Don José Cadalso relator de las «Cartas marruecas»

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Maurizio Fabbri 
 
 
 
Don José Cadalso relator de las «Cartas 
marruecas» 
 
 
 
 
 
 
 
 
2003 - Reservados todos los derechos 
 
Permitido el uso sin fines comerciales 
 
Maurizio Fabbri 
 
 
Don José Cadalso relator de las «Cartas 
marruecas» 
 
 
(Universidad de Bolonia) 
 
[125] 
 
     Si no existieran los perceptibles indicios introducidos por Cadalso para atraer la atención 
del lector distraído o demasiado embebido en la lectura, como por ejemplo «... desde la 
última que te escribí», «... no te hablaré en mis cartas», o bien «... de las cartas que recibo 
de tu parte...», podríamos imaginarlos juntos, como sugiere el mismo autor, a nuestros tres 
interlocutores, Ben-Beley, Gazel y Nuño, bien asentados en la acogedora penumbra de un 
discreto salón dieciochesco, concentrados en un intenso diálogo, casi ajenos al animado 
movimiento que les circunda. 
 
     La conversación es fluida y toca argumentos de actualidad, con comentarios 
aparentemente casuales sobre las costumbres y usos, ciencias, humanidades, política, 
economía, literatura. Los temas están motivados por experiencias y recuerdos personales de 
los tres amigos y van íntimamente unidos sin aparentes soluciones de continuidad, en 
desacuerdo con la larga gestación de las Cartas que, como es sabido, se prolongó durante 
años y fue interrumpida en varias ocasiones. Bien, las Cartas Marruecas, la obra tal vez más 
importante de Cadalso, reproducen el esquema de una amistosa conversación sin principio 
ni fin y por consiguiente susceptible de ser prolongada indefinidamente (recuérdese a este 
propósito como comienza la Nota final: «El manuscrito [126] contenía otro tanto como lo 
impreso, pero...») que tiene lugar entre personas cultas y civiles, que se estiman entre sí, 
tienen intereses comunes y podrían constituir una vivaz tertulia un poco distinta de la que 
de costumbre se reunía en la Fonda de San Sebastián hablando de «amor, poesía y toros» y 
muy distante de las «graciosas tertulias» de burgueses, soldados, damas, presumidos y 
vacuos sobre los que tanto insistió la ironía de Cadalso. Las Cartas tienen todas las 
características de la conversación: variedad y heterogeneidad de los asuntos, repetida 
insistencia sobre motivos ya tratados, presencia del elemento autobiográfico, tono claro y 
familiar, inmediatez de la escritura sin recurrir a perífrasis iniciales. 
 
     Cadalso, en la primera fase de elaboración, debió de imaginar las Cartas como una 
especie de monólogo interior de varias voces, de diálogo progresivamente más articulado 
bajo el influjo de su propia tensión dramática. Cuando trató de dar estructura formal a sus 
reflexiones pudo haber pensado en los conocidos modelos de Montesquieu o Goldsmith, lo 
que, por otra parte, era tal vez el mejor modo de dar un orden lógico y dialéctico a un 
sinnúmero de notas, observaciones, reflexiones sobre las cosas del mundo que Cadalso iba 
anotando por algún «cuadernillo» tal como demuestra Nuño con el conjunto de sus 
Observaciones y reflexiones, verdadero «laberinto de materias sin conexión» como aparece 
en la Carta XXXIX. De esta elección nace la exigencia de artificios narrativos entre 
funciones y actuantes activando el movimiento de la comunicación. Además Cadalso no 
ignoraba el gusto del siglo en el que la literatura de viajeros ficticios y las obras críticas a 
manera de epistolario gozaban de cierta difusión y que por lo tanto le permitiría ser leído y 
comprendido con mayor facilidad. En apoyo de esta hipótesis hallamos la sustancial 
concordia discors que en mi opinión enlaza a los protagonistas de las Cartas y que despoja a 
la obra de tensión polémica y conflicto dramático. La discordancia no existe pues, y el 
«gioco delle [127] parti» es aparente ya que la situación cultural de los personajes es la 
misma y no hallamos tesis contrapuestas sino paralelas y complementarias. Así quedan sin 
consideración las repetidas distinciones establecidas por algunos críticos que pretenden 
identificar claramente a cada uno de los tres protagonistas. 
 
     Si Ben-Beley se distingue de Nuño, y un poco menos de Gazel, es tal vez por la forma 
de expresión caracterizada por un florido lenguaje, denso de metáforas, hipérboles, 
iteraciones, con especial preferencia por imágenes que la observación de la naturaleza 
sugiere, tales como flores, aves, cielo y mar. 
 
     Recordemos, a este propósito, la primera de las once Cartas de Ben-Beley en la que 
denuncia la inconstancia humana: «Nos fastidia el trato de una mujer...; nos cansa un 
juego...; nos molesta una música...; nos empalaga un plato...; la corte que al primer día nos 
encantó, nos repugna; la soledad... nos causa melancolía...», o la segunda Carta en la que 
describiendo un estado de ánimo nos dice: «Como suben al cielo los aromas de las flores, y 
como llegan a mezclarse con los celestes coros los trinos de las aves, así he recibido...». 
Anafóricas interrogaciones retóricas como: «¿Qué madre prostituiría sus hijas? ¿Qué 
marido se volvería verdugo de su mujer? ¿Qué insolente abusaría de la flaqueza de una 
inocente virgen? ¿Qué esposa violaría el lecho conyugal? ¿Quién sería malo?...» etcétera, 
caracterizan a Ben-Beley y tono semejante se puede encontrar también en la XLVI. 
Igualmente frecuentes son las hipérboles, sinécdoques y metáforas del tipo: «... su alfanje 
dejó las huestes cristianas como la siega deja al campo en que hubo trigo»; «las aguas se 
volvieron rojas con la sangre goda que él solo derramó», o bien: «su muerte fue como el 
ocaso del sol, que es glorioso y resplandeciente, y deja siempre luz a los astros que quedan 
en su ausencia». [128] 
 
     También Gazel, si bien en ocasiones contadas, recurre a figuras retóricas presentes en 
las expresiones de Ben-Beley. Sirva de ejemplo la Carta XVIII con la que concluye la 
solemne promesa del joven Gazel de «mantener mi alma blanca como la leche de las 
ovejas» en la que reconocemos la misma tendencia a la ampulosidad enfática y las 
translaciones. 
 
     Por el contrario, las cartas de Nuño son modelos de esencialidad, concisión y severidad 
estilística por medio de una prosa que por su precisión y funcionalidad podemos definir de 
corte científico y apropiada al español descrito y añorado por Gazel en la Carta XI como de 
pocas palabras, grave, controlado, y que se complace en degustar los orígenes de la 
expresión a través de la figura etimológica. 
 
     Evidentemente Cadalso, quien se esforzó por quitarse de encima prejuicios y 
malentendidos de tipo cultural y racial, ha preferido volver a presentar la tópica imagen del 
moro propenso al énfasis, al ornato, emocional y exótico, un poco extravagante y 
extrovertido en sus manifestaciones, tal como de los romances había llegado al Setecientos. 
 
     Me he referido anteriormente a la uniformidad sustancial de tipo cultural e ideológico 
que, en mi opinión, existe entre los tres corresponsales. Gran parte de la crítica comparte la 
idea de que Cadalso se identifica con el personaje de Nuño y es su único y exclusivo 
portavoz. Esta relación de preferencia me parece difícilmente sostenible ya que las posturas 
de los tres protagonistas coinciden perfectamente y no existen discrepancias notables en las 
cuestiones de fondo. Si existen, se refieren a hechos y opiniones que no fragmentan la 
unidad del discurso propuesto por Cadalso y que en todo caso representan opciones 
posibles, legítimas alternativas que podríamos definir con imagen musical «variaciones al 
tema». 
 
     Resulta muy evidente, por ejemplo, la coincidencia absoluta en los conceptos de virtud, 
amistad y vicio enunciados [129] por los tres «hombres de bien», sobre la idea de Dios y de 
la postura que deben tener los humanos hacia la divinidad. Para Nuño se trata de reconocer 
y honrar la omnipotencia del Ser Supremo «quien hizo África, Europa, América y Asia», 
«adorar la esencia del Creador, su magnificencia, su justicia, su bondad» sin tratar de 
penetrar en el misterio de sus atributos; para Ben-Beley es necesario «alabar al Ser 
Supremo con rectitud de corazón». Gazel no tiene dudas a la hora de reconocer y aceptar la 
imagen bíblica de Dios «que ha hecho todo de la nada, con solas palabras y con sólo su 
querer». 
 
     Pasando al plano de la condición histórica concuerdan en individuar las causas de los 
males del siglo, la decadencia de España y la caída de las naciones. No hay divergencia 
cuando se ponen a definir conceptos tan importantes como patria, patriotismo, honor, 
justicia, respeto por la autoridad y por los ancianos. Se hallan en idéntico terreno cuando 
tratan de reconocer los límites de la condición humana, discutir de ciencia y literatura o 
cuando se propone un modelo para la educación de la juventud. Por último, los tres 
personajes ostentan un común origen social, que ha madurado en ambientes de prestigio y 
de sólida condición económica. Si alguna diferencia existe se halla en las consecuencias 
pragmáticas obtenibles de las conclusiones que todos fundamentalmente comparten: es 
decir, si es conveniente apartarse del mundo con sus vanidades, vicios y preocupaciones, y 
dedicarse a una «vida retirada», o si en cambio es más necesario, tal como lo sostiene 
Nuño, no evitar las obligaciones que la existencia propone cotidianamente ni huir de «la 
fuerza de los vínculos que le ligan a la patria» por la que, afirma también Nuño, todos 
deben estar dispuestos a sacrificar su «quietud, bienes y vida» despreciando «todos los 
fantasmas producidos por una mal colocada filosofía». 
 
     Ante este panorama que acabo de descubrir, parece [130] pues justificado considerar las 
argumentaciones de los protagonistas de las Cartas íntimamente conexas entre sí y no 
divergentes. Ben-Beley, Gazel, Nuño son tres aspectos especulares de un mismo 
pensamiento, proyecciones heteronímicas de Cadalso con paridad de significado. Por 
consiguiente, para comprender plenamente la ideología y el sentir de Cadalso, es necesario 
unificar las tres imágenes que las Cartas ofrecen. 
 
     Dentro de las Cartas existe una relación dialéctica fija, circulando internamente las ideas 
en direcciones bien precisas. Podemos decir que el centro receptor cuya función es la de 
recibir y reflejar, está representado por Gazel. Sobre él confluye el flujo del pensamiento 
que con dirección exterior/interior proviene de Ben-Beley y Nuño y que Gazel envía con 
dirección interior/exterior a intensidad reducida actuando de trámite y mediator. De la 
convergencia sobre Gazel de las múltiples observaciones de los otros dos personajes y de la 
preeminente función asignada al mismo de destinatario/discente se deduce que el autor de 
las Cartas, cerrando sobre Gazel el circuito comunicativo, impide al lector de las mismas la 
autonomía interpretativa. De este modo consigue decir «en verdad», afirmando, con una 
amable retórica al uso, su indiscutible misión de autor de las Cartas marruecas. 
 
     Fundamentalmente en esta obra más que en otras, Cadalso habría podido -y debido- 
abrir su mente y ánimo libres de ficciones y máscaras. La naturaleza esencialmente 
didáctica de la obra lo requiere y le proporciona un elevado coeficiente de credibilidad 
superior al asignable a otras en prosa y verso, incluidas las teatrales, y a las mismas cartas 
intercambiadas con amigos, donde habría podido permitirse -para complacer al interlocutor 
captando su benevolencia o bien dejándose llevar por la libertad que permite la intimidad 
epistolar- disimulaciones y engaños. Si no queremos considerar las Cartas marruecas como 
ejemplo refinado [131] de literatura criptográfica y alusiva, motivada por la necesidad de 
evitar la censura -o simple autocensura- o como voluntaria operación de mistificación en 
perjuicio del lector, obra de una mente retorcida, debemos considerarlas seguras y no 
engañosas, manifestación de estados de ánimo y opiniones reales e inmediatas. Insisto, en 
que en mi opinión, no existen considerables diferencias entre los tres protagonistas de las 
Cartas que mantienen un fondo ideológico unitario y orgánico. La investigación que deriva 
de la situación social, política y económica de España y de Europa es unívoca y no presenta 
la relatividad de opiniones y la múltiple visión satírica de la sociedad característica de los 
libros compuestos por cartas de viajeros ficticios. Mediante Ben-Beley, Gazel, Nuño, 
Cadalso expresa juicios y opiniones comunes sobre los mayores problemas de su tiempo. 
Consideremos ahora la actitud de Cadalso en las Cartas ante algunos temas característicos 
del momento en que vivió, que podríamos definir como: condición humana, decadencia de 
España, sociedad contemporánea. 
 
 
 
 
Cadalso y la condición humana 
     A lo largo de las Cartas aparecen expresiones que proponen una filosofía de la vida 
basada en el dominio de las pasiones, la superación de las adversidades, y lejos de las 
vanidades del mundo, la conquista de la tranquilidad interior. Constantemente se anhela una 
conducta prudente y honesta; un comportamiento inspirado en la «honradez y virtud». Si 
bien a Gazel le gustaría vivir rodeado de «verdadera alegría, conversación festiva, chanza 
inocente, mutua benevolencia, agasajo sincero, amistad», Ben-Beley, más severo, propone 
ya en la primera Carta a Gazel un modelo de existencia basado en: «Alabar al Ser Supremo 
con rectitud de corazón; tolerar los males de la vida; no desvanecer[te] con los bienes; 
hacer bien a todos; vivir contento; [132] esparcir alegría entre tus amigos; participar sus 
pesadumbres, para aliviarles el peso de ellas». Es una línea de comportamiento inspirada en 
diversas fuentes: de la moral natural al pensamiento de Séneca y Epicteto, al Evangelio. 
Pero bajo estos conceptos y propósitos, expresados a menudo por Cadalso en manera 
sentenciosa, hallamos una visión desoladora y negativa del hombre y de la naturaleza. 
 
     No sólo el hombre es malvado en sí mas también son malas sus acciones y 
corrompedoras. Sobre todo en Nuño, encontramos pruebas de tales convicciones. En la 
Carta XLIV dirigida a Gazel afirma: «Confírmate en la idea de que la naturaleza del 
hombre es tan malvada [«está corrompida», en la versión del «Correo de Madrid»] que... 
suele viciar hasta las virtudes mismas». A Ben-Beley le recuerda que el hombre desde 
siempre ha seguido la máxima: «Conozco lo mejor y sigo lo peor» y a Gazel que alaba la 
infancia como estado de serenidad y candor único en la vida del hombre («Dichoso el 
hombre si fuese siempre niño») recuerda que: «... la miseria humana se proporciona a la 
edad de los hombres; va mudando de especie conforme el cuerpo va pasando por edades, 
pero el hombre es mísero desde la cuna al sepulcro». Gazel responde excluyendo la 
posibilidad de vida feliz e inocente incluso fuera de la sociedad civil, atribuyendo a los 
indígenas americanos, por ejemplo, costumbres nefastos y brutales: «Antes de la llegada de 
los europeos, sus habitantes comían carne humana, andaban desnudos, y los dueños de toda 
la plata y oro del orbe no tenían la menor comodidad de la vida». De nuevo Nuño, al final 
de unas agudas palabras contra ostentaciones típicas de los españoles como el uso y abuso 
del «don» en el tratamiento, concluye seriamente: «Esto prueba lo que mucho tiempo ha se 
ha demostrado, a saber que los hombres corrompen todo lo bueno». 
 
     Podemos pues llegar a la conclusión de que en Cadalso [133] hay una visión 
desengañada y pesimista del hombre y de la sociedad profundamente arraigada, que no 
podemos atribuir, sin ofensa a su inteligencia, a momentos de desesperación y tedio. 
 
 
 
 
Cadalso y la decadencia de España 
     Cadalso advierte claramente la amplitud y profundidad de la decadencia española, 
política, económica, social y cultural al mismo tiempo. Aunque preocupado, se muestra 
más bien indignado y ofendido. La atribuye a gravísimos errores del pasado y hecha la 
culpa a Carlos V, Felipe II y a la Casa de Austria. Es consciente de que la decadencia afecta 
también a su siglo, para lo que voy a recordar las consideraciones de Nuño en la Carta III 
que concluyen con la imagen dramática de la España de Carlos II reducida a «un esqueleto 
de un gigante» y la requisitoria en la Carta XLIV contra la España del Seiscientos 
comparada a una «casa grande que ha sido magnífica y sólida». 
 
     Con el momento en que vive, Cadalso no es menos lúcido y riguroso. Sobretodo en boca 
de Gazel denuncia el retraso espiritual y económico de su patria: orgullo, vanidad, 
corrupción, superficialidad, ignorancia, superstición contrapuestas a laboriosidad, 
dedicación, entusiasmo, honradez, patriotismo. Así las artes y ciencias se hallan 
desatendidas, los jóvenes se crían en un ambiente de comodidades y lujo, ignorantes y 
presuntuosos como el «caballerete» de la Carta VII o los contertulios de la Carta LVI. El 
lenguaje se corrompe y llena de barbarismos como indican las palabras de Gazel: «... la 
corrupción de la lengua [es] consiguiente a la de las costumbres». El carácter del pueblo se 
ha transformado ya que falta el respeto a los ancianos, la autoridad paterna y tradiciones, 
siendo la moda: «blasfemar de los antiguos costumbres; se quiere imitar todo lo que es 
extranjero con ridículos resultados patentes en los tres «memoriales» [134] de la Carta 
XLIV; se prefiere chismorrear, festejar y corromper para obtener empleos y honores. La 
mujer española ha perdido el «respeto», la «estimación», la «suma veneración» por parte 
del otro sexo. La gloria y el honor militar se hallan desprestigiados: no se honra la memoria 
de los héroes; incluso los generales han olvidado el «noble entusiasmo del patriotismo»: 
mentirosos e ineptos se contentan con desfilar al frente de elegantes tropas. La nobleza 
olvida que «la milicia es la cuna de la nobleza», tal como afirma Nuño, y prefiere dedicarse 
a actividades fútiles y vanas en lugar de pensar en recuperar la antigua virtud y salvar al 
país. 
 
     El análisis riguroso y desencantado de Cadalso no excluye ningún aspecto de la sociedad 
española. Pero la crítica de negativa pasa a positiva ya que el autor de las Cartas marruecas 
ofrece modelos de ejemplos de comportamiento, de organización y estructura, tanto 
individuales como colectivos, mediante los cuales inspirarse y animarse para superar la 
gravísima crisis atravesada por España. 
 
     Conviene señalar que el «ciudadano universal» Cadalso no considera proficuo buscar 
soluciones más allá de los confines históricos y físicos de su patria, y que instituciones y 
costumbres foráneas no le sugieren soluciones válidas. Cadalso está firmemente 
convencido de que España posee un carácter peculiar y escasamente modificable, bien 
expresado en el dicho de Nuño: «genio y figura hasta la sepultura» y que de todos modos: 
«la mezcla de las naciones en Europa ha hecho admitir generalmente los vicios de cada una, 
y desterrar las virtudes respectivas». Además estima que ciertos aires renovadores 
procedentes de Europa («Cierta ilustración aparente... ese oropel que brilla...») pueden 
producir efectos peligrosos ya que «no sirven más que de confundir el orden respectivo, 
establecido para el bien de cada estado en particular». Por lo tanto, aunque también 
manifieste admiración por naciones como Inglaterra y Francia [135] y por sus seguros 
progresos en la ciencia y la técnica, Cadalso es de la opinión de que España tiene que 
buscar en sí misma la fuerza necesaria para renovarse y debe hallar en su historia los 
modelos con que compararse. Para Cadalso no parecen existir dudas sobre el ejemplo a 
seguir: es el que ofrece la España de los Reyes Católicos. En aquella época la institución 
monárquica gozó del mayor consenso; cultura y lengua se afianzaban en el mundo; la 
tensión espiritual y el amor por la patria eran muy elevados; las costumbres austeras; la 
economía floreciente y la propia nobleza era bien digna de sus blasones. 
 
     La referencia al siglo XVI es insistente y convencida tal modo lo atestiguan los 
numerosos ejemplos que se podrían citar. El cuadro ideológico de las Cartas resulta una vez 
más unitario y consensual: los tres interlocutores aunque miren a los ejemplos ofrecidos por 
las naciones a la vanguardia en Europa en el Setecientos, se fundan en el ejemplo de la 
España imperial, virtuosa, guerrera, culta del Quinientos que presenta una estructura 
jerárquica cuyo centro está ocupado por el patriota/soldado, personificado casi 
exclusivamente por Hernán Cortés «héroe mayor que el de la fábula», por el cual Cadalso 
demuestra la más viva admiración en varias ocasiones. 
 
 
 
 
Cadalso y la sociedad de su tiempo 
    En las Cartas, Cadalso se presenta como atento observador de las costumbres españolas y 
agudo crítico de comportamientos, tendencias y modas. 
 
     Recurriendo oportunamente a la ironía, al sarcasmo o a la explícita denuncia, trata de 
literatura, oratoria, academias y tertulias o bien de cuestiones históricas, lingüísticas, 
económicas y militares. No se le escapan tampoco las relaciones familiares y en concreto la 
educación y la instrucción, la condición de la mujer u otros aspectos más bien 
costumbristas [136] como los petimetres, coquetas, los rancios eruditos. Otros asuntos, tan 
caros a Feijoo a quien elogia, como la astrología, los almanaques y la superstición en 
general, son también motivos de crítica. 
 
     No se puede pues no atribuir a Cadalso intenciones reformistas e innovadoras. Y sin 
embargo su actitud frente a algunos significativos postulados y cuestiones de su tiempo, se 
muestra reticente e incluso adverso. Me refiero por ejemplo a la conquista y colonización 
americana, en relación al nuevo clima espiritual y cultural suscitado por los philosophes, y 
al retorno del mito del «buen salvaje». Cuando Cadalso compuso las Cartas marruecas, 
Voltaire ya había publicado su Essai en el que defendía al pueblo mejicano, Cornelius de 
Pauw sus Recherches philosophiques sur les Américains y Guillaume Raynal la Histoire 
philosophique et politique. 
 
     En toda Europa se discutía de los derechos del hombre interrogándose con inquietud 
sobre las «hazañas» del colonialismo, y en especial del español. 
 
     Sin embargo Cadalso que bien conocía las profundas razones que sostenían aquel vasto 
movimiento de revisión histórica, con patriótica coherencia, persevera en su «defensa de la 
nación española» justificando la conquista y devolviendo las calumnias a los «humanísimos 
países» esclavistas y negreros que a pesar de todo se erigían en jueces de España. Cuando 
considera a los pueblos vencidos aplica anticuados clichés tan gratos a algunos cronistas 
clásicos que los ven como salvajes, idólatras, comedores de carne humana. 
 
     Es significativa y emblemática, sobre todo si se consideran las censuras y críticas de que 
había sido objeto, en su misma patria, la figura del conquistador extremeño Hernán Cortés, 
propuesto ahora como modelo único y héroe a imitar. Por otra parte, con la apologética 
defensa del extremeño hecha en 21 puntos de la Carta IX tan convencida e inapelable, 
Cadalso se separa considerablemente de la línea [137] mantenida por otros contemporáneos 
suyos como los Moratines, Jovellanos, Meléndez Valdés, Montengón, Iglesias de la Casa, 
quienes más meditadamente anteponen, o bien colocan junto a Cortés, a otros ilustres 
personajes sacados de la historia y del epos españoles como el Cid, Pelayo, Álvaro de 
Bazán, el Gran Capitán. 
 
     Pasando ahora a otro tema, la actitud que Cadalso muestra hacia la clase que estaba 
emergiendo entonces, la burguesía, es necesario señalar que está determinada por una 
sincera incomprensión tal como testimonia el tono despreciativo e incluso grotesco 
empleado por Cadalso cada vez que lo trata. Considérese el episodio del «proyectista» en la 
narración que hace Nuño en la Carta XXXIV. 
 
     Se trata de un personaje/límite sobre cuya salud mental se pueden expresar las más 
serias dudas y que sin embargo permite a Cadalso generalizar, con evidente descrédito para 
todos los que, con fervor y lúcido empeño, han dedicado energía y dinero, y no sin riesgo, a 
la tentativa de enriquecer «los países en que se hallan». Presentando con ironía al 
«proyectista» y a sus imposibles canales, Cadalso acaba por rebajar la importancia del 
esfuerzo reformador de los ministros de Carlos III y de la generosa voluntad de cuantos, en 
su mayoría personas dedicadas a profesiones liberales y a actividades mercantiles, en las 
«Sociedades Económicas de Amigos del País» -que él bien conocía- trataban de modificar 
racional y radicalmente el cuadro social y cultural del país. 
 
     Idéntica incomprensión muestra Cadalso para con la ansiosa búsqueda de mejora social 
que anima a los sectores más activos de las clases artesanales y burguesas que si por un 
lado lleva al abandono de artes y oficios, por la pésima tendencia de ciertos padres a 
«colocar a su hijo más alto», por otra impulsa a los burgueses, identificados en el 
«caballero que acaba de llegar de Indias» de la Carta XXIV, a [138] ocupar espacios poco 
pertinentes a su clase y más bien a la nobleza. 
 
     Entre las causas de la crisis económica española, Cadalso señala la renuncia a la 
tradicional sencillez y sobriedad españolas en favor de un tenor de vida más elevado y 
dispendioso. El lujo, las modas servilmente imitadas, empobrecen a las familias y hacen a 
las pobres naciones esclavas de las que «por su genio inventivo e industrial» han sabido 
imponer su way of life llegando a influir incluso sobre el lenguaje. 
 
     Cadalso como político y filósofo es de la opinión de que se deba fomentar el «lujo 
nacional», es decir «dimanado de los artículos que ofrece la naturaleza sin pasar los 
Pirineos» (Carta XXXV), artículos producidos en España y fabricados por manos 
españolas. Una vez más, por boca de Gazel, vuelve Cadalso a proponer el ejemplo de la 
España laboriosa y esencial de Fernando e Isabel, excelente por sus fábricas de tapices, 
cerámicas, armas, producción de libros, en fin, agricultura. 
 
     Veamos cuál era la posición de Cadalso con respeto a la política. Cuando Gazel y Nuño 
hablan de políticos hacen una distinción prudente, entre quienes tienen la responsabilidad 
de aplicar la «ciencia de gobernar pueblos», quienes además son los detentadores 
autorizados y tradicionales del poder, y todos los demás, es decir los que «han usurpado 
este nombre» y que son los recién llegados a la escena política española en especial modo 
después de las reformas de Carlos III que introdujeron numerosos miembros de la clase 
media en el gobierno y municipalidades en contraste con el exclusivismo de las clases altas 
quienes desde siempre habían tenido a su cargo tales responsabilidades. 
 
     Contra éstos se arrojan los dos protagonistas citados con repetidas y violentas 
invectivas. Es una condena inapelable con las características de un juicio sumario. Estos 
políticos, grabados con el sello de la ambición y de la corrupción, [139] son ineptos, 
capaces de cualquier delito, veletas, frívolos y estúpidos. Si Cadalso pretendía con ello 
estigmatizar la difundida costumbre de tratar de política sin discernimiento ni 
conocimiento, y tal como había hecho en ámbito literario, quería crear la figura del político 
a la violeta, es necesario decir que en este caso no llegó a encontrar el justo tono. Adolece 
de garbo e ironía. Hallamos una insistente y generalizada incomprensión que puede 
entenderse como rechazo ante el progresivo avance de las masas populares en el campo 
político y como reacción a los cambios en sentido burgués y «democrático» que se iban 
produciendo en la España de su tiempo. 
 
     Para concluir esta personal lectura, sugerida por algunos de los aspectos temáticos de 
una obra tan sugestiva, podemos intentar un posible comentario conclusivo. En primer 
lugar, se puede afirmar que las Cartas marruecas más que «ambiguas» son, utilizando un 
término grato a Cadalso, «problemáticas» en el sentido de que reflejan el pensamiento de 
un hombre turbado hasta lo más profundo de su ánimo por inquietudes de orden moral, 
político y cultural; que advierte tal vez con mayor intensidad que otros contemporáneos 
suyos, la decadencia de una época a la que está ligado por educación e historia personal; 
que ve consumirse antiguos y básicos valores -como por ejemplo la cultura cristiana y 
tradicional- sin ser definitivamente reemplazados por otros; que es consciente de las 
aportaciones positivas de las nuevas filosofías, pero suficientemente escéptico para no 
creerlas resolutivas y que, finalmente, observa el mundo circundante, afectado ya por 
vastos cambios ideológicos y sociales y ya en fase pre-revolucionaria, a través de la lente 
de la moralidad y del raciocinio teñido de pesimismo, buscando por cualquier parte, como 
redivivo Diógenes, virtud, amistad, bondad, verdad. 
 
     Son por otra parte su misma problemática, sus frustraciones, su escepticismo e ironía 
junto a la actitud reformista [140] e innovadora y a la humanidad de sus sentimientos -que 
tan manifiestos se encuentran en las Cartas marruecas- los que lo definen ideológicamente 
como ilustrado.  
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