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Gentileza de Sinuhé Perea 1 Preparado por Patricio Barros 
 
  
El Teatro de Galileo Galilei www.librosmaravillosos.com Bertolt Brecht 
Gentileza de Sinuhé Perea 2 Preparado por Patricio Barros 
 
Índice 
Galileo Galilei 
Personajes 
1. Galileo Galilei, maestro de matemáticas en Padua, quiere demostrar la validez 
del nuevo sistema universal de Copérnico 
2. Galilei entrega un nuevo invento a la República de Venecia 
3. 10 de enero de 1610: por medio del telescopio, Galilei realiza descubrimientos 
en el cielo que demuestran el sistema de Copérnico. Prevenido por su amigo de 
las posibles consecuencias de sus investigaciones, Galilei manifiesta su fe en la 
razón humana 
4. Galilei ha dejado la República de Venecia por la corte florentina. Sus 
descubrimientos hechos por medio del telescopio chocan con la incredulidad de 
los círculos eruditos de la corte. 
5. Sin intimidarse por la peste, Galilei continúa con sus investigaciones. 
6. 1616: el colegio romano, instituto de investigaciones del Vaticano, confirma los 
descubrimientos de Galilei.  
7. Pero la inquisición pone la teoría de Copérnico en el index (5 de marzo de 
1616.) 
8. Un diálogo 
9. El advenimiento de un nuevo papa, que es también científico, alienta a Galilei a 
proseguir con sus investigaciones sobre la materia prohibida, luego de ocho 
años de silencio. Las manchas solares 
10. En el decenio siguiente, las teorías de Galilei se difunden en el pueblo. 
Panfletistas y cantores de baladas recogen las nuevas ideas por todos lados. 
En el carnaval de 1632, muchas ciudades eligen a la astronomía como motivo 
para las comparsas de sus gremios 
11. 1633: el famoso investigador recibe orden de la inquisición de trasladarse a 
Roma 
12. El Papa 
13. 22 de junio de 1633: Galileo Galilei revoca ante la inquisición su teoría del 
movimiento de la tierra. 
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Gentileza de Sinuhé Perea 3 Preparado por Patricio Barros 
14. 1633-1642. Galileo Galilei vive hasta su muerte en una casa de campo en las 
cercanías de Florencia, como prisionero de la inquisición. Los "Discorsi" 
15. 1637. El libro de Galilei "Discorsi" atraviesa la frontera italiana. 
  
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Gentileza de Sinuhé Perea 4 Preparado por Patricio Barros 
 
GALILEO GALILEI 
 
Esta pieza fue escrita en 1938-1939 en Dinamarca, en el exilio. Los diarios 
habían publicado la noticia de la desintegración del átomo de uranio por físicos 
alemanes y fue estrenada por el Piccolo Teatro di Milano el 18 de diciembre de 
1953 con la dirección de Giorgio Strehler. 
  
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Gentileza de Sinuhé Perea 5 Preparado por Patricio Barros 
 
PERSONAJES 
 
Galileo Galilei Dos eruditos 
Andrea Sarti Dos monjes 
Señora Sarti, madre de Andrea y ama de llaves de 
Galilei 
Dos astrónomos 
Ludovico Marsili, un joven hijo de acaudalada 
familia 
Un monje muy delgado 
Señor Priuli, secretario de la Universidad de Padua Un cardenal muy viejo 
Sagredo, amigo de Galilei Padre Cristóforo Clavius, astrónomo 
Virginia, hija de Galilei Un monje pequeño 
Federzoni, pulidor de lentes, colaborador de Galilei El Cardenal Inquisidor 
El Dux Cardenal Barberini, después Papa Urbano VIII 
Regidores Cardenal Belarmino 
Cosme de Médici, Gran Duque de Florencia Dos secretarios espirituales 
Mayordomo Mayor de la Corte Dos jóvenes damas 
El teólogo Filippo Mucius, un erudito 
El filósofo Señor Gaffone, rector de la Universidad de Pisa 
El matemático Un cantor de romances 
Una vieja dama de honor Su mujer 
Una joven dama de honor Vanni, un fundidor de hierro 
Un lacayo del Gran Duque Un funcionario 
Dos monjas Un alto funcionario 
Dos Soldados Un individuo 
La vieja mujer Un monje 
Un prelado gordo Un campesino 
Hombres, mujeres, niños Un guardia aduanero 
 Un escribiente 
 
  
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Gentileza de Sinuhé Perea 6 Preparado por Patricio Barros 
 
Capítulo 1 
GALILEO GALILEI, MAESTRO DE MATEMÁTICAS EN PADUA, QUIERE 
DEMOSTRAR LA VALIDEZ DEL NUEVO SISTEMA UNIVERSAL DE COPÉRNICO. 
 
El pobre gabinete de trabajo de Galilei en Padua. Es de mañana. Un muchacho, 
Andrea, hijo del ama de llaves, trae un vaso de leche y un bollo. 
 
GALILEI (lavándose el pecho, resoplando, alegre). — Pon la leche sobre la mesa 
pero no cierres ningún libro. 
ANDREA. — Mi madre dice que debemos pagar al lechero. Si no pronto hará un 
rodeo a nuestra casa, señor Galilei. 
GALILEI — Se dice: describirá un círculo, Andrea. 
ANDREA. — Como usted quiera, pero si no pagamos describirá un círculo en torno a 
nosotros, señor Galilei. 
GALILEI — Si el alguacil señor Cambione, se dirige directamente a nuestra puerta, 
¿qué distancia entre dos puntos elegirá? 
Andrea (sonríe). — La más corta. 
GALILEI — Bien. Tengo algo para ti. Mira atrás de las tablas astronómicas. (Andrea 
levanta detrás de las tablas astronómicas un modelo de madera de gran tamaño del 
sistema de Ptolomeo.) 
ANDREA. — ¿Qué es esto? 
GALILEI — Es un astrolabio. El aparato muestra cómo los astros se mueven 
alrededor de la tierra, según la opinión de los viejos. 
Andrea — ¿Cómo? 
GALILEI — Investiguemos. Primero la descripción. 
ANDREA. — En el medio hay una pequeña piedra. 
GALILEI — Es la Tierra. 
ANDREA. — Alrededor de ella hay anillos, siempre uno sobre el otro. 
GALILEI — ¿Cuántos? 
ANDREA. — Ocho. 
GALILEI — Son las esferas de cristal. 
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Gentileza de Sinuhé Perea 7 Preparado por Patricio Barros 
ANDREA. — A los anillos se han fijado bolillas. 
GALILEI — Son los astros. 
ANDREA. — Y ahí hay cintas en las que se leen nombres. 
GALILEI — ¿Qué nombres? 
ANDREA. — Nombres de estrellas. 
GALILEI — ¿Por ejemplo?   
ANDREA. — La más baja de las bolillas es la Luna y encima de ella el Sol. 
GALILEI — Y ahora haz correr el sol. 
Andrea (mueve los anillos). — Es hermoso todo esto, pero nosotros estamos tan 
encerrados... 
GALILEI — Sí. (Secándose.) Es lo que también yo sentí cuando vi el armatoste por 
primera vez. Algunos lo sienten. (Le tira la toalla a Andrea para que le frote la 
espada.) Muros, anillos e inmovilidad. Durante dos mil años creyó la humanidad que 
el Sol y todos los astros del cielo daban vueltas a su alrededor. El Papa, los 
cardenales, los príncipes, los eruditos, capitanes, comerciantes, pescaderas y 
escolares creyeron estar sentados inmóviles en esa esfera de cristal. Pero ahora 
nosotros salimos de eso, Andrea. El tiempo viejo ha pasado y estamos en una 
nueva época. Es como si la humanidad esperara algo desde hace un siglo. Las 
ciudades son estrechas y así son las cabezas. Supersticiones y peste. Pero desde 
hoy no todo lo que es verdad debe seguir valiendo. Todo se mueve, mi amigo. Me  
alegra pensar que la duda comenzó con los navíos. Desde que la humanidad tiene 
memoria se arrastraron a lo largo de las costas, pero de repente las abandonaron y 
se largaron a todos los mares. En nuestro viejo continente se ha comenzado a oír 
un rumor: existen nuevos continentes. Y desde que nuestros navíos viajan hacia 
ellos se festeja por todas partes que el inmenso y temido mar es un agua pequeña. 
Desde entonces ha sobrevenido el gran deseo: investigar la causa de todas las 
cosas, por qué la piedra cae al soltarla y por qué la piedra sube cuando se la arroja 
hacia arriba. Cada día se descubre algo. Hasta los viejos de cien años se hacen 
gritar al oído por los jóvenes los nuevos descubrimientos. Ya se ha encontrado algo 
pero existen otras cosas que deben explicarse. Mucha tarea espera a nuestra nueva 
generación. 
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Gentileza de Sinuhé Perea 8 Preparado por Patricio Barros 
"En Siena, de muchacho, observé cómo unos trabajadores reemplazaban, luego de 
cinco minutos de disputa, una costumbre milenaria de mover bloques de granito por 
una nueva y razonable forma de disponer las cuerdas. Fue allí donde caí en la 
cuenta: el tiempo viejo ha pasado, estamos ante una nueva época. Pronto la 
humanidad entera sabrá perfectamente dónde habita, en qué clase de cuerpo 
celeste le toca vivir. Porque lo que dicen los viejos libros ya no les basta, porque 
donde la fe reinó durante mil años, ahora reina la duda. El mundo entero dice: sí, 
eso está en los libros, pero dejadnos ahora mirar a nosotros mismos. A la verdad 
más festejada se le golpea hoy en el hombro; lo que nunca fue duda hoy se pone en 
tela de juicio, de modo que se ha originado una corriente de aire que ventila hasta 
las faldas bordadas en oro de príncipes y prelados, haciéndose visibles piernas 
gordas y flacas, piernas que son como nuestras piernas. Ha quedado en descubierto 
que las bóvedas celestes están vacías y ya se escuchan alegres risotadas por ello. 
"Pero las aguas de la tierra empujan las nuevas ruecas y   en los astilleros, en las 
cordelerías y en las manufacturas de velas se agitan quinientas manos al mismo 
tiempo en busca de un nuevo ordenamiento. 
"Yo profetizo que todavía durante nuestra vida se hablará de astronomía hasta en 
los mercados y hasta los hijos de las pescaderas correrán a las escuelas. A esos 
hombres deseosos de renovación les gustará saber que una nueva astronomía 
permite moverse también a la Tierra. Siempre se ha predicado que los astros están 
sujetos a una bóveda de cristal y que no pueden caer. Ahora, nosotros hemos 
tenido la audacia de dejarlos moverse en libertad, sin apoyos, y ellos se encuentran 
en un gran viaje, igual que nuestras naves, sin detenerse, ¡en un gran viaje! 
"La Tierra rueda alegremente alrededor del Sol y las pescaderas, los comerciantes, 
los príncipes y los cardenales y hasta el mismo Papa ruedan con ella. 
"El universo entero ha perdido de la noche a la mañana su centro y al amanecer 
tenía miles, de modo que ahora cada uno y ninguno será ese centro. 
Repentinamente ha quedado muchísimo lugar. Nuestras naves se atreven mar 
adentro, nuestros astros dan amplias vueltas en el espacio y hasta en el ajedrez las 
torres saltan todas las filas e hileras. ¿Cómo dice el poeta? 
ANDREA. — ¡Oh temprano albor del comenzar! 
¡Oh soplo del viento que viene de nuevas costas! 
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Gentileza de Sinuhé Perea 9 Preparado por Patricio Barros 
Sí, pero beba su leche que ya comenzarán de nuevo las visitas. 
GALILEI — ¿Has comprendido al fin lo que te dije ayer? 
ANDREA. — ¿Qué? ¿Lo del Quipérnico con sus vueltas? 
GALILEI — Sí. 
ANDREA. — No. ¿Por qué se empeña en que yo lo comprenda? Es muy difícil y yo en 
octubre apenas cumpliré once años. 
GALILEI — Por eso mismo quiero que lo comprendas. Para ello trabajo y compro los 
libros en vez de pagar al lechero. 
ANDREA. — Pero es que yo veo que el Sol está al atardecer en un lugar muy 
distinto que a la mañana. No puede entonces estar inmóvil. ¡Nunca! ¡Jamás! 
GALILEI — ¿Así que tú ves? ¿Qué es lo que ves? No ves nada. Tú miras sin 
observar. Mirar no es observar. (Coloca el soporte con la palangana donde se ha 
lavado en el medio de la habitación). Aquí tienes el Sol. Siéntate. (Andrea se sienta 
en una silla. Galiki se para detrás de él.) ¿Dónde está el Sol, a la izquierda o a la 
derecha? 
ANDREA. — A la izquierda. 
GALILEI — ¿Y cómo llegará a la derecha? 
ANDREA. — Si usted lo lleva a la derecha, por supuesto. 
GALILEI — ¿Solamente así? (Carga la silla junto con Andrea y los traslada al otro 
lado de la palangana.) ¿Y ahora, dónde está el Sol? 
ANDREA. — A la derecha. 
GALILEI — ¿Y se movió acaso el Sol?   
ANDREA. — No. 
GALILEI — ¿Quién se movió? 
ANDREA. — Yo. 
Galilei (ruge). — ¡Mal! ¡Alcornoque! ¡La silla! 
ANDREA. — ¡Pero yo con ella! 
GALILEI — Claro... la silla es la Tierra. Y tú estás encima. 
SEÑORA SARTI (que ha entrado para tender la cama y ha estado mirando la 
escena). — ¿Qué hace usted por Dios con mi hijo, señor Galilei? 
GALILEI — Le enseño a mirar, Sarti. 
SRA. SARTI. — ¿Cómo? ¿Arrastrándolo por el cuarto? 
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Gentileza de Sinuhé Perea 10 Preparado por Patricio Barros 
ANDREA. — Calla tú, mamá. Tú no entiendes estas cosas. 
SRA. SARTI. — ¡Ajá! ¿Pero tú las entiendes, no es cierto? (A Galilei.) Usted lo 
trastorna tanto que pronto sostendrá que dos y dos son cinco. El pequeño confunde 
todo lo usted le dice. ¡Fíjese que ayer me demostró que la Tierra se mueve 
alrededor del Sol! Y además está seguro que un señor llamado Quipérnico lo ha 
calculado todo. 
ANDREA. — ¿Acaso no lo ha calculado el Quipérnico, señor Galilei? ¡Dígaselo usted 
mismo! 
SRA. SARTI. — ¿Qué? ¡Así que es usted quien le dice todos esos disparates! Luego 
los repite como un loro en la escuela y me vienen los señores del clero a protestar 
porque difunde esas cosas del diablo. ¡Vergüenza debía de darle, señor Galilei! 
Galilei (desayunando). — En base a nuestras investigaciones, señora Sarti, luego de 
ardorosas controversias, Andrea y yo hemos hecho tales descubrimientos que no 
podemos callar ya ante el mundo. Comienza un tiempo nuevo, una gran era, en la 
que vivir será un verdadero goce. 
SRA. SARTI. — Sí, sí. Ojalá que en esa nueva época podamos pagar al lechero, 
señor Galilei. Está esperando un señorito que desea tomar lecciones. Viste muy bien 
y trae una carta de recomendación. (Le entrega una carta.) Hágame el favor y no lo 
envíe de vuelta que tengo presente siempre la cuenta del lechero. (Se va.) 
Galilei (riendo). — Déjeme terminar por lo menos con mi desayuno. (A Andrea.) 
¡Entonces quiere decir que ayer hemos entendido algo! 
ANDREA. — No, se lo dije a ella sólo para que se asombre. Pero no es cierto, usted 
dijo que la Tierra se mueve alrededor de sí misma y no sólo en torno al Sol. Pero la 
silla conmigo se movió sólo alrededor de la palangana y no alrededor de sí misma, 
porque sino yo me hubiese caído y esto es una evidencia. ¿Por qué no dio vueltas a 
la silla? Porque entonces quedaba demostrado que yo también me habría caído de 
la Tierra. ¿Qué me dice, ahora? 
GALILEI — Pero te he demostrado... 
ANDREA. — Esta noche me di cuenta que, si la Tierra realmente se moviese me 
hubiera quedado toda la noche con la cabeza colgando para abajo. Y esto es una 
evidencia. 
Galilei (toma una manzana de la mesa). — Mira, aquí tienes la Tierra.   
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Gentileza de Sinuhé Perea 11 Preparado por Patricio Barros 
ANDREA. — No, no. No me venga siempre con esos ejemplos, señor Galilei. Así 
gana siempre. 
Galilei (colocando de nuevo la manzana en la mesa). — Bueno... 
ANDREA. — Con ensayos se logra demostrar siempre todo, cuando se es astuto. 
Pero yo no puedo arrastrar a mi madre en una silla como usted lo hace conmigo. 
Vea pues qué ejemplo más malo es ése. ¿Y qué sería con la manzana como Tierra? 
No sería absolutamente nada. 
Galilei (ríe). — Es que tú no quieres comprender. 
ANDREA. — Vamos a ver, tómela de nuevo, ¿por qué no cuelgo con la cabeza para 
abajo de noche? 
GALILEI — Mira, ésta es la Tierra y aquí estás tú (Clava la astilla de un leño en la 
manzana.) y ahora la Tierra se mueve. 
ANDREA. — Y ahora estoy con la cabeza colgando para abajo. 
GALILEI — ¿Por qué? Fíjate bien, ¿dónde está la cabeza? 
ANDREA. — Ahí, abajo. 
GALILEI — ¿Qué? (Vuelve la manzana a su primera posición.) ¿No está acaso en el 
mismo lugar, no están los pies siempre abajo? ¿Quedarías parado si yo te muevo, 
así? (Saca la astilla y la da vuelta.) 
ANDREA. — No. ¿Y por qué entonces no noto nada del giro? 
GALILEI — Porque tú realizas también el movimiento. Tú y el aire que está sobre ti 
y todo lo que está encima de la esfera. 
ANDREA. — ¿Y por qué entonces parece que el Sol se moviera? 
Galilei gira nuevamente la manzana con la astilla). — Mira, tú ves abajo la Tierra, 
que queda igual, siempre está debajo de ti y para ti no se mueve. Pero mira hacia 
arriba, ahora tienes la lámpara sobre tu cabeza, pero, ¿qué ocurre cuando giro la 
Tierra?, ¿qué tienes sobre tu cabeza? 
Andrea (hace también el giro). — La estufa. 
GALILEI — ¿Y dónde está la lámpara? 
ANDREA. — Abajo. 
GALILEI — Ajá. 
ANDREA. — Esto sí que es bueno, ella se asombrará. (Entra Ludovico Marsili, un 
joven hijo de acaudalada familia.) 
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Gentileza de Sinuhé Perea 12 Preparado por Patricio Barros 
GALILEI — Esta casa es lo mismo que un palomar. 
LUDOVICO. — Buenos días, señor. Mi nombre es Ludovico Marsili. 
Galilei (estudiando la carta de recomendación). — ¿Viene usted de Holanda? 
LUDOVICO. — Sí, donde oí hablar mucho de usted, señor Galilei. 
GALILEI — ¿Su familia posee bienes en la Campagna? 
LUDOVICO. — Mi madre quiso que viese un poco de lo que ocurre en el mundo, y 
así... 
GALILEI — Y usted oyó en Holanda que en Italia ocurre algo conmigo. 
LUDOVICO. — Y como mi madre quiere que también sepa un poco de lo que ocurre 
en la ciencia.   
GALILEI — Lecciones privadas: diez escudos por mes. 
LUDOVICO. — Muy bien, señor. 
GALILEI — ¿Qué intereses tiene usted? 
LUDOVICO. — Caballos. 
GALILEI — Ajá. 
LUDOVICO. — Yo no tengo cabeza para las ciencias, señor Galilei. 
GALILEI — Ajá. Bajo esas circunstancias son quince escudos por mes. 
LUDOVICO. — Muy bien, señor Galilei. 
GALILEI — Tendré que enseñarle bien de mañana temprano. Y tú te quedas sin 
nada, 
Andrea. Pero debes comprender, tú no pagas nada. 
ANDREA. —Sí, sí, ya me voy. ¿Puedo llevarme la manzana? 
GALILEI — Sí. (Andrea se va.) 
LUDOVICO. — Tendrá que tener paciencia conmigo, principalmente porque lo que 
ocurre en las ciencias siempre es distinto a lo que dice el sentido común. Por 
ejemplo, ahí tiene usted ese tubo que venden en Amsterdam. Lo he estudiado 
detenidamente, un estuche de cuero verde y dos lentes, una así (Significa una lente 
cóncava.) y otra así (Significa una convexa.) He oído que una amplía la imagen y la 
otra la empequeñece. Cualquier hombre razonable pensaría que ambas juntas se 
neutralizan. Pues no es así. Se ve todo cinco veces más grande con el aparato. Ésta 
es su ciencia. 
GALILEI — ¿Qué cosa se ve cinco veces más grande? 
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Gentileza de Sinuhé Perea 13 Preparado por Patricio Barros 
LUDOVICO. — Torres de iglesia, palomas, todo lo que está lejano. 
GALILEI — ¿Ha podido ver usted mismo torres de iglesias agrandadas? 
LUDOVICO. — Sí, señor. 
GALILEI — ¿Y el tubo tenía dos lentes? (Dibuja un croquis en una hoja de papel.) 
¿Tenía este aspecto? (Ludovico asiente.) ¿Cuánto hace que se inventó eso? 
LUDOVICO. — Según creo, no habían pasado más de dos días cuando dejé Holanda, 
por lo menos desde que apareció en el mercado. 
Galilei (casi amistoso). — ¿Y por qué quiere usted aprender física, por qué no mejor 
cría de caballos? Entra la señora Sarti sin ser notada por Galilei.) 
LUDOVICO. — Mi madre opina que un poco de ciencia es necesario. Todo el mundo 
hoy en día bebe su vino con ciencia. 
GALILEI — Pero para usted sería lo mismo aprender una lengua muerta o teología. 
Es más fácil. (Ve en ese momento a la señora Sarti.) Bien, venga el martes a la 
tarde. (Ludovico se va.) 
SRA. SARTI. — El secretario de la Universidad espera afuera. 
GALILEI — No me mires así, si lo he tomado. 
SRA. SARTI. — Sí, porque me vio en el momento justo. 
GALILEI — Deja pasar al Secretario, es importante. Eso significa, tal vez, quinientos 
escudos de oro. Después, no   tendré ya necesidad de alumnos. (La señora Sarti 
hace pasar al Secretario. Galilei, que se ha terminado de vestir, anota algunas cifras 
en un papel.) 
GALILEI — Buenos días, présteme un escudo. (Da a la Sarti la moneda que EL 
SECRETARIO saca de un bolsillo.) Mande a Andrea al óptico por dos lentes, aquí 
están las medidas. (La señora Sarti se va con el papel.) 
EL SECRETARIO. — Vengo a devolverle su solicitud de aumento de sueldo a mil 
escudos de oro. Desgraciadamente, no puedo apoyarlo ante la Universidad. Usted lo 
sabe muy bien, los cursos de matemáticas no traen ningún beneficio a nuestro 
instituto. Sí, hasta bien podríamos decir que las matemáticas son un arte sin pan. 
No quiero significar con esto que la República no deja de apreciar a esa ciencia por 
sobre todo. Evidentemente, las matemáticas no son tan necesarias como la filosofía, 
ni tan útiles como la teología, pero... ¡es que proporcionan un número tan ilimitado 
de placeres! 
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Gentileza de Sinuhé Perea 14 Preparado por Patricio Barros 
Galilei (leyendo en sus papeles). — Mi queridísimo Secretario, con quinientos 
escudos no hago nada. 
EL SECRETARIO. — Pero, señor Galilei, usted dicta apenas dos veces dos horas en 
la semana. Su extraordinaria fama debe acarrearle alumnos a discreción que 
pueden pagar lecciones privadas. ¿No tiene usted, acaso, alumnos particulares? 
GALILEI — Sí, tengo demasiado. Enseño y enseño, y ¿cuándo aprenderé? Bendito 
señor, yo no poseo la ciencia infusa como los señores de la Facultad de Filosofía. 
Soy tonto. No entiendo nada de nada y me veo obligado a llenar los agujeros de mi 
sabiduría. ¿Y cuándo podré hacerlo? ¿Cuándo podré investigar? Señor mío, mi 
ciencia tiene sed de saber más. ¿Qué hemos resuelto en los grandes problemas? 
Sólo tenemos hipótesis. Pero hoy nosotros exigimos pruebas de nosotros mismos. Y 
¿cómo puedo adelantar si para poder vivir tengo que meterle en la cabeza a todo 
idiota con dinero que las rectas paralelas se cortan en el infinito? 
EL SECRETARIO. — No olvide usted que la República paga, tal vez, menos que 
algunos príncipes, pero a cambio garantiza la libertad científica. Nosotros, aquí en 
Padua, hasta permitimos algunos alumnos protestantes y también les otorgamos el 
título de doctor. Al señor Cremonini no solamente no lo entregamos a la Inquisición 
cuando se nos demostró, sí, señor Galilei, se nos demostró que realiza 
manifestaciones antirreligiosas, sino que encima le aumentamos el sueldo. Hasta en 
Holanda se sabe que Venecia es la República donde la Inquisición no dice esta boca 
es mía. Todo esto tiene mucho valor para usted que es astrónomo, es decir, una 
ciencia en la que desde hace poco tiempo no se respetan con la debida 
consideración las enseñanzas de la Iglesia. 
GALILEI — A Giordano Bruno lo entregaron ustedes a Roma porque divulgaba las 
teorías de Copérnico. 
EL SECRETARIO. — No, no lo entregamos por divulgar las teorías de Copérnico, que 
por otra parte son falsas, sino   porque él ni era veneciano, ni investía aquí ningún 
cargo. No se queme usted ahora con el quemado, está bien que dispongamos de 
libertad completa, pero no por eso es aconsejable gritar a los cuatro vientos un 
nombre así sobre el que recae la expresa maldición de la Iglesia. Ni aquí, ni siquiera 
aquí dentro. 

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