Obras de SAN AGUSTÍN

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Obras de 
SAN AGUSTÍN 
I I I 
Obras Jilosójicas 
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS 
BIBLIOTECA 
DE 
AUTORES CRISTIANO: 
Declarada de interés nacional 
ESTA COLECCIÓN SE PUBLICA BAJO LOS AUSPICIOS Y ALTA 
DIRECCIÓN DE LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA 
LA COMISIÓN DE DICHA PONTIFICIA 
UNIVERSIDAD ENCARGADA DE LA 
INMEDIATA RELACIÓN CON LA B. A. C. 
ESTÁ INTEGRADA EN EL AÑO 1 9 6 3 
POR L O S S E Ñ O R E S S I G U I E N T E S : 
PRESIDENTE : 
Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. Fr. FRANCISCO BARBADO VIE-
J O , 0 . P., Obispo de Salamanca y Gran Canciller de la 
Pontificia Universidad. 
VICEPRESIDENTE:l imo. Sr. Dr. LORENZO TURRADO, Rec-
tor Magnífico. 
VOCALES : R. P . Dr. Luis ARIAS, O. S. A., Decano de 
la Facultad de Teología; R. P . Dr. MARCELINO CABRE-
ROS, C. M. F., Decano de la Facultad de Derecho; 
R. P . Dr. PELAYO DE ZAMAYÓN, O. F. M. Cap., Deca-
no de la Facultad de Filosofía; R. P . Dr. JULIO CAM-
POS, Sch. P., Decano adjunto de la Sección de Huma-
nidades Clásicas; R. P . Dr. ANTONIO GARMENDIA DE 
OTAOLA, S. I., Decano adjunto de la Sección de Pedago-
gía; R. P . Dr. MAXIMILIANO GARCÍA CORDERO, O. P., 
Catedrático de Sagrada Escritura; R. P. Dr. RERNARDINO 
LI.OKCA, S. L, Catedrático de Historia Eclesiástica. 
SECRETARIO:M. I. Sr. Dr. Luis SALA ISAI.UST, Profesor. 
LA EDITORIAL CATÓLICA, S. A. APARTADO 466 
MADRID • MCMI.XIll 
O B R A S 
DE 
S A N A G U S T Í N 
EN EDICIÓN BILINGÜE 
I I I 
O B R A S F I L O S Ó F I C A S 
Contra los académicos. Del libre albedrío. De la 
cuantidad del alma. Del maestro. Del alma y su 
origen De la naturaleza del bien: contra los maniqueos. 
VERSIÓN, INTRODUCCIONES Y NOTAS DE LOS PADRES 
FR. VICTORINO CAPANAGA, O. R. S. A. 
F R . E V A R I S T O S E I J A S , O . S. A . 
F R . E U S E B I O C U E V A S , O . S. A . 
FR. M A N U E L M A R T Í N E Z , O. S. A. 
F R . M A T E O L A N S E R O S , O. S. A. 
TERCERA EDICIÓN 
B I B L I O T E C A DE A U T O R E S C R I S T I A N O S 
MADRID . MCMLXIII 
Nihtl alista!: .|iini|ii¡n (¡iin/úlc;/ Comli-, Censor. 
Imi>iiuii ¡inifsl; V't. Manuel A. Giitiéin/., l'rior prov. 
Imprimatiir: t Casimiro, Ob. aux. y Vio. gen. 
Madrid, 22 marzo 1947. 
N i m . Registro 1516-1962 
* Depósito lepa! M 39*5-1962 
I N D I Q E G E N E R A L 
CONTRA LOS ACADÉMICOS' 
(Versión, introducción y ñolas del P. VICTORINO CAPÁNAGA, O.R.S.A.) 
Págs. 
INTRODUCCIÓN 1 
CAPÍTULOS : 
1. La filosofía académica 2 
2. La duda académica de San Agustín 8 
3. Los libros «Contra los académicos» o la criteriología agus-
tiniana 15 
4. Examen de algunos lugares paralelos 25 
5. Valor criteriológico de los axiomas 33 
6. El diagnóstico del error 41 
7. Una conclusión sobre el principio de la filosofía agustiniana. 45 
8. Contra los académicos de hoy o la filosofía agustiniana es 
una filosofía de lo absoluto 50 
APÉNDICES: 
1. La filosofía cristiana en los libros «Contra los académicos». 55 
2. Del libro primero de las Retractaciones de San Agustín ... 58 
LIBRO PRIMERO 
CAPÍTULOS: 
1. Dedicación del libro a Romaniano 63 
2. Felicidad y conocimiento 68 
3. Una objeción 70 
4. Qué es el error 75 
5. Qué es la sabiduría 79 
6. Nueva definición de la sabiduría 82 
7. Defiéndese la definición anterior 84 
8. El adivino y el sabio 87 
9. Conclusión 90 
LIBRO SEGUNDO 
CAPÍTULOS: 
1. Exhortación a Romaniano 95 
2. Beneficios de Romaniano a San Agustín y la gratitud de éste. 98 
3. El amor de la hermosura y de la sabiduría 99 
4. Transición 102 
5. Exposición del sistema académico 104 
6. Divergencias entre la antigua y la nueva Academia 106 
1 La colección de las Obras de San Agustín publicada en la BAC lleva en el 
último volumen un copioso índice general de nombres y de ideas. 
VIH INIIH i; I.I;M:HAL 
Págs. 
7. Képlini u los ai quínenlos contrarios 108 
8. Argucias (le los académicos 113 
9. Cnivodad del piiililciiia de la verdad 115 
10. No es cuestión de palabras, sino de cosas 117 
11. Sobro la probabilidad 119 
12. Se insiste sobre el mismo argumento 121 
13. Conclusión 123 
LIBRO TERCERO 
CAPÍTULOS: 
1. Hay que buscar la verdad con ahínco 126 
2. La sabiduría y la fortuna 127 
3. El sabio conoce la sabiduría 130 
4. Sobre el mismo argumento 134 
5. Vano subterfugio de los académicos 138 
6. Necesidad de un divino socorro para conocer la verdad 141 
7. Una opinión de Cicerón 142 
8. Rebátese la opinión de Cicerón 145 
9. La definición de Zenón 147 
10. Contra una objeción de los académicos 151 
11. La certeza del mundo y de las verdades matemáticas 154 
12. La certeza moral y los sentidos 158 
13. Las certezas de la dialéctica 160 
14. El sabio y el asentimiento a la sabiduría 162 
15. Peligros del probabilismo o el apólogo del bivio 165 
16. Consecuencias inmorales del probabilismo académico 168 
17. La verdadera opinión de los académicos y los dos mundos 
de Platón 171 
18. Divisiones de la nueva Academia 174 
19. Escuelas filosóficas 176 
20. Conclusión. Platón guía a Cristo 177 
Notas complementarias 180 
Bibliografía 187 
DEL LIBRE ALBEDRIO 
(Versión, introducción y notas del P. EVARISTO SEIJAS, O.S.A.) 
INTRODUCCIÓN 190 
LIBRO PRIMERO 
CAPÍTULOS: 
1. ¿Es Dios autor del mal? 200 
2. Antes de investigar el origen del mal, veamos qué debemos 
creer acerca de Dios 203 
3. La concupiscencia es el origen del mal 205 
4. Objeción respecto del homicidio cometido por miedo.—Qué 
concupiscencia es culpable 208 
5. Otra objeción fundada en la muerte del injusto agresor, per-
mitida por las leyes humanas 211 
ÍNDICE GENEBAL 
Págs. 
6. La ley eterna, moderadora de las leyes humanas.—Noción 
de la ley eterna 214 
, 7. Cómo el hombre está perfectísimamente ordenado a un fin 
según la ley eterna, y cómo, según este fin, vale más el 
saber que el vivir 218 
8. La razón, que hace al hombre superior a las bestias, es la 
que debe prevalecer también en él 221 
i 9. La diferencia entre el sabio y el necio está en el señorío o 
vasallaje de la mente 223 
, 10. Nada es capaz de obligar a la mente a ser esclava de las 
pasiones 225 
11. La mente que de su propia voluntad se entrega a la libídine 
es justamente castigada 227 
12. Los que son esclavos de las pasiones, justamente son castiga-
dos con las penas de esta vida mortal, aunque nunca hayan 
sido sabios 229 
13. Por nuestra propia voluntad vivimos una vida feliz o una 
i vida miserable 233 
14. ¿Por qué llegan a ser felices tan pocos, siendo así que to-
dos lo desean? 238 
15. Extensión y valor de la ley eterna y de la ley temporal ... 239 
16. Epílogo de los capítulos anteriores 244 
LIBRO SEGUNDO 
CAPÍTULOS: 
1. Por qué nos ha dado Dios la libertad, causa del pecado 247 
2. Objeción: si el libre albedrío ha sido dado para el bien, 
¿cómo es que obra el mal? 250 
3. Para llegar al conocimiento claro de la existencia de Dios, 
es preciso inquirir antes sin desmayo a ver qué es lo más 
noble y excelente que hay en el hombre 254 
4. El sentido interior percibe su propio acto, ¿pero se siente 
a sí mismo? 261 
5. El sentido interior aventaja a los sentidos exteriores, siendo 
además su moderador y juez 262 
6. La razón aventaja a todo lo demás que hay en el hombre, y 
si hay algo más grande que ella, es Dios 266 
7. Cómo una misma cosa es percibida por muchos a la vez y por 
cada uno en particular, ya sea en su totalidad, ya sólo en 
alguna de sus partes 268 
8. La razón de los números no la percibe ningún sentido cor-
poral y es en sí una e inmutable para todas y cada una de 
las inteligencias que las perciben 274 
9. Qué cosa sea la sabiduría, sin la cual nadie es feliz, y si es 
una en todos los sabios 279 
10. La luz de la sabiduría es una y común a todos los sabios ... 284 
11. ¿Son una misma cosa la sabiduría y el número, o existen 
una cosa en la otra o dependiente de la otra? 288 
12. La verdad es una e inconmutable en todos los seres inteli-
gentes, y es superior a nuestra mente 292 
13. Exhortación a abrazar la verdad, que es la única que hace 
felices a los hombres 294 
x • ÍNDICE CKNKRAL 
Págs. 
14. 1.11 vridud so poner con seguridad 297 
].r>. VA iHzíuiiiiiiicnlo iiiilriior, umpliamente expuesto, demuestra 
ciertamente la existencia de Dios 299 
H>. I.n sabiduría salo al paso de los amantes que la buscan me-
dianle los números impresos en cada cosa 302 
17. Todo bien y toda perfección proceden de Dios 306 
18. Aunque puede el hombre abusar de la libertad de su volun-
tad, no obstante ha de considerarse ésta como un bien 309 
19. Tres clases de bienes: grandes, pequeños y medianos.—La 
libertad es uno de estos últimos 313 
20. El movimiento por el que la voluntad se aparta del bien in-
conmutable no tiene su origen en Dios 316 
LIBRO TERCERO 
CAPÍTULOS : 
1. De dónde trae su origen el movimiento por el que la volun-
tad se aparta del bien inconmutable 319 
2. De cómo la presciencia de Dios no anula la voluntad de los 
que pecan, cuestión que trae preocupados a muchos 324 
3. La presencia de Dios no nos obliga a pecar, es decir, no 
quita la libertad al pecador 326 
4. La presciencia de Dios no obliga a pecar, y, por tanto, justa-
mente castiga Dios los pecados 332 
5. Debemos alabar a Dios por haber dado el ser aun a las cria-
turas que pecan voluntariamente, y que son, por lo mismo, 
desgraciadas 334 
6. Nadie podrá decir con razón que quiera más no ser que ser 
desgraciado 341 
7. La existencia es amada aun por ¡os mismos desgraciados, por-
que la tienen de aquel que es el sumo ser 343 
8. Nadie prefiere el no ser, ni aun aquellos que se suicidan ... 346 
9. La infelicidad de las almas pecadoras contribuye a la perfec-
ción del universo 349 
10. Con qué derecho entró el diablo en posesión del hombre y 
con qué derecho le libertó Dios 355 
11. Persevere o no en la justicia, la criatura contribuirá siempre 
al ornato del universo 359 
12. El gobierno del universo no se perturbaría aunque todos los 
ángeles pecaran 361 
13. La misma corrupción de la criatura y la vituperación de sus 
vicios manifiestan su bondad 364 
14. No toda corrupción es digna de vituperio 367 
15. Los defectos de ¡as criaturas no siempre son culpables 370 
16. No pueden imputarse a Dios nuestros pecados 373 
17. La voluntad es la primera causa del pecado 376 
18. ¿Puede pecar alguien en aquello que no puede evitar? 378 
19. La ignorancia y la debilidad, transmitidas a la humanidad 
por el pecado de Adán, no excusan a los pecadores de sus 
pecados 381 
20. Sea cual fuere la verdadera doctrina acerca del origen de las 
almas, no es una injusticia el que las consecuencias penales 
del pecado de Adán hayan pasado a sus descendientes 383 
ÍNDICE GENERAL XI 
Págs. 
21. En qué materias es pernicioso el error 388 
22. Si la ignorancia y la debilidad fueran connaturales al hom-
bre, no por eso dejaría de haber razón para alabar al 
Creador 393 
23. Son injustas las quejas de los ignorantes acerca de la suerte 
de los párvulos y de los males del cuerpo que los afligen.— 
¿Qué es el dolor? 396 
24. El primer hombre no lo creó Dios insensato, sino capaz de 
sabiduría.—¿Qué es la ignorancia? 401 
25. ¿Qué es lo que mueve a la criatura racional a pasar del bien 
al mal? 405 
DE LA CUANTIDAD DEL ALMA 
(Versión, introducción y notas del P . E U S E B I O CUEVAS, O.S .A. ) 
INTRODUCCIÓN 412 
CAPÍTULOS: 
1. Evodio propone seis cuestiones acerca del alma.—De dónde 
viene el alma.—Dios es la patria del alma.—La substancia 
del alma es simple y singular 418 
2. Naturaleza del alma 420 
3. De la cuantidad del alma 421 
4. El alma, aunque no sea ni larga ni ancha, es algo 423 
5. El alma tiene fuerza infinita 426 
6. La longitud pura y simple 430 
7. La magnitud llega a alcanzar la verdad con mayor seguridad 
y presteza por medio de la autoridad que de la razón 432 
8. De las figuras geométricas.—Con cuántas líneas se engendra 
una figura.—Cómo puede hacerse una figura con tres líneas. 433 
9. Cuál es la figura.más perfecta.—Qué se opone al ángulo en 
el triángulo 435 
10. La máxima igualdad en las figuras 438 
11. Prestancia de las figuras.—Qué es el punto y qué el signo ... 441 
12. Potencia del punto 444 
13. El alma incorpórea ve lo incorpóreo.—Qué es el alma 447 
14. Poder del alma inmaterial 448 
15. Se objeta que el alma crece con la edad 451 
16. Se responde a la objeción y se demuestra que el alma pro-
gresa sin que el cuerpo se desarrolle 453 
17. El alma crece con el tiempo metafóricamente 456 
18. La facultad de hablar, que el niño adquiere paulatinamente, 
no se ha de atribuir al incremento del alma 458 
19. En qué sentido crece y decrece el alma 462 
20. Si sabe el alma algo de sí misma 463 
21. Las mayores fuerzas, debidas a la mayor edad, no prueban 
crezca el alma 464 
22. Origen de las mayores fuerzas del cuerpo 466 
23. Aunque el alma siente en todas las partes del cuerpo, no por 
esto es extensa como el cuerpo.—Qué es la sensación y cómo 
se realiza la visión 471 
X I I [NDII'K CUNERA!. 
Págs. 
24. Examinase ln definición de sensación 476 
25. Cómo se ha de examinar una definición 480 
26. ¿Existen Iu ciencia y la razón en los animales? 484 
27. Ruzón y raciocinio 487 
28. Los animales tienen la facultad de sentir, pero no la ciencia. 490 
29. Kn qué difieren la ciencia y la sensación 492 
30. No porque el alma sienta por todo el cuerpo está difundida 
por todo él 495 
31. Los gusanos seccionados en partes se mueven, ¿es esto señal 
de que el alma está extendida por todo el cuerpo? 498 
32. Dividido el cuerpo, el alma no se divide.—Las partes del 
cuerpo dividido pueden vivir aun cuando el alma no ha sido 
dividida.—Algo aún de la cantidad del alma por razón de su 
virtud y potencia 503 
33. La potencia del alma sobre el cuerpo, en sí misma y delante 
de Dios, constituye los siete grados de su magnitud 508 
34. Sólo Dios es mejor que el alma, y por esto sólo El debe 
ser adorado 516 
35. Los actos del alma se denominan de distinto modo, según los 
siete grados mencionados 519 
36. Se tratan las restantes cuestiones acerca del alma.—Cuál es 
la verdadera religión 520 
Notas complementarias 522 
DEL MAESTRO 
(Versión, introducción y notas del P. MANUEL MARTÍNEZ. O.S.A.) 
INTRODUCCIÓN 526 
CAPÍTULOS: 
1. Finalidad del lenguaje 538 
2. El hombre muestra el significado de las palabras por las 
mismas palabras 541 
3. Si puede mostrarse alguna cosa sin el empleo de un signo ... 544 
4. Si los signos son necesarios para mostrar los signos 548 
5. Signos recíprocos 554 
6. Signos que se significan a sí mismos 563 
7. Epílogo de los finteriores capítulos 565 
8. No se discuten inútilmente estas cuestiones.—Asimismo, para 
responder al que pregunta, se ha de llevar el pensamiento de 
los signos oídos a las cosas significadas 569 
9. Si se ha de preferir las cosas o el conocimiento de las mis-
mas a los signos, que las representan 575 
10. Si puede enseñarse algo sin signos.—Las cosas no se apren-
den por medio eje las palabras 580 
11. Aprendemos no con el sonido externo de las palabras, sino 
con la enseñanza interna de la verdad 587 
12. Cristo es la verdad que nos enseña interiormente 589 
13. La palabra no puede manifestar lo que nosotros tenemos en 
el espíritu 593 
14. Cristo enseña dentro; fuera el hombre advierte con palabras. 596 
Notas complementarias 598 
ÍNDICE GENERAL XIII 
Pági. 
DEL ALMA Y SU ORIGEN ~ 
(Versión, introducción y notas del P. MATEO LANSEROS, O.S.A.) 
INTRODUCCIÓN 602 
LIBRO PRIMERO 
CAPÍTULOS: 
1 607 
2 608 
3 609 
4 610 
5 611 
6 612 
7 613 
8 614 
9 617 
10 619 
11 620 
12 623 
13 625 
14 626 
15 633 
16 635 
17 638 
18 642 
19 : 646 
20 649 
LIBRO SEGUNDO 
CAPÍTULOS: 
1 ' 651 
2 652 
3 654 
4 658 
5. ' ' ' 660 
6 662 
7 663 
8 665 
9 666 
10 668 
11 670 
12 671 
13 674 
14. .. . 676 
15 679 
16 680 
17 681 
V 
XIV fNIIK I. (.KNEUAL 
Págl. 
UIIHO TERCERO " ' 
OAI' Í H I L O S : 
1 684 
2 685 
3 687 
4 689 
5 692 
6 694 
7 695 
8 696 
9 697 
10 699 
11 701 
12 704 
13 705 
14 707 
15 709 
LIBRO CUARTO 
CAPÍTULOS: 
1 712 
2 713 
3 717 
4 718 
5 720 
6 722 
7 724 
8 727 
9 729 
10 730 
11 732 
12 734 
13 737 
14 739 
15 741 
16 743 
17 745 
18 746 
19 751 
20 753 
21 755 
22 757 
23 759 
24 762 
Notas complementarias 765 
Bibliografía 767 
ÍNDICE GENERAL xv 
Págt. 
DE LA NATURALEZA DEL BIEN: CONTRA ~ ~ 
LOS MANIQUEOS 
(Versión, introducción y notas del P. MATEO LANSEROS, O.S.A.) 
INTRODUCCIÓN 770 
CAPÍTULOS: 
1. Dios, bien supremo e inmutable, del cual proceden todos los 
demás bienes espirituales y corporales 773 
2. Bastan estos principios para refutar a los maniqueos 774 
3. El modo, la belleza y el orden, bienes generales que se ha-
llan en las criaturas 775 
4. El mal es la corrupción del modo, de la belleza y del orden. 776 
5. La naturaleza de un orden superior, aunque esté corrompida, 
aventaja a toda otra naturaleza de orden inferior, aunque 
incorrupta 776 
6. La naturaleza incorruptible es el sumo bien; la que puede 
corromperse es un bien relativo 777 
7. La corrupción de los espíritus racionales es voluntaria o 
penal 778 
8. La belleza del universo resulta de la corrupción y muerte 
de los seres inferiores 778 
9. Institución del castigo para reintegrar al recto orden a la 
naturaleza transgresora 779 
10. La naturaleza es corruptible, porque fué hecha de la nada. 780 
11. A Dios no se le puede inferir ningún daño ni puede perju-
dicarse a otra naturaleza si no lo permite El 780 
12. Todos los bienes proceden de Dios 781 
13. Dios es el principio de todos los bienes en particular, gran-
des y pequeños 781 
14. Por qué los bienes inferiores reciben nombres opuestos 782 
15. La belleza corporal de la mona es un bien, aunque de or-
den inferior 783 
16. Dios ha ordenado convenientemente la privación del bien 
en las cosas .• 784 
17. Ninguna naturaleza, en cuanto tal, es mala 784 
18. El hyle, que los antiguos llamaban materia informe, no 
es un mal 785 
19. Sólo Dios es el verdadero ser 786 
20. El dolor solamente se halla en las naturalezas buenas 787 
21. Módico se dice etimológicamente de modo 788 
22. ¿Conviene a Dios el modo bajo alguna razón? 789 
23. Por qué se dice a veces que el modo, la belleza y el orden 
son ma'os 789 
24. Se prueba con testimonios de la Sagrada Escritura que Dios 
es inmutable y que el Hijo es engendrado y no hecho 791 
25. Aquello del Evangelio: «Nada ha sido hecho sin él», mal en-
tendido por algunos 792 
26. Las criaturas han sido hechas de la nada 793 
27. La expresión «ex ipso» no significa lo mismo que «de ipso». 794 
28. El pecado no es obra de Dios, sino de la voluntad de los 
pecadores 795 
29. Dios no es mancillado por nuestros pecados 795 
XVI INUIIK i ;KM:UAL 
Págs 
.'((). I.IM bienes más imperfectos y terrenos son también obra 
di- Dios 796 
.'II. < loircsponde » Dios lo mismo el castigar que el perdonar 
los pecados 797 
32. Kl mismo poder de hacer daño procede de Dios 798 
33. Los ángeles malos no fueron pervertidos por Dios, sino por 
su pecado 799 
34. El pecado no es deseo de una naturaleza mala, sino aban-
dono de otra mejor 800 
35. El árbol fué prohibido a Adán no porque era malo, sino por-
que era bueno al hombre estar sometido a Dios 801 
36. Ninguna criatura de Dios es mala, sino que el mal consiste 
en hacer mal uso de ella 801 
37. Dios convierte en bien el mal de los pecadores 802 
38. El fuego eterno, que atormenta a los impíos, no es un mal. 803 
39. Dícese que el fuego es eterno, no con la eternidad de Dios, 
sino porque no tiene fin 803 
40. Nada puede perjudicar a Dios ni a ninguna criatura sin la 
justa ordenación de Dios 804 
41. Bienes que los maniqueos atribuyen a la naturaleza del mal 
y males que atribuyen a la naturaleza del bien 804 
42. Blasfemias de los maniqueos contra la naturaleza de Dios ... 807 
43. Los maniqueos suponen males en la naturaleza de Dios antes 
de mezclarse con el mal 811 
44. Increíbles torpezas imputadas a Dios por Manes 813 
45. Algunas nefandas torpezas atribuidas con razón a los ma-
niqueos 816 
46. Doctrina abominable de la carta llamada del Fundamento. 817 
47. Manes obliga a practicar estas torpezas nefandas 819 
48. Oración de Agustín por la conversión de los maniqueos 821 
Notas complementarias 823 
Bibliografía 825 
1 • N T R O D U C C I O N. 
CONTRA LOS ACADÉMICOS 
CAPITULO I 
LA FILOSOFÍA ACADÉMICA 
«Y yo grandemente me maravillaba y recordaba con ansia 
cuan largo espacio de tiempo había desde el año decimonono 
de mi edad, en que comencé a arder en el amor de la sabiduría, 
disponiéndome, así que la hubiera hallado, a abandonar todas 
las esperanzas hueras y las mendaces locuras de las vanas 
pasiones. Y he aquí que ya andaba el año trigésimo de mi 
edad, sumido y vacilante en el mismo lodo, ávido de gozar 
de los bienes presentes, que se me escurrían de las manos y 
me traían disipado y disperso, mientras decía: «Mañana la 
hallaré; mañana se me aparecerá la evidencia y me abrazaré 
con ella: he aquí que vendrá Fausto y me declarará todo. 
¡Oh grandes hombres de la Academia! Ninguna certidumbre 
podemos asir, estrella fija de nuestra vida. Pero no; busque-
mos con mayor diligencia y no desesperemos» l. 
«Y vínome a las mientes—nos informa en otro pasaje el 
mismo Santo—el pensamiento que los filósofos que llaman 
académicos habían sido más avisados que los otros en sos-
tener que de todo se debía dudar, llegando a la conclusión 
que el hombre no es capaz de ninguna verdad. Esto juzgué 
entonces que ellos habían sentido, como el vulgo piensa, por 
más que no penetrase aún su intención» =. 
«Y en tanto ya había venido a mí mi madre, fuerte de su 
propia piedad, siguiéndome por tierra y mar, segura de Vos 
en todos los peligros... Y me encontró en un grave peligro 
por mi desesperanza de encontrar la verdad» 3. 
Con estas palabras nos descubre San Agustín el estado 
psicológico de duda por que atravesó en su juventud, en el 
camino mismo de la sabiduría. 
Brilla aquí su temperamento realista y humanísimo. Los 
problemas con que él se debatió fueron urgencias íntimas, 
que le espoleaban a la posesión de lo absoluto. Perfilamos las 
ondulaciones de una interesante trayectoria vital. 
San Agustín no es un escolástico, un manipulador de teo-
rías muertas o un solitario de gabinete, sino un luchador cuerpo 
a cuerpo con los problemas más gigantescos que salen al paso 
del hombre en su marcha hacia Dios. 
El nos ofrece el tipo de un filósofo ejemplar, que ha co-
1 Conf. VI 11. Usamos la traducción de L. RJBER. 
2 Ibid., V 10. 
' Ibid., Vi 1. 
INTRODUCCIÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 
nocido todos 'os jadeos del pensamiento, todas las angustias 
del alma humana en su rebusca de la verdad, del bien y de 
la hermosura. 
Causas morales, psicológicas y literarias influyeron en el 
período crítico, a que aludimos, colocándole entre 
le genti dolorose 
ch'hanno perduto il ben dello intelletto ". 
El gran peregrino de Dios perdió el bien más inmueble 
y radical del espíritu: la esperanza de hallar la verdad. La 
duda de San Agustín no fué metódica, sino angustiosa y realí-
sima en la lucha por la verdad y la formación espiritual de 
su ser. Más que un cierre de ojos a lo real, fue una mirada 
suplicante de náufrago, un clamor de angustia en el infinito 
desierto de las aguas salobres. San Agustín es en la esfera del 
pensamiento un héroe movido por una incansable actividad 
en busca de la luz y de la vida. Pero hubo una época en su 
historia en que perdió la creencia vigorosa en el dominio uni-
versal de la verdad. Aquel estado fué una consecuencia y re-
sultado de la crisis ideológica en que le sumiera el fracaso 
del maniqueísmo, que le había prometido dar razón de las 
cosas y resultó un conjunto insostenible de sinrazones. Una 
por una se le fueron apagando todas las esperanzas y luces 
interiores. El edificio espiritual, en que había querido guare-
cerse definitivamente, por creerlo mansión segura de la verdad 
y de la razón, se le fué cayendo encima fragmento por frag-
mento, sobre la cabeza dolorida, hasta dejarlo a la intemperie. 
Esta vida a campo raso, sin ningún hogar de certeza que le 
diese amparo y lumbre hasta el desarrollo de nuevos saberes, 
constituye la duda académica de San Agustín. 
Por otra parte, se interpone aquí el prestigio inmenso y 
la magia oratoria del gran orador latino y uno de los per-
fectos estilistas de la literatura latina: Marco Tulio Cicerón. 
Como profesor de retórica, Agustín tenía que acogerse al 
magisterio del orador romano. 
A los diecinueve años, el Hortensius fué el más enérgico 
estimulante para despertar el genio de San Agustín y ponerlo 
en el camino de la sabiduría. 
Una de las mayores glorias de Cicerón es, sin duda, el 
haber avivado la lumbre del espíritu filosófico del joven de 
Tagaste, el cual conservó siempre un grato recuerdo de aquel 
nacimiento al amor de la sabiduría. En las escuelas de su 
tiempo, Cicerón ejercía un magisterio indiscutible, y, junto 
con Virgilio, comparte la gloria de un influjo saludable sobre 
su espíritu. 
Como filósofo, Cicerón no es un pensador original, ni ha 
aportado a la ciencia grandes novedades; en este sentido no 
4 DANTE, Inferno m 
4 INTRODUCCIÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 
compite con los representantes de la especulación helénica. 
Mas era un espíritu rico de saberes ajenos, familiarizado con 
la literatura vigente, lo mismo latina que griega, y conocedor 
como pocos de las doctrinas filosóficas. Había oído discutir 
a los epicúreos, estoicos y académicos, y sostuvo correspon-
dencia con los hombres más cultos de su tiempo, que fre-
cuentaban su casa: doctissimorwm hominum familiaritates, 
quibus semper domus riostra floruit5. Maestros suyos fueron 
Diodoto, Filón, Antíoco y Posidonio. A Antíoco lo llama po-
lutissimus el acutissimus omnium noslrae memoriae philoso-
phorum 6. 
Uno de los méritos de Cicerón es el haber dado expresión 
diáfana y cristalina a un gran caudal de pensamientos helé-
nicos. San Agustín mismo participó de esta herencia y la 
comunicó al mundo cristiano. Mas para el tema de nuestra 
introducción conviene señalar aquí el influjo de Cicerón so-
bre la duda académica de Agustín. La tesis del filósofo ro-
mano puede resumirse en estas palabras: Non sumus ii, quibus 
nihil verura esse videatur, sed ii qui ómnibus veris falsa quae-
dam adiuncta esse dicamus tanta similitudine, ut in iis nulla 
insit certa iudicandi et assentiendi nota, ex quo exislit illud, 
multa esse probabilia, quibus sapientis vita regatur 7. No somos 
de los que niegan en absoluto la existencia de la verdad, sino 
de los que sostienen que la verdad y falsedad andan tan her-
manadas y mezcladas, que en ellas no hay ninguna señal cierta 
para discernirlas y prestarles asentimiento, de donde resulta 
que el sabio debe regir su vida según la probabilidad. 
Esta es la doctrina de la llamada segunda Academia, que 
había sido introducida en el mundo romano por una comisión 
griega de pensadores, a cuya cabeza figuraba Carnéades. En el 
pasaje citado de Cicerón resaltan las dos actitudes fundamen-
tales de la escuela académica: la actitud especulativa agnós-
tica, que renuncia al conocimiento de la verdad, por hallarse 
velada con las semejanzas de lo falso, y la actitud práctica, 
que se apoya en lo probable, como norma de conducta. 
Es el mismo desdoblamiento personal del positivista Hi-
pólito Taine: hay que dejar los radicalismos de la filosofía 
cuando se entra en la plaza de la vida. 
Nos sequimur probabilia, dice el orador romano ". Nosotros 
seguimos lo probable. 
Los académicos decían que, para hallar la verdad proba-
ble, hay que pesar el pro y el contra de todas las opiniones: 
veri inveniendi causa contra omnia dici oportere et pro ómni-
bus *. Por eso surgieron entre ellos habilísimos polemistas, 
5 De natura deorum i 3. La edición que usamos es la s iguiente: M. Tutl/i Ci-
ceronis opera, cum delectu commentariorum edebat íosephus Olivetus, Academiae 
Gallicae XL Vir. Editio tertia, emendatissima. Genevae, apud Fratres Cramer„ 
MDCCLVIII . 
? Academicorum líber secundus 5 5 : ibid. t.2 p . 6 l . 
7 De nat. deorum i 6. 8 Tuscul. n 5,353. 9 Acad. II 18,36. 
INTRODUCCIÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 5 
ágiles para la esgrima de las ideas. Razones de orden filosófico 
y práctico movieron a Cicerón a adherirse a la escuela aca-
démica. La profesión oratoria le obligó al manejo de la dis-
cusión, a la habilidad dialéctica y parlamentaria. Y en la 
escuela académica se miraba a la formación del hombre del 
agora, al lucimiento de las armas dialécticas, para saber ex-
presarse y captar el punto débil de las opiniones humanas: 
«Por lo cual siempre me ha agradado a mí la costumbre de 
los peripatéticos y de la Academia de formar dos bandos con-
trarios en la investigación, no sólo porque de otro modo no 
puede alcanzarse lo que hay de verosímil en cada cosa, sino 
también porque es el mejor ejercicio para la oratoria: sed 
etiam quod esset máxima dicendi exercitalio» " . 
Naturalmente, este hábito dialéctico de la discusión ex-
tremado, origina una tendencia agnóstica y relativista. Como 
en el apólogo manzoniano de los litigantes, todos tienen razón 
y ninguno tiene razón. Todo es verdad y mentira según el color 
del cristal con que se mira. El cristal son las condiciones sub-
jetivas y temperamentales con que se mira la verdad. Pero en 
Cicerón se advierte también un gran esfuerzo reflexivo, un 
estudio ahincado de los grandes temas de la filosofía helénica, 
que incorporó a la latina. 
Contra los vituperadores de la filosofía, él publicó en su 
Hortensio el cálido elogio de la sabiduría, que tanto impre-
sionó al joven Agustín: nos autem universae philosophiae vi-
tuperatoribus respondimus in Hortensio " . 
Para él, la filosofía es la maestra de la vida: magistra 
vilae. No fué tan radical en la duda como Pirrón o el mismo 
Arquesilao, pues admite la posibilidad de un conocimiento de 
lo verosímil. El meditó ahincadamente el pro y contra del 
probabilismo académico. En el libro segundo de los Acadé-
micos, que también lleva el título de Lucullus, por ser éste 
el antagonista y demoledor de la filosofía académica, hay 
una refutación de la duda universal con una serie de razona-
mientos que ha opuesto siempre la sana lógica al escepticismo. 
Los mismos razonamientos de San Agustín en su obra 
Contra los académicos recogen la substancia del contrincante 
de Cicerón. Era éste lo que se llama a sí mismo: magnus qui-
dem sum opinator 12, y admite el principio académico: Nihil 
enim arbitrar posse percipi ". Esforcémonos por mostrar que 
nada puede percibirse: Nitamur igitur nihil posse percipi". 
Y ¿cuáles son las bases de su demostración? La nueva Aca-
demia querría enlazarse con la antigua y la actitud socrática: 
Sólo una cosa sé, que nada sé. Mas su origen ideológico ha de 
buscarse en la teoría de la comprensión del estoico Zenón, 
el cual gráficamente exponía así su doctrina del conocimiento: 
10 Tuscul. I I 3,354. « Ibid. , ibid. 
11 Tuscul. n 1,352. '•> Ibid. , 21,40. 
12 Acad. II 20,39. 
6 INTRODUCCIÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 
«Mostraba la mano abierta y los dedos extendidos y decía: Tal 
es la representación. Plegaba ligeramente los dedos y añadía : 
Este es el asentimiento. Cerraba la mano formando puño: Tai 
es la comprensión (katalipsis). Finalmente, con la otra mano 
cogía y apretaba el puño, diciendo: «He aquí la ciencia propia 
del sabio» " . La comprensión en tales condiciones es muy 
ardua empresa para el espíritu limitado de los hombres. El 
sabio no debe opinar, a estilo del vulgo, que vive totalmente 
sumergido en las apariencias engañosas. Su asentimiento debe 
apoyarse en la certeza y seguridad de la percepción. Las suyas 
deben ser unas certezas de puño cerrado y defendido por la 
otra mano. Es decir, lo percibido debe reunir tales notas, que 
lo disciernan de lo falso. Las cosas en cierto modo imprimen 
su verdad y figura en nuestras facultades receptivas, y ésta es 
condición de la verdadera representación en nosotros: ex eo 
quod esset, sicut esset, impressum, signatura, effectum. Lo re-
presentado—visum—, es decir, el objeto de la percepción, 
debe estar impreso, sellado y labrado por lo mismo que se 
percibe, tal cual es le. El espíritu del hombre se halla en una 
frontera de mucho tráfico y contrabando, y ninguna vigilancia 
sobra para controlar lo que entra y sale. 
Pues siguiendo esta definición y estudiando el origen de 
las representaciones, llegaron Arquesilao y sus discípulos a 
poner en duda la legitimidad de toda representación objetiva. 
Según ellos, resulta imposible el logro de ' las condiciones de 
la percepción o comprensión exigidas por Zenón, por hallarse 
viciadas las fuentes de nuestros conocimientos. 
Y en primer lugar embistieron contra el testimonio de los 
sentidos, en que se ocultan tantos cepos de error y de engaño. 
Descubrir sus tramoyas fué sutil tarea de los académicos. La 
filosofía ha manifestado siempre un gran horror a! engaño. 
San Agustín considera este horror como uno de los ímpetus 
elementales de la conciencia humana, que quiere y busca la 
verdad dondequiera que se halle, en los más rudimentarios 
estados de la cultura. Y los académicos descubrieron en los 
sentidos uno de los focos principales de los errores humanos. 
Ya en la primera Academia el mundo de los sentidos había 
quedado sombreado frente al fulgor del mundo inteligible de 
las ideas, que es el verdadero, el macizo y el sólido. Las cosas 
sensibles sólo engendran la doxa, la opinión, es decir, una 
forma inferior de adhesión espiritual, indigna del sabio. 
Los académicos, pues, miraron con suspicacia el testimonio 
de los sentidos, sirenas de ilusión, inmerecedoras de la adhe-
sión rotunda y plena, y se hicieron vulgares muchas de sus 
ilusiones, como la del remo recto, que aparece quebrado a! 
sumergirse en el agua; la policromía de los reflejos en el 
cuello de las palomas, la duplicación de la llama de las can-
15 AcaJ. II 47.76-7. I 6 Ibid. , 24,44. 
INTRODUCCIÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 7 
délas en la torsión de los ojos, la semejanza de los anillos' 
impresos en la cera, la de las abejas entre sí, la de los hue-
vos, la de los hermanos gemelos, entre los cuales fueron cé-
lebres P . Servilio y Quinto1 ' . 
Cicerón preguntaba al interlocutor en su quinta, con te-
rrazas al Mediterráneo: Videsne navem Mam? Slare videtur; 
et his qui in navi sunt moveri haec villa ls. ¿Ves aquella nave? 
Parece que está quieta. En cambio, a los que van embarcados 
allí les parece que se mueve esta quinta. 
La relatividad de las magnitudes servía a los académicos 
para el mismo propósito: todo es grande y pequeño a la vez. 
El sol es extraordinariamente voluminoso a los ojos de los 
astrónomos; a mí, en cambio, apenas me parece que tiene la 
dimensión de un pie " . Esto demuestra que los sentidos son 
testigos falsos. La quietud aparente del sol, cuando se mueve 
con una celeridad inconcebible, confirma el dicho de los an-
tiguos pirrónicos: kakoí mártyres anthrópisin ofthalmoí, de-
cía Heráclito. 
Igualmente, en la campaña contra la posibilidad del cono-
cimiento objetivo daba armas la medicina: «La medicina ha 
sido el gran argumento para el mundo de la sofística. La im-
portancia de la salud y de la enfermedad no solamente para 
percibir las cosas, sino también para pensarlas, de suerte que 
el pensamiento propende a ser de nuevo un modo de perci-
birlas. El aparecer y el parecer van tomando así cada vez más 
la acepción de sentir» 20. Particular mención hacían los acadé-
micos de los sueños, de los amentes y de los ebrios. El maes-
tro de Cicerón, Antíoco, dedicaba una jornada completa al 
tema de las representaciones falaces: Ad fias visiones inanes 
Antiochus quidem et permulta dicebat et erat de hac re unius 
diei disputado 21. No hay diferencia entre las visiones psico-
páticas y las verdaderas: Ínter visa vera et falsa ad animi as-
sensum nihil interesse22. No hay una línea divisoria entre la 
salud y la enfermedad, entre la cordura y la insania. 
A la debilidad de los sentidos debe añadirse la de la razón, 
o digamos el relativismo del conocimiento humano, tan patente 
en la pluralidad de las escuelas y en las discusiones intermi-
nables sobre las partes de la filosofía: natural, lógica y ética. 
Est enim Ínter magnos homines summa dissensio, dice Cice-
rón 2S: reina la disensión entre los más grandes pensadores. 
Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras, 
Xenófanes, Parménides, Leucipo, Demócrito, Heráclito, Teo-
frasto, Epicuro, Dicearco, Empédocles, Meliso, Cleantes, Xe-
nócrates, etc., enarbolan banderas ideológicas discordes en los 
" Acad. II 25 y 26 p.45-47. 
16 Ibid. . p .46 . 
1 9 Ibid. , ibid. 
2 0 X . Z U B I R I , Naturaleza, Historia, Dios p.241 (Madrid 1944) . 
2 1 Ib id . , 28 ,51 . 
22 Ibid. , 28 ,51 . 2' Ibid. , 36,63. ; 
8 INTRODUCCIÓN A «CONTKA LOS ACADÉMICOS» 
problemas de la concepción del universo. Todo es confusión 
y desorden y algarabía en las escuelas J1. No hay un saber 
coincidente, porque nada hay firme e inconcuso; todo es in-
cierto y problemático, como reflejo de una realidad esquiva 
y evanescente. Anaxágoras llegó a decir que hasta la nieve es 
negra, u obscura, como el agua en que se resuelve 25. Idéntica 
confusión domina en la filosofía de las costumbres o investi-
gación del sumo bien, desde el sensismo craso de Epicuro, que 
omne iudicium in sensibus el in rerum notitiis el in voluptate 
conslituil, hasta Platón, representante más ilustre del espiri. 
tualismo, que colocó en la mente el asentimiento a la verdad "°. 
Todas estas peripecias del espíritu humano, toda la multitud 
de opiniones variables según la edad, la complexión, usos y 
costumbres, es decir, todo este coeficiente subjetivo que la per-
cepción de la verdad necesariamente lleva consigo, sirvió ad-
mirablemente para la dialéctica de la segunda Academia, que 
se entregó a un sutil juego cerebral a caza de argumentos, so-
fismas y escapatorias contra el sentir del género humano, para 
demostrar que no conocemos con plena garantía ninguna cosa, 
y que hemos de atenernos a la verosimilitud. 
Cicerón, el abogado latino más influyente por la fuerza 
del estilo y por el calor del entusiasmo con que propagaba 
sus ideas, fué el portavoz de este escepticismo relativo, y San 
Agustín asimiló su ideario en el período crítico a que aludi-
mos aquí. Todavía abruma los Diálogos de Casicíaco el peso 
enorme del príncipe de la oratoria latina. Cuando él alude 
a los académicos, más que en Carnéades y Arquesilao, piensa 
en Cicerón, cuyo sistema probabilista refleja aproximadamente 
e! que abrazó él durante el tiempo en que militó en dicha 
escuela. Vivió angustiosamente el necesario aislamiento me-
tafísico en que por fuerza arroja toda desesperación de hallar 
la verdad. 
CAPITULO II 
LA DUDA ACADÉMICA EN SAN AGUSTÍN 
Sin duda alguna, la doctrina académica, tal como la pro-
fesó Cicerón, nos ayuda para determinar y definir el período 
crítico de que nos habla el Santo: «Así que, dudando de todo 
al estilo de los académicos, según el concepto en que se les 
tiene, y fluctuando al vaivén de toda incertidumbre, deter-
miné que debía abandonar a los maniqueos, no creyendo que 
en aquel tiempo de mis vacilaciones tuviera que permanecer 
en aquella secta, que en mi estimación era pospuesta a tales 
o cuales filósofos. Mas a estos filósofos, que ignoraban el 
nombre de Cristo, negábame en redondo a confiar la curación 
2 4 Ibid. . 37-J9 p.69-72. 
2 5 Ibid., 31,16. 26 Ibid. , 42-43.69-72; 45-75. 
INTRODUCCIÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 1) 
de la enfermedad de mi alma. Determíneme, pues, a quedarme 
catecúmeno en la Iglesia católica, la Iglesia que mis padres 
me recomendaron, en espera de que brillase a mis ojos algún 
lucero cierto adonde dirigir mi camino» \ 
En otro libro describe así su estado de ánimo en aquella 
época: «Cuando me separé de vosotros para ir a ultramar 
(a Italia), andaba vacilando y dudoso acerca de lo que debe 
abrazarse o rechazarse. Esta duda fué tomando cuerpo des-
de que oí a aquel hombre, cuya venida, como tú sabes, se 
nos prometía como cosa del cielo, para disipar todas mis 
dificultades, y vi que, salvo en la elocuencia, era como todos 
los demás; entonces, ya estando en Italia, tuve una gran de-
liberación y consejo conmigo mismo, no sobre si había de 
continuar en aquella secta, donde ya me avergonzaba de ha-
ber militado, sino acerca del modo como había de hallar la 
verdad, cuyo deseo me arrancaba tantos suspiros, como tú 
sabes mejor que nadie. Muchas veces me parecía que no po-
dría hallarse, y las grandes marejadas de mis pensamientos 
me impelían a dar mi voto a los académicos; otras muchas, 
considerando, según me era posible, la vivacidad de la mente 
humana, tan penetrante y afilada, no creía que estuviese 
oculta la verdad, sino que más bien no era patente el medio 
de hallarla, y que había de tomarlo de alguna autoridad. 
Era, pues, necesario indagar cuál era aquella autoridad... 
Y se me ofreció a los ojos una intrincada selva, y sentía pe-
reza de internarme en el la; y, entre tanto, mi ánimo, sin 
ningún reposo, era agitado con el deseo de hallar la ver-
dad» 3. 
He aquí la situación psicológica de San Agustín. La me-
táfora marítima que emplea dos veces: Fluctus cogiíationum 
mearum3; in mediis fluctibus academia tenuerunt1, se ajusta 
bien a la situación de tortura del gran peregrino. Fué un es-
tado de fluctuación con sus altibajos correspondientes: a veces, 
enflaquecida la esperanza de hallar la verdad, le deprimía y 
abatía y se iba al fondo de la duda; otras veces, el deseo de 
liberarse de la obscuridad ambiente le erguía con blando em-
puje y ánimo de tocar la tierra firme de la certeza: «Con al-
terno soplo, dice bien en las Confesiones, reinaban estos vien-
tos, y traían mi corazón de un lado a otro» s. «Busquemos con 
diligencia y no desesperemos» 6. Así hemos de imaginarnos la 
barca de San Agustín, engolfada en alta mar, a merced de 
los embates marinos, o las que llama la divina Escritura «ma-
ravillosas soberbias del mar», sin carta de navegar ni seguro 
derrotero. 
La crisis comenzó con el fracaso de la ideología maniquea; 
1 Conf. V 14. 
2 De utilitate credendi 8,20 : ML 42,78-79. 
3 L . c , ibid. 5 Conf. VI 11. 
4 De beata vita 4: ML 32 ,961. <• Ibid, ibid. 
10 INTRODUCCIÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 
la consiguiente conmoción interna debilitó los impulsos vitales 
y las fuerzas dialécticas de su espíritu. Agustín perdió la con-
fianza en sí mismo y convirtió en problemas insolubles las 
creencias que habían sido el norte de su vida. 
Pero también entonces comenzó un nuevo lucero a verter 
su fulgor en la densa tiniebla: fué San Ambrosio, obispo de 
Milán, a cuyos sermones se aficionó muy pronto, después de su 
llegada a Milán. Oyéndole, se fué limpiando de muchos erro-
res, sobre todo relativos a la doctrina católica, y altamente 
se le asentó en la memoria lo que muchas veces predicaba 
el gran sacerdote de Cristo: La letra mata, el espíritu vivi-
fica. «Y tanto más carcomía mis entrañas el ansia de saber lo 
que debía creer con certinidad, cuanto me daba vergüenza de 
haber andado tanto tiempo engañado e iluso con las prome-
sas de la certidumbre, pregonando con error y petulancia mu-
chachil tantas cosas inciertas como si fueran ciertas... Pero 
mantenía mi corazón libre de todo asenso, medroso del preci-
picio; y esta suspensión me mataba. Pues quería yo tener 
de aquellas cosas que no veía la misma certeza que tenía de 
que tres y siete son diez. Pero como suele acontecer al que 
cayó en manos de un mal médico, que después no se atre-
ve a fiar del bueno, así era la disposición de mi alma, que 
no podía sanar más que creyendo, y para no creer falsedades, 
rehusaba la salud, resistiendo a vuestras manos, con que con-
feccionasteis la medicina de la fe, que derramasteis sobre las 
dolencias de todo el mundo, y a la cual atribuisteis tanta efi-
cacia» '. No puede dudarse de la verdad y angustia que revelan 
estas palabras: San Agustín conoció esa tiniebla universal 
y penosísima que llamamos escepticismo, y le empañó el alma 
la melancolía de aquellos personajes del anteinfierno dantesco, 
que vivieron deseando siempre sin esperanza: 
Che senza speme vivemo in disio *. 
Mas para un espíritu tan opulento como el agustiniano 
aquella situación, plena de contradicciones íntimas, era insos-
tenible. El no podía vivir deseando siempre y sin esperanza 
alguna de poseer la verdad. El empuje vital de su idealismo le 
obligó a salir de aquella vivienda, agrietada por la inseguridad 
y abierta a la zozobra de los vientos. Tenía que emigrar de allí 
prontamente, como lo hizo. 
Uno de los más fuertes anhelos del hombre es la seguridad, 
el tomar una posición de la que no puedan desalojarle ningún 
enemigo o evento. Se trata de una necesidad vital, y en el fon-
do coincide con aquel anhelo de permanencia que San Agustín 
ha inscrito en la misma entraña ontológica de los seres, con 
aquella ley universal de la aspiración al reposo, que es igual-
' Cotif. vr 4. 
8 inferno iv 
IMKODIICI-.IÓN A «CONTRA LOS ACADÉMICOS» 1 1 
mente una fuerza ponderal de alcance metafísico, sobre todo 
para el espíritu. 
Este anhelo de seguridad y de quietud obligó a San Agus-
tín a salir del estado congojoso de la duda. ¿Cuánto tiempo 
duró éste? 
La crítica conservadora ha admitido la superación de la 
duda académica a lo menos desde la conversión, en la que le 
salteó un gran golpe de luz y de conocimiento nuevo, la lux 
securitatis de que nos habla el Santo \ 
«San Agustín—dice Wórter—quería, al discutir la cuestión 
académica, satisfacer una necesidad personal. Le urgía a él, 
como antiguo discípulo de la Academia, el problema de la po-
sibilidad del conocimiento y de su verdad. Cierto que, desde 
la conversión, el punto fundamental del escepticismo había sido 
superado» lc. Esta opinión tiene en su apoyo el testimonio de 
las Confesiones. 
Después de referir el episodio de la lectura de San Pablo, 
dice: «No quise leer más ni era menester. Al instante, con el 
fin de este pasaje, como si una gran luz de seguridad se hubiera 
infundido en mi corazón, todas las tinieblas de mi duda huye-
ron» n . Y en otra parte añade: «Me habíais convertido a Vos 
San plenamente, que ya no buscaba esposa, ni perseguía espe-
ranza alguna de siglo, colocándome en aquella regla de fe en 
la cual una añeja revelación vuestra habíame mostrado a mi 
madre» I2. Siempre se había entendido esta plena conversión 
como significativa de un cambio profundo y radical en pensa-
mientos, en afectos y en obras. Las palabras anteriores no alu-
den expresamente a la eliminación de la duda académica, que 
fué anterior a su conversión misma, como diremos; pero la in-
cluyen y presuponen. La conversión de San Agustín implica un 
firme sistema de certidumbres filosóficas y religiosas, que die-
ron a su vida nuevo apoyo y orientación. Con todo, no piensan 
así algunos hipercríticos modernos, los cuales se creen con de-
recho a demoler el valor histórico y documental de las Confe-
siones, gloriándose de conocer el estado de la conciencia ajena 
mejor que el mismo San Agustín, con haber sido justamente 
llamado «el mayor psicólogo del cristianismo». Así, W. Thim-
me, en un libro donde pone en duda la veracidad de las Con-
fesiones, sostiene que desde el año 386 hasta el 391 San Agustín 
luchó por vencer el escepticismo de la nueva Academia con una 
concepción racional idealista del mundo. En Casicíaco se inicia 
el íntimo combate; el gran náufrago no encontró allí el puerto 
9 Conf. v n i 12. 
10 Die Geistesenwicklung des A. Augustinus bis zu seiner Tauje p.75 (Pader-
born 1892). Véase igualmente al P. BOYER, Christianisme et néo-platonisme dans 
la forma/ion de S. Augustin p. 190-195 (París' 1920) ; H E L E N E G R O S , La conversión 
de Saint Augustin p .114-126; P. PEDRO FABO, O. R. S. A., La juventud de San 
Agustín ante la crítica moderna c.8 «Del escepticismo académico» (Madr id 1929). 
1 1 Conf. VIII 12. 
1 2 Conf. ibid. 

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