San Marcos de León - Biblioteca Enrique Gil y Carrasco

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11. San Marcos de León


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11. San Marcos de León 
Una de las huellas más profundas que las Órdenes militares de España 
han dejado tras de sí en su magnífica carrera es, sin duda, el convento de 
San Marcos que está en las afueras de la ciudad de León, asentado en 
medio de la frondosa y pintoresca vega del Bernesga, a la margen 
izquierda de este río, y perteneciente a los caballeros de Santiago. 
Reliquia en verdad venerable y digno recuerdo de aquellos bizarros y 
cristianos paladines, cuyo corazón era el templo de cuantos sentimientos 
caballerescos, religiosos y patrióticos alumbraban aquellas tenebrosas y 
turbulentas Edades. Hoy que los caballeros han desaparecido y la 
soledad y el silencio son los únicos moradores de sus claustros, el 
corazón, sin embargo, se ennoblece y la memoria se espacia dulcemente 
en aquellos sitios, donde tantas veces relincharon los trotones al partir 
en busca de las haces agarenas, y que tantas otras los vieron tornar 
victoriosos y ufanos con sus presas y despojos.  
La historia viva, simbólica y palpitante de nuestros siete siglos de 
combates con los sarracenos, en ninguna parte está delineada con tanto 
vigor y elocuencia como en los aportillados paredones de las 
encomiendas, fortalezas y conventos de las órdenes militares españolas. 
Allí, el pundonor y desinterés de la caballería resplandece al lado de 
la humildad y disciplina religiosa; y aquel patriotismo enérgico y 
perseverante que sin cesar acosaba y acorralaba a los moros contra el 
África que nos los enviara, en ninguna parte pudiera encontrar más 
irrefragable testimonio que en estas santas hermandades, donde los 
hombres más ilustres venían a ofrecer el sacrificio de sus fueros e 
independencia en el altar de Dios y de su país. 
Más de una vez hemos pasado, divertidos en tales pensamientos e 
imaginaciones, por delante del convento de San Marcos, emporio de 
grandeza y poderío de la esclarecida Orden militar de Santiago, en cuyos 
anales ocupa un lugar a todas luces preeminente y distinguido. Y en 
verdad que es de una nobleza y lustre harto calificados el estar a tamaña 
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altura entre las cosas de una orden que desde el instante de su fundación 
sólo cuenta memorables hechos y duraderos blasones. 
En breves y sucintas palabras procuraremos trazar la historia de San 
Marcos. Por el tiempo de la confirmación de la Orden, los ricoshombres 
del reino de León habían fundado cerca de esta ciudad, en el camino 
francés, un hospital, el cual, según dice el libro de la regla y 
establecimientos de los caballeros de Santiago, había sido edificado por 
servicio de Dios y bien de las ánimas, y por muchos peligros que 
acaecían en aquel lugar a los romeros cuando iban o venían de Santiago. 
En vista de esto, el obispo don Juan Albertino, que tenía a su cargo, en 
compañía de los canónigos de León, la administración de este hospital, 
se lo cedió el ilustre don Suero Rodríguez, uno de los primeros 
caballeros, a mediados del siglo XII, cuando la Orden no estaba todavía 
confirmada, con el intento de que los canónigos del Loyo, que seguían 
la regla de San Agustín, y a los cuales, para mayor santidad y decoro, se 
habían reunido los primeros caballeros, cuidasen del bien espiritual de 
los peregrinos, en tanto que los segundos proveían a su resguardo y 
seguridad. A mediados pues del siglo XII, los caballeros de Santiago, 
junto con los canónigos del Loyo, entraron en posesión del citado 
hospital; pero las desavenencias que sobrevinieron de allí a poco con los 
reyes de León llegaron a tales términos que hubo de lanzarles éste de sus 
tierras. Volvieron entonces los ojos al rey don Alfonso IX de Castilla, el 
cual, sobremanera contento de dar amparo en sus tierras a tan ínclitos 
varones, los recibió muy bien y les hizo merced entre otras cosas de 
Uclés, con la condición de que hiciesen allí cabeza de la Orden. Visto lo 
cual, el prior de León, don Andrés, vino a establecerse en aquel pueblo 
con sus canónigos, y fabricó su iglesia y convento. Como quiera, la falta 
de los freiles de tal modo hacía venir a menos el hospital de San Marcos, 
que los ricoshombres, sus fundadores, hicieron presente al rey su 
perdición y ruina, y recabaron de él que mandase volver el 
establecimiento del prior y canónigos sobredichos. Envió, en efecto, don 
Andrés cuatro canónigos, a los cuales se agregaron freiles caballeros por 
parte y otros canónigos más, y después de varias intestinas disensiones 
con los canónigos de Uclés quedaron definitivamente establecidos, 
siendo su convento cabeza de la Orden en el reino de León, y Uclés 
cabeza de Castilla. 
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Esta, que desde entonces no hizo más que ensanchar con la punta de 
su acero el círculo de sus riquezas, lustre y prerrogativas, llegó en los 
siglos XIII, XIV y XV a tan alto grado de esplendor, que las 
determinaciones de sus capítulos generales pesaban poderosamente en la 
balanza de los destinos de la nación. Tantos años se han pasado ya desde 
entonces y tantos sucesos importantes han venido a borrar aquellos 
sucesos de la memoria, que no nos parece fuera de tiempo acortar las 
riendas a nuestra narración y bosquejar brevemente uno de aquellos 
capítulos, donde se ventilaban asuntos de tamaño interés. 
Según la regla, estaban obligados los caballeros a juntarse una vez en 
capítulo cada año; pero, después de la reunión de los maestrazgos a la 
corona, se celebraba capítulo cada tres años, no más. Eran, pues, 
llamados a capítulo, con obligación rigurosa de asistir a él, los priores, 
comendadores mayores, treces, enmiendas y comendadores, y los demás 
freiles y caballeros, si bien a los últimos no se les exigía tan rigurosa 
asistencia.  
Llegado el tiempo fijado por la convocatoria, iban llegando los 
capitulares y la primera diligencia era la de comulgar y confesar el día 
antes del capítulo todos juntos. De esta suerte, preparados el maestre, y 
posteriormente el rey, con los priores del convento de Uclés y San 
Marcos de León y todos los comendadores y caballeros y freiles de la 
Orden convocados a capítulo, iban a la iglesia o monasterio señalado, 
donde el prior de la provincia en que se tenía el capítulo decía la misa 
del Espíritu Santo que estaban obligadas a oír todas las personas de la 
Orden. 
Acabada que era ésta, sentábase el maestre en una silla para ello 
aparejada en bajo y en medio de la grada del altar mayor; en seguida los 
priores, comendadores mayores y treces vestidos de capas de coro negras 
con sus birretes en la cabeza; luego, los demás comendadores, caballeros 
y frailes con sus mantos blancos cerrados por delante; y, por último, los 
freiles, clérigos con sus sobrepellices, todos por orden de antigüedad. El 
prior, treces y comendadores mayores de la provincia donde se celebraba 
el capítulo se sentaban a la mano derecha del maestre, y los demás a la 
izquierda. 
Acomodados ya en sus respectivos asientos, llamábase al vicario de 
Mérida para que, en uso de sus funciones de portero nato del capítulo, 
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echase de la iglesia todos los extraños, y, asimismo, al vicario de Tudia, 
notario también del capítulo por establecimiento de la Orden, para que 
pusiese por auto cuanto en él pasara. 
Venían después algunas oraciones y ceremonias religiosas y la lectura 
de la regla, y el vicario de Tudia, a nombre del maestre o del rey, 
exhortaba a los caballeros a la puntual observancia de aquélla, y 
declaraba en alta voz los trecenazgos vacos, a fin de que los treces 
viniesen a dar su voto para completar el número de los treces, que debía 
estar completo. 
A semejante arenga, y estando todo el capítulo en pie y descubierto, 
respondía el prior, después de la incorporación de los maestrazgos a la 
corona, recordando al rey los grandes beneficios que le había hecho la 
orden, y suplicándole el mayor cuidado y diligencia por su lustre y buen 
estado. En seguida se procedía a la elección de los treces, y por aquel día 
se acababa el capítulo. 
En el siguiente, enderezaban todos sus pasos a la iglesia en el mismo 
orden, y después de dicha la misa de nuestra Señora, que se debía 
encomendar al prior de Santiago de Sevilla, sentábanse todos en la 
misma posición que el día anterior, y el vicario secretario exhortaba en 
nombre del maestre a todos los caballeros para que expusiesen sus quejas 
y agravios con el objeto de proveer a su reparación, y mandaba traer los 
libros de las visitaciones donde pudiera ver el estado de la orden en sus 
bienes y personas. Entregábanse los libros y el vicario los recogía; pedía 
en seguida licencia, en nombre también del maestre, para nombrar 
visitadores con consejeros de los trece comendadores mayores y 
enmiendas, y después de entendida por el notario la respuesta del 
capítulo, cerrábase éste por aquel día. Llegaba, por fin, el tercero y 
último, y restituidos todos a la iglesia en el mismo orden y con el mismo 
vestido, el prior que presidía decía la misa del Apóstol Santiago, que 
había de ser cantada de pontificial. Acabada la misa, andábase en 
procesión por los claustros de tal monasterio, revestido el prior como 
durante el santo sacrificio, yendo delante de la cruz de la procesión el 
pendón de Santiago, que había de llevar el comendador de Oreja como 
alférez de la orden, y caminando a la derecha del maestre, el 
comendador mayor de la provincia con el estoque en la diestra mano. 
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Vueltos que eran todos a la iglesia, nombraba el maestre dos freiles 
capellanes para que asentasen a todos los caballeros que hubiesen venido 
al capítulo. En seguida pedía el maestre poder para arreglar y gobernar 
las cosas de la Orden con el consejo de los dichos priores, comendadores 
mayores, treces y enmiendas, prometiendo enderezarlo todo a su mayor 
honra y crecimiento y, después de otorgado, daba el notario fe de ello. 
Hecho esto, levantábanse los priores, treces y enmiendas para 
conferenciar sobre las personas de los visitadores, y, una vez resueltos en 
ellos, llevarlos a la aprobación del maestre, el cual, después de 
confirmados, mandaba publicar sus nombramientos. Con esto se soltaba 
el capítulo general y podían irse todos los concurrentes, si bien no antes 
de ser visitados; pero quedaba el segundo capítulo de los trece y demás 
dignidades para el examen de los libros de visitaciones y demás negocios 
de la orden. 
Algo prolija parecerá tal vez a no pocos de nuestros lectores 
semejante digresión; pero no ha estado en nuestra mano ser más breves 
en el incorrecto dibujo de estos tiempos gloriosos, más gloriosos quizá 
porque los cubren las nieblas de lo pasado. Vengamos ya a la 
descripción del edificio de San Marcos, donde tantos capítulos se han 
reunido y tantas cosas notables han pasado. 
Aunque según todos los datos y probabilidades el antiguo edificio en 
nada desdecía del esplendor de sus huéspedes, a tal estado de ruina y de 
deterioro había llegado en tiempos de don Fernando el Católico, que 
este rey hubo de ordenar su reedificación en 1514; si bien según las más 
racionales conjeturas es de creer que la obra no se comenzó hasta más 
adelante. De todos modos, lo primero que se construyó fue la parte que 
corre desde la puerta principal a la iglesia. Pertenece este trozo a la 
arquitectura llamada media, que entró en lugar de la tudesca y precedió 
a la restauración grecorromana, y es rica, suntuosa y delicadísima en sus 
adornos. La parte de escultura entre ellos es extremada en su mérito y de 
primorosa y acabada ejecución, así en las medallas que corren a lo largo 
del zócalo, donde estriba y se sustenta el primer cuerpo, como en las 
pilastras que comparten de arriba a abajo la fachada con grotescos de 
graciosa invención y capricho, uno y otro labrados con el mayor gusto y 
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conciencia. La razón que ha movido al erudito caballero, cuya carta ha 
publicado el señor Ponz en su Viaje, a fijar en una época más reciente la 
construcción de esta obra, es sin duda de bastante fundamento, pues 
consiste en una inscripción escrita en dos tarjetas que forman parte de 
los adornos de la puerta principal y primera ventana, en que está 
señalado el año de 1537 y el nombre del prior don Hernando Villares, 
que lo era por los años de 1539. 
La iglesia, grande, espaciosa y de sólida arquitectura, tiene muchas 
cosas y adornos pertenecientes todavía al gusto gótico. Consagróla el 
reverendísimo señor don Sebastián Ramírez de Fuenleal, obispo de 
León en el año de 1541. Una de las más notables obras que la 
enriquecen es la sillería del coro, monumento de los más acabados y 
perfectos que en este género de trabajo posee aquella época. Comenzóse 
en 1541 y acabóse en 1543, durante la prelatura del ya nombrado don 
Hernando Villares. Constaba de diferentes bajorrelieves en los respaldos 
de las sillas, compartidas por pilastras de grotescos con sus antepechos 
de correcto dibujo y esmeradísima ejecución. En un aspa de madera 
blanca, embutida sobre la escalerilla que conduce a las sillas altas, se lee 
esta inscripción: Guillermus Doncel fecit: anno 1542. En la nueva 
restauración ha padecido muchísimo esta preciosa obra, y todo lo que se 
ha podido hacer en obsequio de su uniformidad ha sido ajustarse en lo 
posible a la antigua idea. De todos modos, para no confundirla se ha 
puesto junto a la escalerilla de la epístola un letrero que dice: “Empezóse 
a renovar esta sillería en 1721 y se acabó en 1723”. 
Pasemos ya a la sacristía, gótica también hasta cierto punto en su 
construcción, y a la cual se dio remate por los años de 1552, siendo 
prior don Bernardino y arquitecto Juan de Badajoz, que por entonces lo 
era también de la Iglesia de León. Esta circunstancia y la de la fábrica 
del claustro de benedictinos de San Zoilo de Carrión, igual en su 
arquitectura a San Marcos de León y hecho por el mismo Juan de 
Badajoz en el año de 1573, nos hacen creer que él y no otro es el autor 
de las bellas obras de arquitectura que dejamos mencionadas. 
A los dos lados de la puerta principal de la iglesia y en la parte de 
afuera hay dos bajorrelieves que representan la crucifixión y el 
descendimiento, obra de un tal Horoza uno de ellos, si bien en buena 
crítica ambos deben atribuírsele, porque aunque el de la izquierda está 
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mejor dibujado y concluido que el de la derecha, sin embargo, la 
invención, forma de dibujo y adornos de los dos son enteramente 
iguales. Esto nos incita a creer que todos los adornos de la fachada son 
suyos también, atendiendo a su primor y feliz idea. 
Como quiera, las riquezas de la casa no caminaban al par de tamañas 
fábricas, y era tanta la incomodidad y estrechez en que vivían los 
caballeros, que Felipe II los trasladó a la casa de La Calera en 
Extremadura y posteriormente a Mérida, de cuya fortaleza les hizo 
merced, y aun mandó fabricar allí un convento; pero, al pasar por 
aquella ciudad camino de Portugal en 1580, se contentó tan poco de la 
obra, que la hizo parar, y en el año de 1602 tornaron los caballeros a la 
antigua casa de León. 
Volviéronse pues a emprender las obras por espacio de treinta años 
abandonadas, y en 1615 se llevó a cumplido término la escalera 
principal y el tramo que está sobre el refectorio, y desde 1671 hasta 
1679, siendo prior frey don García de San Pelayo, se dio cima a la 
fábrica del claustro con arreglo al bello plan del tiempo de don 
Hernando Villares. Y, por último, en 1711 se levantó el lienzo que da 
sobre el río, y la segunda mitad del edificio que corre hasta su orilla se 
edificó en 1718, arreglada en un todo a la primitiva planta; pero pobre, 
mezquina y fría en cuanto a galas de escultura, digno dechado de una 
época en que las artes yacían en lastimosa postración y abandono, y en 
que hasta olvidados parecían los nombres de Hernández, de Berruguete, 
de Alonso Cano y de Becerra. 
Entre las cosas notables que guarda este monasterio, una de las que 
más llama la atención es el magnífico ejemplar de la famosa Biblia 
políglota del señor Arias Montano, canónigo de esta casa, con su 
dedicatoria a la misma en latín. 
De intento hemos dejado para lo último el hablar de un sello 
enteramente especial que los sucesos imprimieron a este edificio en el 
reinado de Felipe IV. Durante la administración del conde-duque de 
Olivares, fue encerrado estrechamente y tratado con el mayor rigor en 
una de sus celdas el inmortal don Francisco de Quevedo, uno de los 
talentos más privilegiados de aquella privilegiada época. Allí lo 
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aprisionaron crudamente, socolor, según unos, de un desacato cometido 
en haber hecho poner debajo de la servilleta del rey un papel satírico, 
anónimo, que se le atribuyó; según otros, por supuestas inteligencias 
con la casa de Braganza, y según todas las probabilidades, por intrigas y 
manejos de cortesanos. Todavía se enseña hoy la celda donde, según su 
misma confesión, se curaba y cauterizaba con sus propias manos dos 
heridas que tenía abiertas, desamparado como estaba de todo el mundo 
y sin cirujano que se las cuidase, a pesar de habérsele encancerado con la 
proximidad del río y humedad del país. Si no fuese por las dimensiones, 
harto crecidas ya, de este artículo, copiaríamos aquí el famoso memorial 
que desde aquella cárcel dirigió a su perseguidor, página elocuente de la 
elevación de sentimientos de un grande hombre, aun en medio de una 
desgracia y tribulación de tal suerte irremediables. 
Tal es San Marcos de León. Su origen se liga con los tiempos 
esclarecidos y remotos de la Edad Media y con el esplendor de las 
órdenes militares; la época de su renacimiento es también la época 
llamada del Renacimiento de las artes, y durante sus postreros 
resplandores los hombres lo supieron convertir en teatro de la ciencia y 
del genio malamente atropellados. Hoy se presenta a nosotros revestido 
de tan diversos atributos y su vista es un manantial fecundo de 
meditación y encontrados pensamientos. 
Semanario Pintoresco Español, 2ª serie, núm. 23, pp. 177-179, 9 de junio 1839. 
 

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