertamente compleja y profunda, y nuestra 
espiritualidad apenas la conocemos.  Siglos y siglos de culturas manipuladas por intereses 
religiosos en el poder nos ha privado de una visión objetiva del fenómeno espiritual del hom-
bre.  El estudio serio de la diversidad de sectas actuales, que emergen en nuestra civilización, 
es indispensable para acercarnos al conocimiento del espíritu humano.  Las sectas están com-
puestas por personas que precisamente están comprometidas con su interior, experimentando 
con su alma.   
Rigurosidad y objetividad serán dos objetivos a los que intentaremos aproximarnos en 
lo posible en este nuestro paseo por las sectas.  Y digo en lo posible porque, en el mundo espi-
ritual, el cientificismo al que estamos acostumbrados los occidentales, en otros diferentes te-
mas de estudio, no se puede aplicar contundentemente cuando estudiamos el espíritu humano.  
Las arenas movedizas, los espejismos, y la imposibilidad de utilizar un sistema de pesas y 
medidas de magnitudes homologadas, en ocasiones hacen desesperarse al intelectual que bus-
ca explicaciones concretas para situaciones determinadas.  Muchas veces habremos de con-
formarnos con retener la mirada allí, hasta donde nos alcance la vista, e intentar describir lo 
que vemos, y quizás añadir algún tímido comentario o sacar alguna atrevida conclusión.  Si 
conseguimos el difícil equilibrio entre el andarse por las ramas y el radicalismo fanático, me 
daré por satisfecho.  Un cierto toque de informalidad nos hará más ameno el esfuerzo que nos 
exigirá mantenernos en tan difícil equilibrio.  
No soy poseedor de ningún título ni medalla a pesar de haber dedicado gran parte de 
mi vida al estudio de nuestros mundos interiores.  No me considero maestro de nada ni de 
nadie, quizás porque en vez de dedicarme a acumular conocimientos en una doctrina determi-
nada, y a alcanzar en ella alguna elevada categoría, me he dedicado a caminar por los mundos 
esotéricos, observando todo lo que se ponía a mi alcance, y aprovechándome de aquello que 
consideraba bueno para mi persona; interesándome en unos casos por una doctrina y en otros 
por otra. 
En la actualidad no pertenezco a ninguna secta en concreto, a pesar de haber pertene-
cido a muchas de ellas.  No soy muy bien visto por mis antiguos hermanos .  La mayoría de 
las sectas se consideran insuperables en sus funciones aquí en la Tierra, y no entienden muy 
bien que me haya alejado de ellas para acudir a la competencia en muchas ocasiones 
después de haber probado sus insuperables glorias divinas.   
La verdad es que, desde el punto de vista de estos grupos de trabajo espiritual, mi 
aprendizaje se puede considerar un fracaso.  Ya me vaticinaban que con tanto cambio de doc-
trina, de ambiente religioso, de terapia, no iba a obtener buenos resultados espirituales.  Y 
cierto es que algo de razón llevan, cambiar de método didáctico puede perjudicar un aprendi-
zaje determinado; pero también ofrece, a la persona que así se comporta, un análisis compara-
tivo entre escuelas difícil de conseguir de otra manera, a la vez que nos descubre aspectos de 
nuestra mente muy difíciles de descubrir por las personas que se dedican de por vida a un 
mismo camino espiritual o religión.  
Recorrer diversos caminos espirituales también puede ayudarnos a ser imparciales en 
nuestras conclusiones.  Procuraremos no emitir juicios bajo el prisma de ninguna doctrina, 
filosofía o religión.  Ésta será una de nuestras metas más importantes: evitar los abundantes 
partidismos divinos que observaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas.  No nos 
resultará fácil, pues, como veremos, el fanatismo nos esperará detrás de cada recodo del ca-
mino.  
Con este libro espero satisfacer, con cierto grado de calidad, la curiosidad de aquellas 
personas que se interesan por todo aquello que sucede en estos grupos o sociedades.  Es mi 
intención aportar mi granito de arena a la creciente demanda de información sobre las sectas 
de nuestra sociedad, procurando extenderme en aquellos aspectos importantes que se ignoran 
en las informaciones que habitualmente se dan sobre el tema. 
Este libro también puede utilizarse como una introducción o una guía para quienes de-
seen adentrarse en el mundo del ocultismo o para quienes ya están en su seno.  Y, los detrac-
tores de las sectas, aquí encontrarán argumentos más que suficientes para documentar al deta-
lle sus típicas condenas al fenómeno sectario.  En las dimensiones espirituales suele suceder 
que cada uno encuentra lo que busca.   
Espero abordar con el mayor grado de imparcialidad que esté en mi mano la escritura 
de este libro.  Siento desengañar a quienes esperen de mí una férrea postura a favor o en co-
ntra de las sectas en general.  A pesar de que pueda dar a entender que estoy en algunas oca-
siones a favor de ellas cuando hable de sus gozos, o en contra cuando informe de los engaños 
y peligros que se dan en su seno, no estaré sino informando fríamente de lo que sucede en su 
interior. 
En la actualidad, como en cualquier otro periodo histórico, las sectas son condenadas 
por la sociedad dominante en la mayoría de los países del mundo; más por tradición, o como 
defensa de determinados intereses, que por un conocimiento de lo que realmente sucede en el 
interior de ellas.  Nuestro nivel cultural nos exige informarnos más adecuadamente antes de 
emitir juicios, aunque tengamos que hacer un esfuerzo intelectual extra, pues el estudio de las 
sectas nos obliga a profundizar en el ser humano.  Nuestro paseo por el interior de las sectas 
es también inevitablemente un viaje a nuestro interior.  Los temas que aquí tratamos son difí-
ciles de entender.  Y los idiomas, sobre todo los occidentales, no están diseñados para definir 
todos los matices espirituales que un ser humano puede llegar a experimentar.  Faltan palabras 
en nuestros diccionarios, y las que tenemos a duras penas podemos utilizarlas correctamente 
para describir con claridad los fenómenos esotéricos.  Aun así intentaremos detallar lo mejor 
posible aquello que nos iremos encontrando en nuestra exploración de los mundos espiritua-
les.  
Teniendo en cuenta que no serán las dificultades idiomáticas el principal obstáculo pa-
ra entender este libro.  En muchas ocasiones no podré hablar tan claro como quisiera, para 
evitar en lo posible herir susceptibilidades, y, sobre todo, para evitar desatar por la cuenta 
que me tiene la temible furia mística que experimentan algunos creyentes cuando se 
cuestionan sus creencias.  Aunque sé que no siempre podré conseguirlo por completo.  Ya el 
abordar con lógica humana los grandes misterios divinos será un sacrílego atrevimiento para 
muchos creyentes.  Como también lo será la decisión que me he visto obligado a tomar de 
escribir la palabra dios siempre con minúscula para salvaguardar la imparcialidad de este es-
tudio.  Las reglas ortográficas nos dicen que habremos de escribir con mayúscula la palabra 
dios y sus atributos, siempre y cuando nos refiramos al dios verdadero.  Sin embargo, en 
nuestro pasear por el interior de las sectas, nos vamos a encontrar con tal cantidad de dioses 
diferentes, considerados verdaderos por sus seguidores, y vamos a tratar tantos de sus aspec-
tos y atributos, que yo me siento impotente para saber cuando hay que hacer uso de las ma-
yúsculas y cuando no.   
Conviene recordar que nuestra lengua nació bajo influencias religiosas totalitarias que 
no dejaban lugar a dudas ortográficas.  Nunca nos cupo ninguna duda de qué deidad tendría-
mos de escribir con mayúscula y cuales no, (entre otras cosas porque si alguien se atrevía a 
dudar le cortaban la cabeza).  Pero, si hemos de ser objetivos e imparciales en el presente es-
tudio, no debemos de hacer uso de estas normas ortográficas interesadas.  Sé que esta decisión 
puede escandalizar a muchos creyentes, pero si no lo hiciésemos así también se escandalizarí-
an, pues les resultaría ofensivo si escribiéramos con mayúscula la palabra dios cuando nos 
refiriéramos a otra deidad infinita no reconocida por ellos.  Lamento tomar esta decisión por 
la incomodidad que puede llegar a crear.  Probablemente sean los ateos los únicos que estén 
satisfechos con esta medida ortográfica.  Con ello no estoy haciendo una defensa del ateísmo, 
sencillamente estoy abogando por un idioma espiritual imparcial al relatar todo lo que nos 
vamos a encontrar en nuestro camino.  Lamentablemente, es muy probable que muchos ateos 
también se sientan indignados al leer estas paginas, pues, aunque escribamos la palabra dios 
con minúscula, no negamos la existencia de la divinidad.  
Y ya, para concluir esta presentación, mostrar mi agradecimiento a todos los maestros, 
gurús, instructores, sacerdotes, sanadores, y predicadores que me han transferido sus enseñan-
zas; y, a la vez, pedirles disculpas por hablar de ellas en este libro; así como también pido 
perdón por atreverme a comentar aspectos íntimos tanto de ellos como de sus sociedades.  
Ruego también se me disculpen las audaces conclusiones que en ocasiones me atrevo a for-
mular.  No es muy típico en las sectas que los acólitos cometan semejantes osadías.  Lamento 
violar el servilismo intelectual del que como buen sectario siempre hice gala.  Actúo así 
con la esperanza de que mi atrevimiento sirva para arrojar un poco más de luz sobre las in-
mensas sombras que invaden los caminos espirituales.   
UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO   
Desde tiempos inmemoriales el hombre a hecho uso de su facultad de reunirse en gru-
pos o sociedades de individuos con ideologías, propósitos o aspectos religiosos en común.  El 
consenso da firmeza a las opiniones o a las decisiones.  Y las experiencias religiosas alcanzan 
un notable grado de realismo cuando se viven en hermandad.  Todo grupo compuesto por 
individuos con intereses afines poco comunes puede alcanzar una convincente visión del 
mundo diferente a la de los demás y actuar en consecuencia.  Esta diversidad de opiniones y 
propósitos ha sido la causa de innumerables dramas históricos.  Cuando las opiniones o las 
actividades de estos grupos se oponían al sistema dirigente del momento o al grupo dominan-
te, eran perseguidos, en ocasiones con gran ensañamiento.  Los grupos discrepantes solían 
verse obligados a reunirse en la clandestinidad para protegerse, para mejor compartir sus vi-
vencias, o para llevar a cabo las intrigas o ataques contra el poder dominante si el grupo de-
seaba derrocarlo.  De esta forma surgieron las sectas.  
Obviamente, el grado de clandestinidad venía impuesto por el grado de discrepancia o 
de agresividad contra el poder social, y el grado de permisividad del sistema dominante o del 
gobernador de turno.  Cuanto más revolucionario era un grupo social, más se tendría que con-
vertir en una secta si deseaba sobrevivir.  La clandestinidad y el sectarismo, han sido ingre-
dientes claves en el devenir histórico de la Humanidad.  Infinidad de grandes cambios socia-
les se engendraron en el seno de sectas.  
En unas ocasiones el sectarismo vino propiciado por la intransigencia del poder go-
bernante, representado en la antigüedad la mayoría de las veces por severas y totalitarias dei-
dades.  Cualquier grupo que se atreviera a pensar de forma diferente a esos dioses totalitarios 
era severamente castigado.  En esas sociedades el sectarismo era algo natural, un sistema de 
agrupación obligado cuando los individuos intentaban hacer uso de su libertad de pensar.  
Pero, en otras ocasiones, el sectarismo surgía en sociedades que acogían gran diversidad de 
culturas y de religiones.  En estos casos eran los grupos sectarios los que enarbolaban ideolo-
gías intransigentes con las libertades sociales, en su clandestinidad no se escondía una ideolo-
gía liberadora, sino una ideología opresora de las libertades de culto y del pensamiento. 
En unos casos u en otros, si la revolución sectaria no se aplastaba en sus principios, y 
seguía adelante hasta alcanzar el poder, era enorme el precio que había que pagar en vidas 
humanas, en torturas y en persecuciones, hasta que las nuevas ideas lograban imponerse.  Y 
cuando lo conseguían, el grupo responsable de ellas alcanzaba el poder, se hacía con el sello 
divino; y vuelta a empezar. 
Las religiones universales han conseguido su expansión a base de duras luchas en el 
pasado.  Y aunque ahora sean las religiones oficiales de diferentes países, en sus principios 
fueron sectas que con gran esfuerzo consiguieron el poder que ahora tienen. 
No existen apenas grandes diferencias esenciales entre los grupos o sociedades de ca-
rácter místico, esotérico, espiritual o religioso, porque unos sean oficiales y otros clandesti-
nos.  Las religiones oficiales de los diferentes países son consideradas sectas en otros países 
que no las acogen como verdaderas.  Unas agrupaciones sectarias alcanzan la popularidad y el 
poder en diferentes zonas del mundo, y otras continúan en la sombra esperando que les llegue 
la hora del éxito.    
Sin intenciones peyorativas, en el presente estudio incluimos a las religiones oficiales.  
Espero que nadie se avergüence de sus orígenes.  Además, aunque no se trate expresamente 
de sectas, las religiones universales, gracias a su enorme extensión, tienen abundantes ramifi-
caciones sectarias: confraternidades que trabajan de forma soterrada en beneficio de su reli-
gión universal. 
No se pueden estudiar las sectas sin estudiar el fenómeno religioso en general.  Nues-
tro paseo por el interior de las sectas es también un paseo por el interior de las religiones, e 
inevitablemente por el interior del hombre.  Obviar la complejidad y la extensión de la espiri-
tualidad humana, y su evolución a través del tiempo, es uno de los grandes errores que se co-
mete a menudo a la hora de estudiar las sectas.  
Entre las antiguas sociedades con mayor permisividad religiosa resalta Babilonia.  To-
dos la recordamos como un desmadre social castigado por la ira divina.  Versión particular de 
las escrituras sagradas hebraicas que nos enseñaron en las escuelas, historia sagrada que tiene 
muy poco de Historia aunque tenga mucho de sagrada para quienes creen en ella.  
En otras sociedades también permitieron cierta convivencia entre diferentes dioses en 
sus paraísos particulares como por ejemplo en Egipto, en Grecia y en la India , deidades 
que se repartían todas las dimensiones humanas, circunstancia consentida por los antiguos que 
se empeñaban en ver a sus dioses en acción en todo aquello que les rodeaba o les sucedía.    
Hasta la llegada del cristianismo y del Islam, multitud de dioses y sus seguidores, tole-
rantes con el resto de las deidades, convivían en amplias zonas del planeta, sin necesidad de 
esconderse ni de convertirse en sectas.  El pueblo judío era de los pocos que se negaba a co-
habitar con otros dioses, mas no les quedaba otro remedio que hacerlo, pues el politeísmo era 
algo natural en las sociedades en las que llegaron a vivir.   
La Meca, antes de la llegada de Mahoma, fue otra gran ciudad acogedora de un gran 
número de divinidades, gran cantidad de ídolos se agrupaban en la Caaba, en sana competen-
cia. 
Estas deidades, ya fueran más o menos permisivas con las demás, siempre estaban pre-
sentes en la vida de los pueblos.  Había deidades para todas las actividades humanas, con sus 
templos, sacerdotes y seguidores.  La prosperidad de todo pueblo debía de estar cuidada por 
las divinidades.  Naturalmente, las que adquirían un mayor protagonismo eran aquellas que 
ayudaban a ganar las batallas o dirigían los pasos de los gobernantes en el poder, (cuando los 
gobernantes no se erigían en dioses vivientes, naturalmente). 
En sus principios, tanto los mahometanos como los cristianos podrían haber convivido 
en paz con el resto de seguidores de otros dioses, pero su voracidad destructiva de toda deidad 
antigua, que no fuera la suya, les obligó a convertirse en sectas perseguidas.  Hasta que alcan-
zaron el poder e implantaron sus regímenes totalitarios por gran parte del mundo, obligando 
así a convertirse en secta clandestina a los seguidores de otras deidades, a los políticos y mili-
tares independientes, e incluso a las agrupaciones de pensadores o filósofos no creyentes. 
(Para evitar extendernos excesivamente en este capítulo, estamos evitando hablar de 
otras civilizaciones del mundo, que poco tuvieron que ver en el desarrollo de la nuestra.  Esas 
culturas que apenas influyeron en  nuestro devenir histórico son cimientos de otras civiliza-
ciones que no difieren en demasía de algunas de las etapas históricas de nuestra civilización 
occidental.  Y en los países subdesarrollados podemos observar que viven en circunstancias 
sociales semejantes a alguna de las etapas de nuestro pasado histórico.  Donde las sectas tie-
nen un protagonismo tan importante como lo tuvieron en las sociedades de nuestros antepasa-
dos). 
En contraposición al fenómeno religioso, probablemente fue en Grecia donde un grupo 
de personas llamadas filósofos empezaron a cuestionar la validez de las divinidades en los 
asuntos de los hombres.  La creación de la filosofía elevó al pensamiento humano y a la razón 
por encima de los caprichos de los dioses (conveniente es recordar que los dioses del Olimpo 
eran excesivamente caprichosos).  La germinación de las diferentes semillas filosóficas 
comenzó a concebir sistemas de gobierno que prescindían en un grado notable de los 
sacerdotes.  La cultura griega creó la democracia.  Más tarde, en los primeros tiempos 
gloriosos del imperio romano, la separación entre la política y la religión se hizo más 
palpable, aunque no definitiva, pues todavía se solicitaba el apoyo de los dioses en las batallas 
y se consultaba el oráculo para recibir su consejo en las grandes empresas. 
Los personajes filosóficos, políticos y militares de todo el mundo iban robando la con-
fianza que el pueblo depositaba en a las fuerzas divinas.  Pero la religiosidad no se dio por 
vencida, y dio tan fulminantes coletazos en la edad media que aplastó las tímidas intentonas 
de apartarla de la escena social.  Tanto el cristianismo como el Islam alcanzaron un gran po-
der y acabaron con la libertad de culto y de pensamiento religioso. 
Durante muchos siglos el sectarismo estuvo propiciado por la intransigencia de estos 
dos sistemas dominantes.  Estas religiones totalitarias impusieron su hegemonía en todas las 
dimensiones humanas.  A poco que la imaginación de los individuos se pusiese en marcha, 
violaba los estrictos cauces culturales marcados por las sagradas escrituras, pues los textos 
sagrados impusieron el dogma de fe en todos los ámbitos culturales así como en el poder polí-
tico.  Uno se convertía en un peligroso hereje por el simple hecho de pensar, y la hoguera u 
horribles torturas era el final destinado a quienes cometían el terrible delito de manifestar su 
libertad de pensamiento.  
Tuvimos que esperar hasta el Renacimiento para presenciar el renacer de las liberta-
des.  En Occidente, el cristianismo, debilitado por la corrupción y por las grandes divisiones 
internas, ya no fue capaz de aplastar los nuevos aires revolucionarios, y estallaron con sor-
prendente creatividad las grandes dimensiones humanas sedientas de manifestarse tras tantos 
siglos de represión.   
La filosofía, apoyada por el auge de las ciencias, volvió a cuestionar la prepotencia di-
vina. Y los gobernantes empezaron a independizarse de los dioses.  Pero hubo que esperar 
hasta la llegada de la edad moderna para que las fuerzas de izquierda consiguieran separar 
totalmente a la política de la religión y emprender un tipo de gobierno sin ninguna influencia 
divina.  Fue entonces cuando comenzaron a surgir los cambios sociales más sorprendentes.  
El ejército rojo, en clara lucha contra los poderes religiosos, se empeñó en matar al gran dios 
infinito, quiso aniquilar toda manifestación divina e intentó erradicar de la política todo dog-
matismo religioso.  Pero, sobre todo al principio, las fuerzas de izquierda fueron tan totalita-
ristas como los poderes que pretendían derrocar: tras el déspota autoritarismo de los regíme-
nes marxistas existía un endiosado ateísmo tan tiránico como la fanática religiosidad que in-
tentaban destronar.  Fue un brutal y doloroso cambio, pero esta revolución nos abrió las puer-
tas hacia las libertades actuales, pues, al conseguir separar totalmente a la religión de la polí-
tica, preparó el camino al sistema de gobierno más permisivo de toda nuestra Historia, a la 
actual democracia, exenta de toda influencia divina. 
Al demostrarse que ya no era necesario deidad alguna para gobernar a un pueblo, las 
religiones, destronadas de su reinado, pasaron a un segundo plano y se incluyeron en el saco 
de los movimientos culturales, a la altura de los artísticos o intelectuales, lo que nos permite 
en los países desarrollados volver a disfrutar de una gran variedad de creencias gracias la li-
bertad religiosa.   
Con la llegada de la democracia, los partidos en oposición al gobierno vigente de cada 
país democrático pudieron salir de la clandestinidad, las ideas apoyadas por el pueblo tienen 
ahora cabida en los parlamentos de los países más desarrollados, las ideas políticas pueden ser 
expuestas públicamente por grupos o por individuos sin temor a ser perseguidos por ello.  Las 
sectas de carácter político ya no tienen razón de ser.  Las leyes son las más permisivas en los 
países desarrollados que lo que nunca lo han sido a la hora de permitir agrupaciones de indi-
viduos.  Y también soplan los aires de libertad en la cultura y en la espiritualidad, ningún gru-
po o individuo ha de esconderse por el simple hecho de pensar diferente de los demás o de 
adorar a un dios poco común.  Con la libertad de culto ya no hay motivo en teoría para la 
existencia de las sectas.  Sin embargo, este milenario sistema de agrupación clandestina con-
tinúa existiendo, y las numerosas sectas de carácter religioso, esotérico o espiritual, son una 
sorprendente realidad que no termina de ser asimilada por nuestra sociedad.   
CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD   
Habitualmente se piensa en el delito como la única causa que explica la clandestinidad 
de las sectas, en nuestros tiempos de grandes libertades no parece existir otro motivo para la 
ocultación que las actividades ilegales.  Esta sospecha popular ha llevado frecuentemente a 
las sectas a los tribunales, mas, cuando las denuncias se investigan, la mayoría de las veces se 
demuestra que esas personas no cometen otra infracción que la de pensar diferente de los de-
más.  Y el porcentaje de delitos, de injusticias o de corrupciones, no excede de los que puedan 
tener otro tipo de grupos o comunidades de nuestra sociedad.  
Una de las causas más importante de la clandestinidad de las sectas puede hallarse en 
nuestro comportamiento con ellas.  Por mucho que presumamos de sociedades permisivas, 
todavía no sabemos acoger con naturalidad en nuestra sociedad al profundamente distinto que 
nos vino de afuera, o a quien era como nosotros y ahora ha decidido no serlo.  Nuestra socie-
dad está acostumbrada a las diferencias en el pensamiento filosófico y político, pero no a las 
profundas diferencias en la forma de pensar y de vivir que se pueden alcanzar en el interior de 
caminos religiosos muy diferentes a los nuestros.  Aunque la exótica persona religiosa no 
haga otra cosa hacer uso de las libertades que le otorga la constitución del país libre en el que 
resida, casi siempre tiene esa sensación de persona incomprendida y rechazada por sus seme-
jantes.    
A nuestra sociedad le cuesta acoger a quienes siempre han creado grandes conflictos 
sociales.  No termina de desaparecer de la memoria del pueblo el dramático recuerdo histórico 
de las viejas contiendas sectarias, como tampoco desaparece de la persona sectaria el recuerdo 
de las persecuciones y de las masacres que sufrieron en el pasado los miembros de las sectas.  
Existe un temor recíproco soterrado en la actualidad en la mayoría de las ocasiones  entre 
quienes están dentro y los que están fuera de las sectas, entre quienes siempre fueron enemi-
gos.  Probablemente esa sea la causa más importante que justifica la clandestinidad.   
No terminamos unos y otros de firmar una paz duradera: el mundo siempre ha sido y 
continúa siendo el gran enemigo de las sectas de carácter espiritual; y para el mundo, tras el 
ocultismo sectario, subyace el latente peligro de unas sociedades, que se rigen por patrones 
desconocidos, capaces de derrocar al sistema social vigente, como en tantas ocasiones sucedió 
en el pasado.  
Resulta inevitable un cierto temor provocado por todo aquello que desconocemos.  El 
estudio minucioso de las sectas es la única manera de superar ese miedo ancestral; cuando se 
conocen los peligros, los ataques indiscriminados provocados por el miedo ya no tienen razón 
de ser, y la prudencia sustituye al desasosiego ante lo desconocido. 
Peor lo tiene el sectario para librarse de su condición de perseguido, el temible com-
plejo de víctima lo padecen muchos de los viandantes de los diversos caminos espirituales 
que existen en el mundo, creyentes en que la santidad es sinónimo de martirio.  Tragedia ma-
soquista, deseada y temida, que inevitablemente según muchas doctrinas habrán de pa-
decer las personas que deseen conseguir las más altas gracias que les promete su religión. 
Como vemos, existe más de un argumento para que los miembros de las sectas conti-
núen escondiéndose.  Y todavía nos quedan por nombrar las terribles luchas entre sectas, que 
siempre han sido de una virulencia espantosa entre las más radicales.  En Occidente, en la 
actualidad, aunque la sangre no llega al río, se aprecia una notable violencia soterrada entre 
sectas o diferentes vías espirituales.  Los ataques ya no se efectúan con el filo de la espada, 
como antiguamente, pero las actitudes agresivas entre ellas continúan siendo extremas:  El 
sectario del dios de la competencia no es una persona normal, es un demonio que atenta co-
ntra nuestra doctrina, contra nuestro dios, que por supuesto, es el verdadero .  Argumentos 
como éste abundan en las profundidades sectarias de nuestro mundo civilizado.  Todavía se 
pretende descalificar a la competencia con insultos atroces que incitan a una agresividad mal-
sana.  La lucha por el poder en los territorios celestiales ha sido muy dura, y sigue siéndolo.  
La clandestinidad permite un atrincheramiento, un camuflaje entre las sombras de lo descono-
cido, muy eficaz para desenvolverse en el combate.   
El espíritu de la guerra no termina de desaparecer del alma de los sectarios, espíritu de 
lucha que en ocasiones ni siquiera es consciente, no llega a reconocerse; son otros los argu-
mentos que aducen para seguir escondidos en sus camuflados búnkeres manteniendo a buen 
recaudo los secretos.  Muchos dicen que la profunda sabiduría esotérica resulta peligrosa en 
manos profanas, y que de poco le servirían esos conocimientos al ignorante pueblo, pues no 
está preparado para recibirlos, y se corre el riesgo de que sean mal interpretados.  Argumento 
que podemos considerar válido, y al que podríamos añadir algún otro, como, por ejemplo, el 
mantener bien guardados sus secretos profesionales para evitar que la competencia haga uso 
de ellos.   
La clandestinidad permite a las sectas ocultar parte de sus doctrinas, de sus actividades 
y de sus rituales, reservando ciertas enseñanzas exclusivamente para los iniciados.  El ocul-
tismo tiene su nombre más que justificado.  Ya desde la antigüedad, los chamanes y los brujos 
de la tribu transferían sus conocimientos más profundos de forma oral a los elegidos.  Y hoy 
en día apenas esto ha cambiado.  Incluso en las sectas más pacíficas y más altruistas, forma-
das por personas muy normales, gustan de mantener a buen recaudo todas sus posesiones, en 
este caso posesiones intelectuales de carácter esotérico místico.  Y, como todavía en los dere-
chos de la propiedad intelectual no se incluyen a las iniciaciones esotéricas, la escuela ocultis-
ta en cuestión o el gurú de turno, protegen con el secreto sus habilidades didácticas.  
Otra de las causas menores de la clandestinidad es el hecho de que las doctrinas secta-
rias predican elevados virtuosismos para sus miembros, y si muestran abiertamente que son 
personas muy normales, con sus defectos y sus virtudes, como todo hijo de vecino, su proseli-
tismo podría verse afectado seriamente.  Por lo que les resulta conveniente correr un tupido 
velo sobre algunos de los acontecimientos que suceden en su interior, ya que, como en toda 
asociación de personas normales, se cometen errores humanos, y, si se descubrieran, desvir-
tuarían su carisma divino de cara al público. 
Otra importante causa de la clandestinidad es la mala prensa que tienen las sectas, te-
ma al que le vamos a dedicar un capítulo aparte.   
LA MALA PRENSA  
Allá por los años setenta asistí a una reunión internacional de los miembros de una 
secta de la que yo era adepto.  Esta organización tenía por costumbre no informar a la prensa 
de sus actividades.  Días más tarde leía sorprendido en una revista la noticia de nuestra reu-
nión con todo tipo de detalles: ninguno de ellos coincidía con la realidad, habían sido todos 
inventados, con una imaginación apropiada para la ciencia-ficción, y que nos dejaba a todos 
los asistentes en ridículo.  
Después de aquello empecé a comprender la mala prensa de las sectas.  Pregunté por 
qué no se le daba a la prensa una información detallada de las actividades, ya que no estába-
mos cometiendo ningún delito; pero se me respondió que daba igual: se les dijera lo que se les 
dijera, iban a escribir lo que les diera la gana.   
Yo, ciertamente, me quedé descorazonado.  Cuando una persona está en el interior de 
una secta es porque la considera un tipo de asociación positiva, y le gustaría informar de los 
beneficios que según su parecer puede aportar a la sociedad y a los individuos.
 
Pero cuando uno se da cuenta que se ha metido en una guerra ancestral, entre el siste-
ma dominante y las sectas, toma conciencia de que el proselitismo no es tarea fácil, y que 
aunque a uno le vaya muy bien con lo nuevo aprendido, no es nada sencillo convencer a los 
demás de ello: el sistema social vigente actúa como una enorme secta celosa guardiana de sus 
numerosos adeptos, y hace uso de las artimañas más viles para evitar que ni un solo individuo 
se salga de su costumbrismo, intentando proteger sus cimientos siempre cuestionados por las 
sectas. 
La manipulación de la información es propia de toda contienda bélica y de toda guerra 
fría.  Tal es la mala fama que el sistema dominante puede dar a sus enemigos que puede 
conseguir que el pueblo los aborrezca aunque se trate de virtuosas personas.   
Ha sido tan brutal la cantidad de calumnias que se han publicado en torno a las sectas, 
y es tal la mala fama acumulada por éstas, que cuando te aproximas a alguna de ellas, y sin ni 
siquiera darte tiempo de preguntar, lo primero que les oyes decir es: esto no es una secta ; 
pretendiendo así liberarse de la mala fama que acompaña a ese calificativo; negando lo evi-
dente. 
Nadie debería en nuestros tiempos de libertades avergonzarse de llamar a las cosas por 
su nombre.  No es digno de nuestro nivel cultural esta guerra sucia.  Si bien es verdad que la 
persona con revolucionarias inquietudes esotéricas o místicas ya no tiene ninguna espada que 
penda sobre su cabeza como en la antigüedad, también es verdad que hoy en día se le presio-
na socialmente para que no atienda sus inquietudes acudiendo a grupos de estudio y experi-
mentación religiosa.  No podemos continuar anclados en el recuerdo de la infinidad de trage-
dias que las sectas protagonizaron en la Historia, observando sus actividades como residuos 
de un oscuro pasado. 
Los partidos políticos, los estamentos militares y tantos otros tipos de agrupaciones 
sociales, que en el pasado protagonizaron tantas situaciones dramáticas para la Humanidad, 
ya son aceptados popularmente.  Nuestro nivel cultural ha corregido los errores del pasado y 
gozamos de una convivencia pacífica entre agrupaciones que antiguamente eran nidos de con-
tiendas dramáticas.  Pero ¿qué está sucediendo con las sectas espirituales?  ¿Por qué no son 
aceptadas popularmente?  La mayoría de ellas ya no cometen las brutalidades que cometían 
en el pasado.  ¿Quizás se piensa que son innecesarias sus actividades e incluso dañinas?  ¿Se 
les considera un inútil reducto del pasado a extirpar de la sociedad?  ¿En nuestras relaciones 
con ellas manda más el miedo que la razón?  ¿No será la mala prensa un racismo encubierto, 
una agresividad contra el distinto, contra quienes viven de forma diferente a nosotros?  
Por mucho que nos empeñemos en borrar del mapa a las sectas a golpe de insultos, me 
temo que será imposible.  Mientras no encontremos respuestas a las grandes preguntas sobre 
nuestra existencia, mientras nuestro interior siga siendo un gran desconocido, siempre habrá 
grupos de aventureros dispuestos a surcar los inmensos mares espirituales en busca de res-
puestas.  Fanáticos, muy a menudo, que proclaman a los cuatro vientos su grito de ¡tierra!, 
anunciador del descubrimiento de su soñado paraíso perdido.   
Las sectas tienen tanta razón de existir hoy día como hace siglos.  Los mares del alma 
siguen tan inexplorados como siempre, a pesar de nuestro supuestamente elevado nivel cultu-

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