La transfiguración de Gregorio Samsa o De la monstruosidad interior

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Abril | 2015
La transfiguración de Gregorio Samsa  
o De la monstruosidad interior como insecticida
Jorge Mejía Toro
La idea de La transformación, que le oprime 
hasta lo más íntimo, le viene a Kafka en la mi-
seria de la cama. Entonces escribe: “Cuando 
Gregorio Samsa despertó una mañana de sue-
ños intranquilos se encontró en su cama trans-
formado en un insecto monstruoso”. 1
Kafka lamenta no disponer de toda la noche 
para escribir la historia de un solo tirón, como 
hiciera con La condena. Escribir hasta el alba 
sería para él una bella noche. Más tarde dirá 
que un relato como La transformación resiste a 
lo sumo una interrupción entre dos noches de 
diez horas cada una. Las interrupciones afec-
tan ante todo la pureza del relato. Para col-
mo, los viajes de trabajo dejan huellas fatales 
en la historia de este viajante confinado en su 
habitación. 
La situación en la oficina, la incertidumbre de 
su noviazgo con Felice Bauer, la interrupción 
de la novela El desaparecido le provocan un de-
seo salvaje de proseguir el nuevo relato, al que 
da el carácter de advertencia.
Pensaba que de su “pequeña ocurrencia” iba 
a salir un cuento breve, más poesía que narra-
tiva, como él mismo dice de La condena, pero 
asiste a la transformación de la idea en una 
historia extensa. No se la envía a su novia por-
que le parece bastante ilegible, aunque no es 
propiamente “escritura bonita” lo que le ha 
dado a leer. Marrullero, dice: “Sí, sería bello 
leerte esta historia y verme obligado a tomar 
tu mano, pues es un poco aterradora”. Mie-
do el que intenta hacerle sentir con sus cartas 
para dilatar al máximo los encuentros. “Pero 
lástima no poder leértela, lástima, lástima”.
La historia de Gregorio Samsa le parece nau-
seabunda, mas no por ello se siente desconten-
to de ella “en general”. Y vuelve a su maña, le 
escribe a la novia: “Ya ves, tales cosas vienen 
del mismo corazón en el que moras, al que to-
leras como morada”. La tranquiliza con la idea 
de que escribiendo se purifica y dignifica para 
ella. Solo que debe faltar mucha suciedad por 
liberar y, claro, no hay noche que alcance para 
esa tarea que, por lo demás, le brinda extrema 
voluptuosidad.
José Horacio Martínez Méndez. Serie Dibujos diarios. 
Tinta china/papel, 27 x 21 cm, 2013
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Considera que las erratas en la escritura son 
indicios de la dificultad de pasar y adaptarse 
al mundo real que es, para él, la literatura y no 
lo que suele llamarse realidad: “Cuando uno 
cierra las puertas y las ventanas a este mundo 
produce aquí y allá la apariencia y casi el ini-
cio de la realidad de una bella existencia”.
Cuando va por la tercera parte del relato arde 
de entusiasmo. Allí los padres y la hermana 
están absorbidos por sus respectivos empleos 
y en un cuarto de la casa viven ahora tres in-
quilinos (de esos señores que ni siendo tres al-
canzan a ser uno). La habitación de Gregorio 
se ha ido llenando de chécheres y él es uno 
más entre ellos, a tal punto que alguien, en 
algún momento, olvida cerrar la puerta y el 
insecto sale con las mejores intenciones del 
mundo. Pero la hermana, quien antes ha rei-
vindicado para sí una extraña jurisdicción so-
bre aquella habitación, ve ahora la necesidad 
de que el animal se vaya de la casa ―le atri-
buye la pretensión de apoderarse de ella― y 
acaba por sentenciar a muerte al insecto que, 
dice, ya no es Gregorio: en cuanto este retro-
cede, ella cierra la puerta con llave y exclama: 
“¡Al fin!”. El insecto, viéndose rodeado de os-
curidad, se pregunta: “¿Y ahora?”. Pensando 
con emoción y amor en su familia, sabe que 
solo resta morir y lleva a cabo la tarea al rayar 
el alba, en un estado de meditación vacía y 
apacible. Su final está emparentado con el de 
Georg Bendemann en La condena. Por cierto 
que de nada servirá morir, una vez más, por 
el género humano. 
Kafka debe contenerse para impedir que su 
corazón palpitante lo meta más en la historia, 
distanciamiento que tal vez no es del todo po-
sible a juzgar por lo que delata esta carta a la 
novia: “¡Llora, queridísima, llora, ha llegado el 
momento del llanto! El héroe de mi pequeña 
historia acaba de morir. Si te sirve de consuelo, 
te diré que ha muerto en paz y reconciliado 
con todos”.
Leyendo la historia a sus amigos llega al pa-
roxismo; en casa, le parece mala, ilegible el 
final e imperfecto casi de raíz. Siente una aver-
sión inmensa hacia el relato.
Un año más tarde, Kafka duda enviar la historia 
a Grete Bloch (amiga de Felice Bauer que jugará 
un papel equívoco en el tormentoso noviazgo), 
quien le ha preguntado si puede esperarla con 
alegría: si El fogonero no le gustó, menos le gus-
tará La transformación. Con su viveza para ma-
nejar el género epistolar en sus relaciones con 
el género femenino (suponiendo que ambos 
géneros no fueran lo mismo), Kafka añade que 
el relato sí ansía verla a ella y que la protago-
nista lleva su mismo nombre y le hace honor 
al menos en la primera parte, porque después 
renuncia, vive su vida y abandona a quien la 
necesita. Al final, estira sus formas juveniles: no 
tardará en casarse y en arrastrar los pies como 
su madre.
Ante la inminente publicación de La transfor-
mación, Kafka aduce su mejor conocimiento 
del relato para evitar que el ilustrador de la 
cubierta represente al insecto: “No es posible 
dibujar el insecto. Ni siquiera mostrarlo de 
lejos”. Y sugiere temas como: los padres y el 
apoderado ante la puerta cerrada de la habi-
tación de Gregorio Samsa; o, mejor aún: los 
padres y la hermana en la sala de estar, fuerte-
mente iluminada, y la puerta entreabierta del 
cuarto a oscuras del insecto.
Una reseña rechaza el relato, pero concede que 
el arte narrativo de Kafka posee “algo del más 
puro alemán”, mientras que la reseña del ami-
go Max Brod incluye sus narraciones “entre los 
documentos judíos” de nuestro tiempo. Kafka 
se pregunta si él es uno de esos jinetes de circo 
que cabalgan sobre dos corceles. Es la pregunta 
de alguien que está tirado en el suelo.
En 1922 Kafka se entera por casualidad de que 
el escritor húngaro residente en Berlín, Sandor 
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Márai, tradujo La transformación (y La conde-
na). Solicita entonces los derechos exclusivos 
de traducción de su obra a la lengua húngara 
para su médico y amigo Robert Klopstock. Se 
cumple, una vez más, aquello de que los escri-
tores no conocen nunca a sus verdaderos lec-
tores. Y aquello de que los soles son invisibles 
para los soles.
Tiempo atrás se había enterado también de 
que en el libro Trastornos patológicos de la vida 
de las pulsiones y los afectos (Onanismo y homo-
sexualidad), del doctor Wilhelm Stekel, “o algo 
así”, hay cinco renglones sobre La transforma-
ción y siente curiosidad de saber qué dice ese 
psicoanalista que, según él, convierte a Freud 
en menuda. ¿Tal vez se refiere a los sueños 
inquietos de los que Gregorio Samsa despier-
ta transformado en insecto? ¿Y a los punticos 
blancos que ve en su vientre? ¿Y también al 
modo como, avanzado ya su proceso de trans-
formación en insecto, se pega a la foto de la 
dama que recortó de una revista y puso en un 
marco hecho por él mismo, que la madre pon-
dera en tan oportuno momento (“ya lo verá 
usted, señor apoderado, cuando Gregorio abra 
la puerta”)? Capaz habrá sido el doctor de re-
ferirse en apenas cinco líneas aun al momento 
en que el insecto, ya renqueante, cubierto de 
polvo y sobras y con una manzana podrida in-
crustada en su espalda (se la arrojó el padre 
antes de transformarse de anciano achacoso 
sostenido por el hijo, a causa de la bancarrota 
de su negocio, en vigoroso empleado que ni si-
quiera en casa se quita el uniforme), se acerca 
a la hermana avanzando a cabezazos, atraído 
irresistiblemente por la música de su violín, y 
desea subírsele hasta el hombro y besarle el 
cuello y renovarle la promesa de enviarla al 
conservatorio.
Una enfermedad penosa, una lenta agonía 
provocan en el mundo familiar y laboral el 
mismo efecto monstruoso que provoca Gre-
gorio Samsa (y no por ello debemos creer que 
La transformación es reescritura de La muerte de 
Iván Ilich, de Tolstoi). Es más, si el relato de 
Kafka se llevara al teatro, el papel del insecto 
podría representarlo un hombre desnudo.
El lector de La transformación pasa por un pro-
ceso semejante al de la familia de Gregorio 
Samsa y no sabe qué hacer con el insecto ni 
dónde ponerlo hasta que, finalmente, lo clasi-
fica como metáfora de esas personas a las que 
llaman “bichos raros”. ¿A qué se deberá esta 
necesidad de transformar la transformación? 
¿Es porque nadie quiere tener de pariente a un 
monstruo, es decir, en últimas, porque el mí-
sero ser humano se siente demasiado cercano 
a él?
Cuando Gregorio Samsa despertó una ma-
ñana de sueños desapacibles se encontró en 
su cama transformado en una monstruosa 
metáfora. ¿Será que su padre es símbolo ―y 
José Horacio Martínez Méndez. Serie Dibujos diarios. 
Tinta china/papel, 27 x 21 cm, 2013
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simbolito, la manzana―; su madre, alegoría 
(o algarabía, como la llamaba Quevedo); y su 
hermana, metonimia? Gregorio Samsa sería 
una metáfora que al yacer sobre la espalda 
queda tan impedida como una cucaracha pa-
tas arriba, pero que al caer a tierra reconocerá 
la razón de ser de sus escuálidas patas y no 
tardará en disfrutar de las paredes y el techo 
y saborear como suyo el filosófico aire de las 
alturas. Metáfora, pues, que se va llenando de 
pelos, pelusas y sobras de comida y cuya espal-
da hospeda el podrido simbolito que le arrojara 
el padre. Metáfora, por lo demás, que calma su 
vientre ardiente en el frío cristal que cubre a la 
mujer. 
Y es, sobre todo, metáfora que se siente irresis-
tiblemente atraída por la música de la meto-
nimia y tal vez por eso, cuando habla, uno no 
sabe si ha oído lo que oyó (como suele ocurrir 
con la poesía): 
¡La dulce voz! Gregorio se aterró al oír la voz 
de su réplica, que era sin duda y de manera 
inconfundible su voz de antes, pero en la que, 
como desde abajo, se mezclaba un pío doloroso 
y no muy contenido que sólo en el primer mo-
mento dejaba formalmente a las palabras en su 
claridad, para destruirlas con la resonancia, de 
modo tal que uno no sabía si había oído bien.
Despertar transformado en insecto monstruo-
so, algo tan cotidiano como el poético deseo 
de quedarse en cama un día laboral, es pretex-
to suficiente para que los patronos y aun los 
seres queridos suelten el monstruo que llevan 
dentro. El relato de Kafka, cuyo comienzo pre-
figura el de El proceso, no nos ahorra ningún 
detalle de la transformación de “los que nos 
rodean” en monstruos de la sumisión. Como 
un pequeño ejemplo de análisis de las mez-
quindades de los mini-poderes, valga este 
murmullo del insecto Gregorio dirigido a su 
jefe inmediato en el momento en que este se 
dispone a huir escaleras abajo: 
... el viajante, que está casi todo el año por fuera 
de la empresa, puede ser fácilmente víctima de 
habladurías, arbitrariedades y quejas infunda-
das de las que le es totalmente imposible defen-
derse, porque las más de las veces no se entera 
de ellas en absoluto y sólo en casa, al concluir 
exhausto un viaje, empieza a sentir en carne 
propia consecuencias funestas cuyas causas no 
son ya escrutables. 
Kafka no ve La transformación como una con-
fesión. Eso de revelar la plaga de la familia es 
más bien una indiscreción, indecente, si se la 
mide con los dudosos parámetros de la bue-
na sociedad. Porque él no sitúa la animalidad 
del ser humano contemporáneo en la desnuda 
monstruosidad de Gregorio Samsa, sino en “el 
rebaño que marcha por las calles de las ciuda-
des hacia el trabajo, el comedero y el esparci-
miento” y cuyo preciso compás compara al de 
la burocracia. Y Kafka va del síntoma a la cau-
sa: aunque su vida natural es la vida humana, 
al hombre le es difícil vivir humanamente, le 
resulta demasiado cargoso y se lo sacude con 
la fantasía.
Nota
1 Las versiones de las citas de Kafka, literales o para-
fraseadas, son responsabilidad mía y proceden de los 
libros Die Verwandlung y Über das Schreiben. Del pri-
mero he consultado las versiones castellanas de Jorge 
Luis Borges (quien consideraba que la traducción de 
Die Verwandlung por La metamorfosis es un disparate) 
y Juan José del Solar; del segundo, la versión de Mi-
chael Faber-Kaiser, que lleva el título de Escritos sobre 
sus escritos.
Jorge Mejía Toro se desempeña como profe-
sor en el Instituto de Filosofía de la Univer-
sidad de Antioquia. Publicó recientemente 
el libro Homero y Celan. Poetas en tiempo de 
guerra con la Editorial Universidad de An-
tioquia. Escribió este texto para la Agenda 
Cultural Alma Máter.

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